Conejo existencial: Harry “Conejo” Angstrom y Tony Soprano

Por Nabor Raposo.

En 1983, durante el transcurso de una jugosa entrevista realizada por Mona Simpson para Paris Review (Writers at work: the Paris Review Interviews; Vicking Press, NY, 1986), Raymond Carver fue interpelado acerca del material de partida que daba lugar a algunos de sus relatos más célebres. Carver, intuyendo sin lugar a dudas el cauce por el que podría derivar esta cuestión, comenzó a explicar de qué manera la experiencia influye inevitablemente en el proceso creativo de todo escritor, exponiendo con precaución los matices de su respuesta y manteniendo cierta distancia a la hora de ensalzar los pros y los contras de este mecanismo autoral. Habló sin ambages de una divertida anécdota que le había ocurrido a su amigo John Cheever a propósito de una pregunta muy parecida y casi a continuación admitía que “casi todo lo que escribimos es, de alguna manera, autobiográfico. […]En el camino. Céline. Roth. […]Mucho de Hemingway en los cuentos de Nick Adams. Y Updike también, podría apostarlo”.

El legado que John Updike (1932-2009) dejó en herencia a la literatura se compone de más de treinta volúmenes, entre los que figuran novelas como El Centauro, Parejas o Brasil; libros de relatos (“he aquí la razón por lo que me gustaría ser recordado”, confesó en una ocasión), poemas, ensayos e incluso cuentos infantiles, memorias (A conciencia) y numerosas críticas literarias, la mayoría de ellas en el celebérrimo suplemento del New Yorker, donde fue colaborador más o menos habitual desde 1950. Pese a que su prolífica obra fue quedando postergada en los años noventa, cuando aún era capaz de mantener su inagotable producción sin que la calidad de su prosa se viese resentida, fue un escritor reconocido con multitud de premios y menciones (National Book Award 1964, National Book Critics Circle Award 1981 y 1990, Pulitzer 1982 y 1991, PEN-Faulkner Award 2004), por no hablar de un más que merecido Premio Nobel de Literatura que finalmente nunca llegaron a concederle, como a tantos otros.

Foto: John Updike.

En el campo novelístico, como se ha dicho, Updike destacó no sólo por su excelsa producción, sino también por el original tratamiento de los temas que se iban adecuando a medida que pasaban los años hacia una orientación casi generacional, sin perder por ello en ningún momento la perspectiva de que los grandes temas imperecederos nunca encuentran solución en ninguno de los momentos históricos que se planteen. Por el contrario, acumulan más dudas en su haber. Ese quizá sea uno de los méritos de su ciclo narrativo más exitoso, una novela de tintes marcadamente existencialistas que escribió en cinco volúmenes a remolque de los cuarenta años que iba viendo pasar, un ciclo totémico; probablemente, la gran candidata a ser la Gran Novela Americana, si no del Siglo XX, de su segunda mitad: el conejo que Updike sacaba de la chistera puntualmente cada diez años, desde el principio de los convulsos años sesenta hasta fin de siglo.

Harry ‘Conejo’ Angstrom puede, en efecto, presentarse como el paradigma del “protestante de clase media de un pequeño pueblo norteamericano”, como lo definió su creador. Pero tal vez ese haya sido sólo el pretexto, el punto de partida del que se valió Updike para explicar un mundo que tal vez no tenga para él una explicación más allá que servirse de su propio talento para mostrar el absurdo de la naturaleza individual de la existencia humana. El escritor reconoció más de una vez que el apellido de su personaje se debía a las lecturas que había hecho de Kierkegaard, especialmente de El concepto de la angustia, donde el teólogo danés expone su tesis (Stream of Angst) en un contexto en el que las elecciones se imponen al sujeto. De alguna manera, la conducta de Conejo es una rebelión constante hacia las elecciones en la vida (“Cuando recibo un consejo, mi instinto me dice que haga exactamente lo contrario”), unas elecciones que, por muchas y variadas que sean, no encierran para él otra cosa que no sea un callejón sin salida. De modo que su única salvación, para regocijo del lector, se convierta en esa incesante búsqueda de sí mismo hacia ninguna parte, hacia la única triste y cómica escapatoria posible que regresa a la novela una y otra vez como una especie de alegoría de la condición humana mitificada, un modus vivendi que da nombre a la primera novela: Corre, Conejo.

