La muerte como astucia de la Naturaleza

Henri Fantin-Latour, "Inmortalidad" (1889)

Por Carlos Javier González Serrano.

Jesús Mosterín, filósofo de la ciencia español, afirma en su obra Ciencia viva que «la célula es el átomo de la vida, el mínimo trozo de realidad viviente. Posee ya todos los atributos y problemas de la vida, empezando por la muerte. Nosotros mismos somos repúblicas de células, y nuestra muerte es función de la suya» (Espasa, 2006).
Este vaivén universal de vida y muerte de los fenómenos en la naturaleza tiene su contrapartida, por ejemplo, en las potencialmente inmortales bacterias. Éstas puede morir de hambre o por un accidente, pero no como nosotros a causa de la edad, de pura vejez. Las bacterias se dividen y subdividen incesantemente sin que se observe en ellas la decrepitud propia de los humanos.
Mosterín nos remite a Alexis Carrel, que «cultivó fibroblastos (células de tejido conjuntivo) procedentes de embriones de pollo, alimentándolas con suero y otros nutrientes. Logró mantenerlas en vida durante treinta y cuatro años, mucho más de lo que vive una gallina […]. Sin embargo, cuando Leonard Hayflick trató de reproducir sus experimentos bajo condiciones más estrictas de control, se encontró con que las células de embrión de pollo se dividían sólo 25 veces, tras lo cual morían. El suero de pollo con que Carrel alimentaba sus cultivos no estaba bien filtrado y contenía nuevas células de embrión, que rejuvenecían el cultivo».
La conclusión de Hayflick fue que por lo general, cada especie animal posee un número determinado y característico de divisiones celulares, más allá del cual sus células se suicidan. En este sentido, podemos distinguir la necrosis de la apoptosis. La primera se refiere a un tipo de muerte celular violenta o accidental: la muerte viene de fuera sin que sea prevista. La apoptosis, por su parte, alude a una muerte organizada y previamente programada, siguiendo –por así decir- las instrucciones de la información genética. Así, explica Mosterín, «todas las células animales están programadas para suicidarse cuando les llega la hora o cuando suena la alarma (por mutaciones irreparables de su genoma o por infecciones víricas). A veces este programa falla y las células se olvidan de cómo suicidarse. Entonces se produce el tumor incontrolable».
En esta misma obra el filósofo se refiere al caso de Henrietta Lacks, una mujer americana de treinta años de edad que murió a causa del cáncer. Sin embargo, sus células fueron cultivadas y todavía continúan dividiéndose frenéticamente en laboratorios de todo el planeta. Tales células son conocidas como células HeLa.
La muerte es un invento de la naturaleza: nace como respuesta a nuestro sistema poco eficiente y económico de reproducción sexual. Sin embargo, posee la maravillosa ventaja evolutiva de que supone una fuente siempre inagotable de novedad genética: la moda del genoma, puede decirse en forma de chascarrillo, nunca pasa. Cada individuo que viene al mundo posee un código genético novedoso, irrepetible; en definitiva, único.
Recordando algunas tesis de El gen egoísta de R. Dawkins, nuestro cuerpo es un mero vehículo de genes; cuando concluye su tarea, es decir, cuando se reproduce y hace copartícipe de su código genético a un nuevo ser, su tarea natural ha finalizado, y así, es de ley que muera. Mosterín lo explica de esta manera: «Una vez concluida la reproducción y transmitidos los genes, las células somáticas, es decir, nosotros) son ya equipaje inútil, que ha perdido su función biológica. La muerte es un resultado lateral del sexo. Sexo y muerte, juntos, producen más variabilidad genética que ningún otro sistema biológico conocido […]. Ocurra lo que ocurra, alguna de estas formas estará adaptada y sobrevivirá, el problema inédito encontrará solución».

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