Jean Genet: el enemigo declarado

Por Enrique Tillman.

No debe ser fácil ser homosexual, vagabundo y ladrón, haber sido condenado a cadena perpetua, librarse y acabar convertido en un mito literario. Que digo un mito, en un clásico con todas las letras, aunque nadie, ni siquiera el jovial y mentiroso Harold Bloom sepa exactamente qué es eso. Aunque quizá -aventuro aquí- lo más difícil debe haber sido sobrevivir a la amistad de Juan Goytisolo, ese hombre empeñado en rechazar todos los premios y cuya homosexualidad miraba con recelo Gil de Biedma en el Diario del artista seriamente enfermo. Ya lo decía Michi Panero: “No hay nada peor en la vida que ser un coñazo”. En todo caso –y a pesar de que él seguramente lo crea- Jean Genet existía antes de Goytisolo, y lo hará después, cuando nadie lea ya a nuestro francés de Marrakesh. Tiempo al tiempo.

Ahora, cuando Genet hubiese cumplido la friolera de un siglo, resulta que alguien se ha atrevido a editar de una vez sus escritos políticos, esos por los que aullábamos algunos en nuestras ebrias noches literarias de Chueca, rodeados de marineritos. Ha sido –quién si no- la editorial Errata Naturae, que el diablo quiera que dure muchos años. Hacen falta gente como ellos, que lo mismo se atreven con The Wire y The Soprano que se lanzan a la piscina con Kafka o Hans Magnus Enzensberger. Qué tíos. Pero yo quería hablar de Genet y de El enemigo declarado, un libro donde quien no conozca al escritor o sea simplemente un lector de nuevo cuño se encontrará a un Genet en estado puro, es decir, al Genet de siempre, a pesar de que ya hay gente que habla de los dos Genet.

¿Y qué es un Genet en estado puro? Pues alguien capaz de colarse ilegalmente en EE.UU. desde la frontera canadiense, acompañar por todo el país a los inverosímiles miembros del Partido de las Panteras Negras sin hablar ni una palabra de inglés y ser recibido en todas las instituciones universitarias del momento como si de un nuevo mesías socrático se tratara. Para que me entiendan: una especie de precursor de Fernando Vallejo, aunque con más pelotas y en francés. En el libro, encontrarán al vagabundo que se alineaba con cualquier causa que sonase a revolucionaria, el que visita la masacre de Chatila en el Líbano, el que grita por los derechos de los inmigrantes en Francia, el que comparte el dinero de una entrevista con la entrevistadora, el millonario de una sola maleta, el vagabundo imperecedero, el escritor que se codea con la crème de la crème de la revolución americana: Jerry Rubin, Abbie Hoffman, Kerouak, Burroughs, Ferlinghetti. Genet, en suma. Un grande de la vida y de las letras, y no un impostor profesional como tantos y tantos mediocres. Nada de eso.

Genet no está en el canon ni falta que hace, pues Genet sólo hay uno y se mearía en la puerta de todos los mediocres si Mefistófeles fuese un hombre de palabra. Él, desde luego, lo fue. Como el buen ladrón que nunca dejó de ser, no se vendió nunca y fue un hombre de una sola maleta. Lo diré muy bajito por si despierta y me lanza un merecido escupitajo: la vida de Genet casi parece encaminaba a un destino literario.

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