Esta conducta, en ocasiones, puede colocar al lector en una posición ambivalente. Habrá quien aporte (o justifique, lo que es aún más peligroso) suficientes razones para comprender la actitud de Conejo ante sus propios problemas, tantos como los que pongan en evidencia su incapacidad para afrontarlos. Pero lo que a estas alturas ya parece un hecho casi irrefutable es que la interpretación de la lectura no parece residir en esta disyuntiva, sino que va mucho más allá: el ciclo narrativo de Conejo Angstrom invita al lector a realizar un intento aproximado por asomarse, aunque sea de soslayo, al influjo de lo irreprimible, exigiéndole un esfuerzo por tratar de comprender esa fuerza sobrenatural que empuja al individuo a la rebelión contra el orden moral establecido o contra su propio destino, del que no podrá escapar. Harry Angstrom es la radiografía de la sociedad moderna, sólo que en él se refleja una respuesta diferente a la condena eterna que supone elegir constantemente entre el bien y el mal, sin que el bien y el mal le susciten una verdadera atención; funcionando por los impulsos de su condición (humano, Conejo: un animal, al fin y al cabo) y sin intención de rendirse cuentas a sí mismo por lo que considera casi como una afrenta constante, su vida, de la que a veces parece desear no tener nada que ver (“Así es él, sólo vive para sí mismo y le importan un bledo las consecuencias de sus actos. […] Si tienes el valor suficiente para ser tú mismo, otros pagarán el precio por ti”) y en la que cada desgracia se presenta como un punto de inflexión hacia algo mejor. ¿Hacia dónde? Hacia la nada. Como un swing en el golf: el hierro que golpea la bola, la bola que vuela sin saber dónde caerá hasta estrellarse finalmente con un ligero e insignificante topetazo contra el bunker o el rough.

He aquí una lectura propicia para adentrarse definitivamente en el mundo de Conejo Angstrom, más allá de sus hechos y sus consecuencias o de la interpretación subjetiva de sus hazañas, a las que continuamente se les podría otorgar un cariz de mérito o descrédito en el contexto de su propia angustia vital; su vida, después de todo. Aunque, bien pensado, llegados a este punto tal vez sea preciso incidir en la también peligrosa filiación que el lector puede experimentar hacia las peripecias de Conejo. La relación que el lector establece con su personaje puede devenir en una especie de encantamiento seductor. Porque, pese a todo lo escrito anteriormente, la raíz o el génesis de la intención narrativa no es un obstáculo para que el lector entrenado llegue a tomar la decisión de censurar (o aplaudir) algunas de las aventuras más reprobables de Harry, muy a menudo acusado de egoísta por no pocos de los personajes que pueblan la obra.

Foto: Tony Soprano.

Si hablábamos de Conejo como un firme candidato a erigirse en el protagonista de la Gran Novela Americana de la segunda mitad del Siglo XX, podemos perfectamente compararlo con Tony Soprano, seguramente candidato también a una escala parecida, sólo que con un margen de maniobra de, pongamos, diez años, los primeros de este Siglo XXI. Sobre este curioso mecanismo de atracción ya se han escrito varios libros (Noël Carroll lo hace con una encomiable vocación filosófica y didáctica en Tony Soprano y nuestra simpatía por el Diablo, un breve ensayo recopilado en Los Soprano Forever: Antimanual de una serie de culto, Errata Naturae, 2009); en cualquier caso, y en virtud de que las razones sean, tememos, demasiado extensas, planteémonos otros asuntos. ¿Por qué mantenemos, por decirlo de alguna manera, una actitud favorable hacia Tony Soprano, sabiendo casi desde el primer momento que es un asesino manipulador? En el caso de Conejo el hechizo es menos agresivo, pero no totalmente inocuo. En la ficción, la gente siempre comulga con los perdedores. ¿Por qué sentimos simpatía hacia el antihéroe? ¿Por qué sus respuestas ridículas y sus gestas disparatadas nos provocan esa sensación de ternura, por qué deseamos que salga indemne de sus fechorías?

