La muerte es lo de menos

La muerte es lo de menos


Por Alberto García-Teresa.

Resulta muy complicado realizar un acercamiento al tema de la muerte que logre evitar los tópicos y consiga añadir material a su larga tradición.

La desacralización ha sido una de las más veteranas vías en ese sentido, pero La muerte es lo de menos logra avanzar al retratarnos la vida de los espíritus en su faceta más doméstica; literalmente, de andar por casa.

Esta obra nos ofrece una óptica humanizada de la muerte y, para ello, desarrolla el drama desde la perspectiva de cinco espíritus que habitan la casa de una antigua amiga viva. Mediante un uso muy inteligente del humor y de la exploración de las posibilidades del perspectivismo, el público contempla cómo se relacionan y se desenvuelven los muertos en su vida cotidiana; cómo, en definitiva, ponen de manifiesto su fragilidad y cómo tienen los mismos problemas que el resto de humanos vivos: desde angustias existenciales (pues al eliminar al Iglesia Católica el Limbo, esas almas no saben dónde van a ir a parar, y sienten desasosiego ante el futuro), sentimentales (problemas de pareja, de autoestima) a asuntos diarios (la ropa, la comida).

La escenografía cobra especial relevancia en ese aspecto. Presenta un decorado único, sin telón de fondo ni de boca, que remite a una sala de estar, donde cuelgan abundantes cuadros en uno de los laterales y multitud de muñecas del otro (en una combinación entre extravagante e inquietante). Además, la ausencia de bastidores logra que todo el espacio de la sala se convierta en escenario (aunque los actores no utilizan el patio de butacas), y los personajes intervienen desde zonas en principio ajenas a la escena. Así se contribuye a la “normalización” de la situación representada.

La iluminación juega con tonos amarillentos, melancólicos, en momentos de mayor expresión lírica y de introspección, y una luz blanca para la mayor parte del drama. También se definen los planos de realidad (el más allá y el más acá) a través de ella.

Por su parte, la música ejerce una función dramática pues proviene de los recuerdos de los personajes (canciones de Julio Jaramillo o Violeta Parra), de sus gustos, y también supone uno de los vínculos de unión con La vida no lo es todo, la obra predecesora de ésta, con quien articula un díptico aunque con autonomía e independencia (allí se nos mostraba las relaciones entre los vivos, que se acercaban a los muertos, y aquí las relaciones de los muertos que se acercan a los vivos).

La obra desarrolla una tragedia recubierta de una gran comicidad, sazonada de muchos mecanismos dispuestos para el humor, con lo que la gravedad del asunto tratado adquiere una dimensión distinta. Por ejemplo, nada más arrancar la obra, los personajes, caracterizados de una manera un tanto extravagante, se disputan una caja de pañuelos desechables que marca el “turno para llorar”, puesto que “dos amantes muertos no pueden llorar al mismo tiempo”.

El pragmatismo de los espíritus y el paralelismo entre sus situaciones y las nuestras (como el problema de la falta de vivienda, la okupación) es uno de los puntos fuertes en ese sentido. Además, las explicaciones paracientíficas de una de los muertos, médium, nos ponen en la posición de pensar la vida desde los muertos (y no a la inversa, como estamos acostumbrados) y explican fenómenos paranormales clásicos desde su perspectiva. Por ejemplo, los muertos “mueven” objetos porque los utilizan, se visten, juegan y comen –resulta impagable la petición que hacen, a través de una sesión de espiritismo (a la inversa, de los muertos hacia los vivos), los espíritus para que “llenen la nevera” la habitante viva de la casa–.

También es importante destacar la utilización de proyecciones (con las que se simula la emisión de los programas de la televisión que ven los muertos) y la presencia de una crítica social y religiosa y anticlerical subyacente (la Iglesia Católica suprime el Limbo por falta de presupuesto).

La obra está ejecutada con un buen trabajo de actores, que superan satisfactoriamente algunos momentos técnicos complejos (como la coordinación de una serie de diálogos enunciados al mismo tiempo por varios personajes).

De esta manera, La muerte es lo de menos consigue explotar la comicidad y la cotidianeidad para dinamizar la tensión dramática y para abordar un asunto triste y dramático, en el cual se reafirma la intensidad de los sentimientos y sensaciones humanas. En el fondo, ese paralelismo entre la “vida en vida” y la “vida en muerte” nos viene a concluir que el amor, el deseo y el miedo son motores existenciales irrefrenables de la naturaleza humana.

Así, La muerte es lo de menos resulta una obra muy interesante, con una serie de aciertos notables, que desprende un gran habilidad para la mezcla de registros y para la polisemia y la multiplicidad de lecturas.

La muerte es lo de menos
Texto y dirección: Denise Despeyroux
Actores: Marta Bernal, Gloria Martínez, Pep García, Rodrigo Cornejo e Iñigo Aranburu
Ayudante de dirección: Carles Armengol
Escenografía: Elisa Mori
Iluminación: Eduardo Vizuete


Sala Cuarta Pared

17 de junio-4 de julio
Madrid

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