De películas negrísimas y onanismo cinematográfico

Por Akdov Telmig

El sin par Nacho Vigalondo cuenta en su blog que, con motivo del Mórbido Film Fest (estupendo nombre, por cierto, se han ganado un nuevo fan) el director de El Sanatorio, Miguel Muñoz, le decía que en Costa Rica sólo se han producido diecisiete películas en toda su historia. Se refería a películas del género, pero la frase suscito en mi sensaciones gozosamente contradictorias. Imaginé un paraíso sin cine idiota, sin cine pretencioso, sin cine actual en definitiva. Por poco me desmayo de la emoción.

Les propongo un ejercicio en forma de pregunta. ¿Podrían ustedes vivir sin el cine de los últimos, digamos, veinte años? Un cine sin el pastosismo amoroso de Love Actually Titanic, sin tonterías como El incidente o, aún mejor, un cine sin Shyamalan. ¿Y que me dicen de un cine sin Peter Greenaway o los Hermanos Wachowski, no se les hace la boca agua? Yo ya estoy preparándome un buen Vodka Gimlet para celebrarlo.

También podemos hacer el ejercicio al revés y especular sobre las películas que salvaríamos de la quema. Si por mi fuese, yo hubiera prohibido cualquier cosa después de la Blaxploitation, aquella deliciosa serie de películas negras negrísimas, y canallas de verdad, que la MGM se sacó de la manga al percatarse (fíjate tú) de que a los negros no les gustaba ser sólo los esclavos del tonto de Tarzán. Seguro que recuerdan los inverosímiles pelos a lo afro, las joyas horteras y descomunales, los dientes de oro, las peligrosas damas negras de tetas apretadas y gatillo facilón… Y el sexo, mucho sexo, sexo por doquier. De todas ellas, mi preferida es la inefable Blácula (cuyo hilarante subtitulo en castellano era “Aún más mortal”), aunque no saliese mi adorada Pam Grier.

También hubiera salvado a Russ Meyer, no se crean, aunque seguramente se deba a que me gustan los pechos descomunales casi tanto como los jerséis de angora. De hecho, declaro oficialmente 1979 como el año de la muerte del cine. ¿La razón? Fue entonces cuando se estrenó la penúltima película de Meyers, Beneath the Valley of the Ultra-Vixens. Una de las sorpresas de esta película de resonancias casi totémicas es la aparición del propio Meyers al final del metraje. Pero vayamos al grano y hablemos de mujeres. Los personajes femeninos de Meyers, a pesar de su desenfrenada pasión por el sexo, son cualquier cosa menos insulsos. Se deben a sus pasiones, es cierto, pero se dedican a ellas de forma encomiable. Además, son turgentes, voluptuosas, sofisticadas y casi, casi guapas, lo que contrasta con la vulgaridad y simpleza de los varones, puro lumpen proletario: empleados de gasolinera, chatarreros, basureros, rudos granjeros o toscos leñadores. Las películas de Russ Meyers solo buscan una cosa (al margen de sus celebradas veleidades onanistas, claro): entregarse desenfrenadamente al sexo más friqui en todo momento y lugar.

Pero como el juego lo he propuesto yo y supongo que tengo que dar ejemplo, ahí van las dos películas que hoy salvaría de mi pira inquisidora: esa hermosa historia de amor llamada La Pianista y la más paranoica película de los 90, que tanto le debe al Sr. Russ Meyers: Lost Highway. Y con eso seguramente bastaría.

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