El vértigo del poder

Por Luis Muñoz Díez.

 

A veces, una sola frase o una imagen son suficientes para que haya merecido la pena asistir a la proyección de una película. En este caso, a mí me compensó la imagen de la Casa Blanca contemplada como una amenaza a los ojos del ex diplomático Joseph Wilson, encarnado por el inmenso Sean Pean; o la vista de un desfile patriótico, de coreografía medida e impolutos uniformes;  o la afirmación de Naomi Watts encarnado a la espía Valerie Plame: “yo sé quien soy”.

 

El thriller Caza a una espía cuenta la historia real de la agente de la CIA Valerie Plame, y se centra en el momento preciso en que la administración americana, presidida por Bush, se empeña en buscar pruebas contundentes para demostrar que Irak era un peligro potencial por la fabricación de armas nucleares.

 

En el centro de inteligencia, por lo que narra la película, no lo ven tan claro. Espías y administración inician una carrera, a tiempos desiguales, en un tejemaneje de intrigas y presiones.

 

Valerie Plame, agente encubierta durante dos décadas, hizo pública su identidad ante dos hechos: el descubrimiento de que Irak no tenía programa activado de armas nucleares, y por las declaraciones de su marido, el ex diplomático retirado, al The New York Times, aclarando lo investigado, a estancias de la compañía de espionaje, cuando acudió a recabar datos a Níger, país en que ejerció sus funciones diplomáticas y de donde vuelve con la certeza de que es falso que hayan vendido uranio enriquecido a Irak.

 

Hasta aquí, todo el manto del estado y de la legalidad los amparaba, a la agente y al ex diplomático, y se encuentran asistidos por la razón. La agente para expresar que no hay rastro de las armas químicas y el diplomático para denunciar, en el mismísimo The New York Times, que con la intervención en Irak se esta cometiendo un atropello a la verdad. Pero la administración Bush quiere callar a la incómoda pareja, y se les somete a una campaña de desprestigio que hace tambalear su vida y principios, e incluso siembra la duda en la espía de si no habría sido mas oportuno que Wilson hubiera callado, preservando así su integridad y su vida.

 

El cine americano nos tiene acostumbrados a estos cuentos morales de la lucha del individuo contra la pesada maquinaria de la administración, y la mayoría de las veces la honradez es recompensada y reconocida, por lo que el cuento moral tiene moraleja.

 

La reacción de la espía acosada, amenazada anónimamente e increpada en público, le hace sentir miedo, llegando a rechazar a su marido, pero un viaje y una conversación esclarecedora con su padre, un militar retirado con bandera de estrellas y barras anclada a la puerta de su casa, le hacen volver para apoyar a su marido sin fisuras. El ex diplomático le aventura que se arriesga a vivir zarandeada y a la intemperie. Y aquí es cuando ella manifiesta el pensamiento mas importante que trasciende mas allá de la misma película: “no me importa, yo sé quien soy”.

 

“Yo sé quien soy”, que difícil es saber realmente quiénes somos, cuando somos tantos. Somos quien se espera que seamos en proporción a cada persona que nos importa, mas cada perspectiva que se sembró en nuestro inconsciente, hasta crecer de tal modo que se convirtió en necesidad. Para cada uno, o para cada ocasión, somos distintos adaptándonos para no defraudar ni defraudarnos.

 

Somos proveedores de alimentos, amigos, padres, hijos, maridos, amantes… Un puzzle de apariencias que engarzamos con tenacidad por miedo a la inseguridad que nos produce que no encaje alguna y perder la autoestima, el trabajo o el aprecio de los demás.

 

Somos tantos como necesidades tenemos, adaptándonos para no decepcionar o decepcionarnos.

 

Pero si nos detenemos para oír la respiración de la princesa dormida que habita en nuestro bosque interior, a la que con un suave beso tenemos que despertar, quizá no la oigamos el pálpito de su corazón entre tanto barullo de lo que no somos y sintamos vértigo.

 

En la película la honradez es recompensada, la verdad esclarecida y los protagonistas recompensados por tanto sinsabor, pero por más edificante que resulte fábula y moraleja, al salir del cine tenemos la amarga certeza de que nos han engañado, porque la realidad no es así y es una lástima que no lo sea.

 

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