Amén de otras razones, la respuesta puede hallarse en la circunstancia de que ellos, tanto Tony Soprano como Conejo Angstrom, sean también humanos, al fin y al cabo. El hecho de que sean personajes con una gran profundidad psicológica, que se replanteen constantemente su existencia y su lugar en el mundo sin reclamar su porción del pastel universal, los hace frágiles, algo que nos permite empatizar con sus problemas, no tanto como su modo (acertado o no) de resolverlos. Mucho más cuando el espectador/lector, en ambos casos (tanto en Los Soprano como en las cinco novelas que componen la saga de Conejo), ve el mundo a través de los ojos de los personajes principales, con lo que la atmósfera de amenaza que los rodea se traslada también al receptor.

En la cuarta temporada de Los Soprano, Tony se refiere a Gary Cooper como “el tipo fuerte y silencioso”, representante de ciertos valores que él comparte y que considera se hallan en decadencia en la sociedad moderna. Algo similar parece sucederle a Conejo cuando todos los códigos que rigen su existencia entran en conflicto, o simplemente se derrumban de repente en algún momento de su vida. Conejo no es amoral, sino que sencillamente se ve obligado a encauzar su existencia rigiéndose por un orden de prioridades diferente a los que la sociedad establece, una vez que éstos, por el motivo que sea, han dejado de servirle o no le convencen; obligado por su condición a ser fiel únicamente a sus propios códigos éticos de conducta, una especie de instinto de supervivencia. Y eso le hace aún más auténtico. Su hijo Nelson lo reconocerá casi al final: “se limitaba a experimentar con la vida: la vida, el sexo, tener hijos y descubrir quién eres”.

En esa misma temporada, por seguir con el ejemplo, Tony reconocerá a su terapeuta que se siente como “un payaso triste”. Casi al final también Janice, la esposa, quien mejor conoció a Conejo (“Claro que, ¿quién no es inocente?, podría argumentar Dios”) y también quien más sufrió sus anhelos de libertad, se referirá a él como alguien “que no era estúpido, sólo actuaba como si lo fuera”. Una visión sesgada y comprometida: Conejo también era, o cuanto menos lo había sido alguna vez, un tipo que “sólo estaba asustado”, que “nunca se hizo adulto”. “Era imprudente y egocéntrico, pero tenía sus cosas buenas. A la gente le gustaba estar con él. Era optimista”.

En contrapunto con el Gary Cooper de Tony Soprano, Conejo siempre sintió una curiosa y extraña conexión con el Dalai Lama, quien dejó dicho aquello de que “el verdadero movimiento de nuestra vida es hacia la felicidad”. Seamos francos, ¿quién no se ha sentido alguna vez desorientado ante semejante empresa? “Updike también, podría apostarlo”.

La serie de Harry ‘Conejo’ Angstrom ha sido publicada por Tusquets Editores

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Una respuesta a Conejo existencial: Harry “Conejo” Angstrom y Tony Soprano

  1. Bravo Nabor, siempre indagando más allá, viendo paralelismos útiles, convirtiendo al personaje de Updike, y al mismo Updike, en un conejo (realmente la foto es muy significativa en este sentido). Me has ganado desde el primer párrafo, mencionando a Céline. Y has completado el círculo como debe ser, atravesándote a ti mismo, haciéndonos pasar por esa parte de tus entrañas que tienes de Tony Soprano, tratando de explicar explicándote a ti mismo. Eso se llama honestidad y un auténtico deleite para los demás.

    Ricardo Guadalupe
    20 diciembre 2010 at 15:57 pm

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