George, ciudadano del mundo

Por María Antoranz.

Su seguro servidor, Orson Welles de Richard France

Protagonizado por José María Pou

Versión y dirección : Esteve Riambau

Teatro Bellas Artes (Madrid)

 

El nombre “George Welles” no tenía suficiente resonancia en el mundo del espectáculo y así nació el personaje “Orson Welles”. Ésta es una mera anécdota de las miles que nos cuenta el propio Orson en esta obra que no llega a ser un monólogo, si bien tampoco va más allá de la autobiografía. Una autobiografía muy cuidada, eso sí, basada en una investigación exhaustiva del autor, Richard France, que tuvo el detalle de asistir al estreno en Madrid el pasado lunes. Un estreno bien cálido y muy aclamado.

Y no podía ser de otro modo tratándose del ciudadano de excepción que es y fue siempre Orson Welles tanto en su propio – y miserable – país como en este viejo continente y hasta en nuestra eterna piel de toro… Toros? Por favor !!! Orson, que pagó sus clases de toreo en Andalucía con sus escritos de segunda fila, fue uno de los principales instigadores de la futura desbocada pasión de Ernest Hemingway. Y no es imposible que si España hubiera dejado la república en sus manos, otro gallo nos cantara hoy en día… pero chitón.

Y no será porque este artista comprometido hasta la médula nunca se llevó sus buenos palos por ser coherente y consecuente con sus pensamientos y, sobre todo, su valentía humanista. Si defender públicamente en su programa de radio a un pobre negro al que un policía de cualquier pueblo de EE.UU. había dejado ciego por desprecio y diversión, le valió convertirse en el fracasado más joven de Hollywood, (tras haber sido el number-one más joven de los estudios de cine de California con su Ciudadano Kane), esto no le impidió seguir adelante con sus sueños y sus reivindicaciones tanto en el plano estético como en el político… Sí, el ciudadano George fue siempre de izquierdas en un país que hostigaba esa tendencia y en un mundo que aún vivía grandes lagunas al respecto. Pero nunca llegó a terminar su película quizás más dilecta : su visión personal de Don Quijote.

Con una puesta en escena sobria y muy sintética, transcurren los últimos momentos de un gran cineasta que decidió nadar contra corriente sin guardar la ropa. Al filo de los recuerdos medio documentados medio imaginados, va surgiendo un personaje excesivo, capaz de hacer el elogio medieval de la glotonería que le “arropó” enseguida en su vida madura, y hasta un poeta encubierto por esos arranques de huracán a medio camino entre la condena y el lamento, capaz de decir “coño” o “joder” si se tercia, sin perder ni un solo ápice de su elegancia innata. Un hombre también capaz de reflexiones sesudas inspiradas en sus lecturas y su mucho vivir… y amar.

La valía de esta obra, ahora mismo, en el panorama teatral madrileño es indiscutible, no sólo por la calidad interpretativa ni por el matiz generacional que conlleva (dos épocas chocando entre sí), sino también por la necesidad que tenemos de no olvidar que el arte es una mera imitación de la naturaleza. Una naturaleza que puede ser divina o terrenal, algo sobre lo que el shakespeariano Orson Welles no llegó nunca a posicionarse y que quizás le llevó a descansar en España. Algunos pensarán que es porque sigue en busca del final de su Quijote. Y es que, como dicen los toreros y muchos políticos de derechas : hay gente pa to !

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