Sobre la voluntad en la naturaleza. Voluntad versus Intelecto.

Por Carlos Javier González Serrano.

El pasado 21 de septiembre se cumplieron 150 años de la muerte del filósofo, nacido en Danzig y fallecido en Frankfurt, Arthur Schopenhauer (1788-1860). Las reflexiones que legó a sus lectores no sólo se refieren a teoría del conocimiento, estética o ética, sino que sumó al conjunto de sus escritos cientos de páginas referidas –por un lado- a la ciencia natural, y –por otro- a lo que se esconde tras el mundo como representación. Aquello oculto lo identificó Schopenhauer con la voluntad.

Es más, si echamos un vistazo a las obras que el pensador dejó escritas, encontramos un librito cuyo título reza Sobre la voluntad en la naturaleza (Über den Willen in der Natur) –traducido a nuestro idioma por el gran Miguel de Unamuno. En este pequeño artículo nos ocuparemos de esta breve obra, explicitando las principales afirmaciones que Schopenhauer saca a la luz con respecto al funcionamiento de la naturaleza. El autor alemán se propone en su librito aportar pruebas empíricas a favor de su sistema metafísico a partir, pues, de lo que han observado diversos investigadores de la naturaleza. En palabras de Schopenhauer, «rompo un silencio de siete años para presentar a los pocos que, anticipándose a su tiempo, han prestado atención a mi filosofía, algunas confirmaciones que ha recibido ésta de empíricos despreocupados, desconocedores de ella, que, siguiendo la vía de sus investigaciones de pura experiencia, han venido a parar a aquello mismo que había establecido mi filosofía como metafísico, que es lo que ha de explicarnos en general la experiencia» (Sobre la voluntad en la naturaleza, Alianza: Madrid, 2006, p. 39). Líneas más abajo leemos: «Preséntase, por lo tanto, mi metafísica como la única que tiene punto de contacto con las ciencias físicas» (idem).

En múltiples ocasiones Schopenhauer subraya la importancia de Sobre la voluntad en la naturaleza, explicando que en él se encuentran el núcleo propiamente dicho y el punto primordial de su metafísica, ensalzando el capítulo que lleva por título “Astronomía física”, así como el de “Anatomía comparada” y “Fisiología vegetal”. El autor estima que la naturaleza no es algo que sólo pueda ser problematizado desde el punto de vista de la teoría del conocimiento (respondiendo, fundamentalmente, a la pregunta de cómo conocemos el mundo), sino que a la vez enfrentarnos a ella supone un reto metafísico por acercarnos al en sí de todo fenómeno natural. La cuestión es, entonces, plantear qué subyace a la naturaleza tal y como nos la representamos.

Schopenhauer está convencido de haber encontrado la clave para dar un giro a la metafísica tal y como se ha entendido hasta él: lejos de considerar el intelecto como algo primario y esencial, lo sitúa como un derivado necesario de la voluntad. Lo que hasta sus días se ha conocido como el “Yo”, Schopenhauer lo divide en dos compuestos heterogéneos: por un lado, la voluntad, por otro, el sujeto cognoscente, es decir, voluntad y representación. El filósofo lo explica de esta manera: «el rasgo fundamental de mi doctrina, que choca con todas las demás que la preceden, es la completa segregación de la voluntad y del conocimiento, siendo ambas vistas por los filósofos que me han precedido como algo dado de forma inseparable entre sí […]. Para mí lo eterno e indestructible en el hombre, lo que constituye en él su principio vital, no el alma, sino, por formularlo con una expresión de la química, el radical del alma, no es sino la voluntad. […] E[l] intelecto es lo secundario, es lo posterius del organismo y, en tanto que mera función del cerebro, mediada por éste. […] Propongo, por tanto, en primer lugar, la voluntad, como cosa en sí, completamente primigenia; en segundo lugar, su mera visualización, su objetivación, es decir, el cuerpo, y, en tercer lugar, la cognición, como mera función de una parte de ese cuerpo».

Así, y para resumir los aspectos capitales de la filosofía de la naturaleza de Schopenhauer, podemos afirmar que, en primer lugar, la esencia de la naturaleza (lo que en la Crítica de la razón pura Kant identificó con la cosa en sí) es lo que llamamos voluntad en virtud de nuestro análisis en la autoconsciencia. En segundo término, voluntad y cuerpo son idénticos, en tanto que éste es la pura objetivación (o digamos, la visualización) de aquélla. Por último, el conocimiento –como hemos leído- se refiere simplemente a una función de una parte del cuerpo, esto es, del cerebro, que determina el mundo como representación.

Así, tras este escaso e insuficiente recorrido aquí planteado en tan exiguo espacio, Schopenhauer responderá que, tras los fenómenos naturales que observamos en el mundo de la representación, y por tanto, del mero fenómeno, se esconde la voluntad. Sobre lo que ésta sea nos ocuparemos en otro artículo más riguroso, que vendrá a complementar la presente entrada.

Sin embargo, es conveniente acabar concluyendo que, para Schopenhauer, la física sólo es capaz de ofrecernos explicaciones etiológicas, es decir, aquellas que se refieren a las causas y sus efectos –y por ello, al mundo fenoménico. «Sin embargo, a través de todo ello no conseguimos obtener la menor aclaración sobre la esencia íntima de cada uno de tales fenómenos; esta esencia íntima se denomina fuerza de la naturaleza y radica fuera del dominio de la explicación etiológica, la cual denomina ley de la naturaleza. [Empero] la fuerza misma que se manifiesta, la esencia íntima de los fenómenos que tienen lugar conforme a estas leyes, sigue suponiendo siempre un misterio para esa explicación etiológica…» (El mundo como voluntad y representación, Vol. I, § 17).

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2 respuestas a Sobre la voluntad en la naturaleza. Voluntad versus Intelecto.

  1. ” para Schopenhauer, la física sólo es capaz de ofrecernos explicaciones etiológicas, es decir, aquellas que se refieren a las causas y sus efectos –y por ello, al mundo fenoménico.”

    Estas palabras deberían aprendérselas de memoria los Hawking, Dawkins y demás científicos que, en un sentido o en otro, abusan de su autoridad para imponernos sus ideas sobre el origen de todo.Y es que lo que está fuera del mundo fenoménico no puede ser objeto de la ciencia, sino en todo caso, de la metafísica o la religión, acierten o no.

    augustbecker
    1 octubre 2010 at 15:35 pm

  2. Totalmente de acuerdo contigo, Augustbecker. Ya escribí sobre ello en otro artículo.
    Muchas gracias por tus atentos comentarios.

    Carlos Javier González Serrano
    1 octubre 2010 at 16:08 pm

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