Culpa colectiva

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Por Coradino Vega.

Veo La cinta blanca con un año de retraso. Siempre es difícil enfrentarse a Michael Haneke: hay que tener cierta robustez de ánimo. La película me gusta mucho. En parte, porque su autor deja de lado la autorreferente vena experimental y se limita a contar una historia con un paisaje gélido de fondo, pertinentemente metafórico. Pero sobre todo, porque ese cuento tan bien narrado encierra un contenido horrible e inmediato. El hervidero de crueldad que es el pueblo en el que transcurre el film va más allá de su introductorio propósito: explorar la gestación de las generaciones que, años después, sustentarían el nazismo. He conocido a algunos alemanes de más o menos mi edad y siempre me ha sorprendido su complejo de culpa histórica, como si sobre cada uno de ellos recayera la responsabilidad del terror hitleriano. Por otro lado, también he tenido la vaga percepción de que a los nacidos en los ochenta ya no les pasa lo mismo. Pero La cinta blanca, a mi entender, ofrece otra lectura más apremiante.

Durante el siglo XX, la ignorancia, el temor al castigo de Dios, la educación represiva y la iniquidad fueron caldo de cultivo para las ideologías totalitarias. Vistas desde hoy, parecen un anacronismo, y por ideologías totalitarias me refiero a aquellas del signo que sean que ofrezcan una explicación total de la vida y prometan el paraíso en la tierra («religiones seculares», las llamó Raymond Aron). Uno ve la película de Haneke y se pregunta si el ahondamiento del terrateniente en la condición miserable del campesino no hubiera alimentado mejor una revolución comunista que el ascenso del fascismo racial y exterminador que vino luego. Da lo mismo: ya se sabe lo que hizo Stalin no sólo con los kulaks en la Unión Soviética. Me cuenta mi amigo Luis, que vive en Varsovia desde hace años, que a un conocido lo degradaron al escalafón más bajo de su trabajo por ayudar en la huerta familiar un Primero de Mayo; que al tío de otro amigo, del que nunca más se supo, lo deportaron a Siberia por robar una gallina; que la represión en Polonia en los años ochenta, bajo la ley marcial de Jaruselski, llevó a más de diez mil personas a la cárcel y se cobró la vida de casi un centenar de personas. Durante esa época, el desabastecimiento de productos básicos fue tal que tuvo que volverse a introducir las cartillas de racionamiento, la escasez de recursos energéticos creó alarma entre los polacos ante la llegada del invierno, y prefiero ahorrarme demás comparaciones con la España franquista de los años cuarenta.

En gran parte de Centroeuropa y Europa del Este sienta mal declararse a boca llena comunista, y no porque ahora campee por allí el cleptocapitalismo a sus anchas, o porque Polonia sea por ejemplo la patria de Karol Wojtyla, sino porque durante aquel régimen vivieron en unas condiciones morales y materiales miserables. Aquí, sin embargo, donde nadie con dos dedos de frente va diciendo por ahí que es franquista o fascista, declararse bolchevique o comunista, más que una boutade, es algo hasta bien considerado en ciertos ambientes culturales. Y yo me pregunto cómo se puede deslindar la palabra «comunismo» de su contenido histórico: qué clase de contorsión argumental hay que hacer para definirse como «leninista» o «estalinista» (que también lo he oído por ahí, aunque sea como mecanismo de defensa irónico) desmarcándose (o no) del oprobio criminal de más de media mitad de siglo XX. El resto de la izquierda española, la no comunista, la que no sé cómo no se avergüenza de ser tan pusilánime y bobalicona y seguir llamándose socialista, tampoco le va a la zaga cuando deja que sea la derecha la que reciba a los presos de conciencia cubanos que la dictadura castrista va poco a poco liberando.

Vistas desde hoy, y cuando parece que no sólo las ideologías totalitarias han muerto (porque, ¿qué ha sido de la defensa de la sanidad y la educación públicas, de las prestaciones sociales, de la igualdad de oportunidades, la tributación progresiva y una regulación de los mercados sin merma de los derechos civiles?), me hace pensar, mientras leo a Todorov, cuánto de reacción psíquica y experiencial ―o sea, más antropológica que histórico-social― conforma nuestro imaginario político. Veo La cinta blanca inmerso en sus imágenes y no sé si me espanta más la mezquindad de sus niños o los gritos de la botellona que se ha formado debajo del balcón de mi casa. En la pantalla una niña atraviesa el canario de su padre con unas tijeras, pero al mismo tiempo oigo la violencia con la que han empezado a discutir dos adolescentes colocados: tienen la música del coche muy alta y escucho un chillido y, a continuación, un ruido de cristales rotos. El siglo XX contagió a las masas con su fanatismo mesiánico, pero en lo que queda del eviscerado Estado del Bienestar están surgiendo patologías disfuncionales cuyo origen es igualmente complejo. Tras el tsunami ultraliberal ―lo más parecido que queda, cuando se unge de mesianismo democrático, a las religiones seculares de antaño―, nuestra incapacidad se ha vuelto discursiva: simplemente ya no sabemos hablar de todo esto o, como sostiene Toni Judt, somos herederos de un debate con el que la mayoría de la gente no está familiarizado. Keynes dijo en 1933: «El decadente capitalismo internacional, individualista, en cuyas manos nos encontramos después de la guerra no es inteligente, no es bello, no es justo, no es virtuoso y no satisface las necesidades. En resumen, nos desagrada y comenzamos a despreciarlo. Pero cuando buscamos con qué reemplazarlo, nos miramos extremadamente confusos». Setenta y siete años después, ni se han desprendido las lecciones necesarias ni se tiene voluntad de corregir los excesos del pasado. En cuanto a los chavales del botellón, ya sé que no puedo generalizar, pero me gustaría saber qué nos hace decantarnos por la civilización en lugar de la barbarie, y en qué medida no es la hipocresía de esa misma civilización la que alimenta su reverso en un tobogán cíclico sin remedio. No es posible entender el mal que llevan a cabo los otros si nos negamos a preguntarnos si seríamos capaces de cometerlo nosotros. «Mientras no admitamos que la inhumanidad es algo humano seguiremos en la mentira piadosa», escribió Romain Gary. Cada crisis ha sucedido ya antes, pero siempre tenemos la sensación de que no se va a repetir, de que aquí no va a pasar, de que a mí no podría ocurrirme nunca. Hoy es como si el siglo XX (con sus logros y fracasos) no hubiera existido. Damos por sentado cosas que podrían desaparecer, lo mismo que creemos que sólo pensando, hablando o escribiendo sobre el tema remediaremos los males del mundo.

Tzvetan Todorov: La experiencia totalitaria (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2010). Toni Judt: Algo va mal (Taurus, Madrid, 2010).

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