El desierto de agua, Miguel Ángel Gara

 Por Alberto García-Teresa. 

La contemplación del mar sin barreras puede ser una de las experiencias contemplativas más estimulantes del ser humano ante la naturaleza. Miguel Ángel Gara, con éste, El desierto de agua, trabaja a partir de ese hecho y nos ofrece un sólido poemario; resuenan largamente los ecos. 

El poemario, de gran unidad, más bien está concebido como un extenso poema dividido en fragmentos, dada su homogeneidad formal (son todas piezas de seis a doce versos), estética y conceptual. Precisamente en ese terreno es donde reside la fortaleza del libro. Esa homogeneidad otorga una gran solidez a la obra, que se presenta de una manera muy compacta; algo provocado también por su notable capacidad de síntesis. Gara utiliza oraciones muy breves, que se ajustan a los cortos versos. Usa reiteradamente las repeticiones y los paralelismos, lo que otorga unidad a la obra al mismo tiempo que nos impide salir del referente básico (el mar). 

Obtiene una gran capacidad evocativa, pues los elementos que usan son ya de por sí muy sugestivos en un contexto meditativo. Precisamente, el “desierto de agua”, el mar, que es el título e imagen vertebral del poemario, nos evoca ya los dos conceptos básicos en el libro: inmensidad y desolación. 

Inyecta arraigo por el presente y abatimiento por el pasado y el futuro (“lo que fui es nada, / lo que seré es nada, / me queda lo que soy”). El mar se presenta entonces como lo único perdurable. 

También inserta cierta crítica ecologista (“en los puertos escucho el hormigón”, “sabed que el mar no es infinito / y se vende”). 

Se encuentran una serie de elementos y conceptos recurrentes en el libro: la lejanía (ligada a esa percepción de inmensidad), los objetos hundidos, una voz “que viene de arriba” (¿Dios? ¿La conciencia?), el muro (enfrentado con la inmensidad), las gotas (como descomposición de esa misma inmensidad). Es importante remarcar su concepto de vacío, unido a la plenitud, a la inmensidad, en el libro. No aparece como un hecho negativo, sino como una condición esencialista (“nos hemos olvidado del vacío”). Eso remarca la posición humilde del sujeto poético, que resulta muy coherente con el asombro ante lo inconmensurable: “nuestro espacio está por descubrir”. 

Articula el discurso mediante abundantes paradojas y sentencias crípticas. Avanza a través de contradicciones, de volver sobre una oración concreta. De este modo, el primer poema dice: “¿Qué soy? / Alas blancas. / Imagino el aire y mi piel es ala. / Imagino el día y brilla la noche entre / largas paredes. / ¿No es barco este aire? / ¿No es piel este ala? / ¿No es blanco el día que no puedo ver?”. 

Además, construye muchas imágenes románticas y sentimentales, que unen al ‘yo poético’ el paisaje, para expresar su desolación (“soy el barro que se pega a la lluvia / y se deshace”). Así consigue bastantes aciertos líricos sobresalientes: “ojos color miedo”, “tu oscuridad y mi oscuridad son una sola”, “escucho el aplauso insomne de los océanos”, “el vértigo es la ternura de lo inmenso”, “tosió la distancia en terremoto de ecos”, etcétera. 

También utiliza a un personaje, “el Capitán”, que representa control y orden (desde un enfoque positivo) sobre el inabarcable océano: “el Capitán abre el horizonte”. Parece ser una figura venerable y sabia. 

Gara sabe hábilmente mantener el tono, la intensidad y la evocación con la misma fuerza durante todo el volumen. Por eso, El desierto de agua resulta un poemario sólido, indagador y contenido. 

El desierto de agua
Miguel Ángel Gara
102 páginas 
La Garúa Libros
Febrero, 2009
ISBN: 978-84-93642-9-2

http://www.lagarua.com/

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