Una novela para las personas

Por Enrique Gutiérrez Llamas.

Lo que me queda por vivir. Elvira Lindo. Editorial Seix-Barral. 272 páginas. 18 €.

En una viñeta de Mafalda, Guille se dedica a llenar las paredes de su casa de dibujos y, ante la cara de horror de su madre, admira asombrado de lo que puede caber dentro de un lápiz.

Muchas veces al tener un libro entre las manos y  pesarlo, pasear los dedos por su lomo y su portada o al pasar las hojas rápido como para comprobar si está lleno de palabras nos asombramos pensando si ahí adentro puede caber algo tan grande y tan maravilloso como una o varias historias.  Te quedas convencido de ello, cuando has pasado los ojos por todas las líneas que caben allí y compruebas que sí, que es posible.

Al contrario que con los libros comunes “Lo que me queda por vivir” no te deja esa sensación de convencimiento cuando lo acabas de leer.   La novela está contenida en un tomo ni grueso ni estrecho (267 páginas) y cuando lo acabas y lo cierras sigues sin creerte que una historia tan ingente quepa ahí adentro, debajo de esa portada diseñada por el hijo de la autora. Entonces rememoras todo lo que has leído: la historia de una madre que tiene la difícil tarea de serlo sin la suya, la de una mujer a la que corresponde salir de farra por el Madrid adolescente y desproporcionado que era el de los ochenta pero que tiene que enfrentarse a cuidar a un hijo, a tirar de un programa que dirige, a ser la voz de una audiencia que espera de ella que le haga reír sin pensarse que detrás de esa voz hay una persona que tiene una vida y que se ha levantado a las tres de la mañana.

La de Antonia es la vida de una mujer que lleva en sus hombros el peso de una historia cambiante. Una mujer que a lo largo de su vida ha ido de educarse en un ambiente rural a llevar el pelo rojo encima de sus cejas negras. Una mujer que ha tenido que pasar por la muerte prematura de una madre a la que hubo que cuidar, una boda acelerada y como pasada por lejía en el que tienen que encajar su pasado (los abrigos enormes de sus tías), su presente (un vestido comprado en el rastro) y el futuro en forma de persona gestándose en su vientre. Una mujer que a veces tiene la necesidad de preguntar quién es, cómo tiene que hacer para salvarse a sí misma, para salvar a su hijo y salvarse con él, cómo recuperar la dignidad que le ha robado ese hombre que viene y va o como encajar en una ciudad que no sabe donde pone los pies.

Elvira Lindo nos habla aquí de cómo a veces la vida nos deja solos a nosotros mismos en medio de una corriente de gente el día de reyes apoyados contra una pared en la Puerta del Sol. De cómo la felicidad puede despuntar en una tienda de juguetes. La autora no tiene pudor al hablar de la faceta más rabiosa del desamor, de cómo es inevitable que nos defina todo lo que nos afecta, del momento en el que se derrumba la frontera entre el orgullo, la dignidad y la identidad.

Esta es una novela para periodistas, una novela para todos los hijos, para casi todas las madres, una novela para que se caigan del guindo los que idolatran los ochenta sin haberlos vivido. Pero sobre todo es una novela para aquellos que consiguen escaparse de la gente para ser algún día personas.

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