¡Tanto rollo con “La naranja mecánica”, hombre!

Por Óscar Sánchez.

Hoy toca escupir una herejía de las buenas: La naranja mecánica no es una película de ultraviolencia física o moral, por mucho que esa fuese la recepción que se le dio en el estreno, incluido el propio Kubrick. Digo esto después de volver a verla el otro día. En realidad, dentro de la filmografía del cineasta resultan mucho más violentas Senderos de gloria (un retrato de la crueldad de la guerra rematado por fusilamientos injustos) o El resplandor (nada menos que un padre tratando de “talar” con un hacha a su familia), por no hablar de la fila interminable de crucificados al final de Espartaco, todo un clásico del peplum gore. Así que estamos ante una trivialidad o un tópico infundado: piedra de escándalo para la taquilla, como demuestra el hecho de que nadie salga seriamente perjudicado en la película, salvo un aburrido matrimonio sin rostro.

Vamos, pues, a desvelar el misterio. Alex, el loco Alex, ¿es realmente un loco malvado? Pues resulta que no, que la insania del protagonista no es más que una demostración del poder indiferenciado del adolescente, y ahí es precisamente donde quería llegar: al prota (un inquietante Malcolm McDowell) lo mismo le da sacudir a un mendigo indefenso que camelarse a dos tías sólo con pedirlo y sin despeinarse. Todo ello, por cierto, no son más que afirmaciones de lo único que tiene en su poder un adolescente: fuerza sin dirección y necesidad de reconocimiento. Piensen si no en el momento en que el pobrecillo Alex ingresa en esa especie de reformatorio psicodélico. El joven no mostrará ninguna rebeldía antisistema, más bien al contrario: es el más integrado y colaborador, aunque casi nadie confíe en su sinceridad.

En todo caso, ya sabemos todos que Alex no es nunca sincero, que sólo pone a prueba sus aptitudes ya sea como jefe de una banda de locos disfrazados o para apuntarse el primero a la terapia, a la que el angelito se presenta voluntario. De modo que todas las imágenes tienen esa peculiar estética tan típica del soñar despierto de un adolescente, conformando desde la imagen el verdadero tema de la película. ¿Quieren más pruebas? Hombre, la mayor y mejor no es otra que la querencia de los jóvenes hacia la película, pues a todos ellos les gustaría ser el jefe de una banda, llevar una doble vida nocturna, burlarse de todas las normas e imponerse finalmente cuando los horribles adultos tratan de cambiarlo. Y recuerden que Alex está por encima de sus truquitos psicológicos conductistas porque no tiene propiamente psicología, sólo impulso.

Pura estética, en fin, pues no hay ningún elemento crítico o ético en el film. De hecho, la novela terminaba de una manera muy diferente, por no mencionar que Kubrick suprimió el capítulo 20, donde sí se puede encontrar una clara intención de mensaje por parte del genial Burguess, aunque no se lo explicaré aquí. Estética, entonces, incluso en el plano más superficial o visual: el bar de las anfetas, el argot pseudoruso, el uniforme de la banda, la esquemática cárcel, la escultura fálica, las galerías, Beethoven… Nada es, así, real, sino la imagen de un mundo tal y como lo desearía cualquier adolescente.

Lo repetiremos por si alguien sigue despistado: la película es la representación del deseo (simplista pero asertivo) de un jovenzuelo acomodado de los años sesenta. La naranja mecánica no es otra cosa que el mundo imaginado por un chico impetuoso de clase alta en una sociedad sin más normas que la seguridad y el confort. Y como esto no es gran cosa, y ni por asomo puede ser satisfactorio si uno tiene energías para algo mejor, no es extraño que nuestro querido Alex pegue algunas hostias para desfogarse, aunque ahí se quede todo su inconformismo: la política ni la huele. Y esto sí que es una buena crítica por parte de la película: que el prota está neutralizado, desactivado desde el mismo principio; no puede ni podrá hacer verdaderamente nada, ni nada ha hecho. Toma ya inconformismo. He dicho.

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2 respuestas a ¡Tanto rollo con “La naranja mecánica”, hombre!

  1. Esta peli Inquieta e incomoda porque en nuestro país era imparangonable el día de su estreno. Hoy sí parece una descarnada pantomima, además la violencia gratuita y onanista no llega al grado de nihilismo.

    Johnnie Segura
    4 enero 2011 at 23:24 pm

  2. Efectivamente, lo fue, y además con Kubrick, que manejaba la tensión del espectador como Rouco Varela la “buena conciencia” de las gentes de derechas. Pero eso no significa exactamente que sea una mala película, e, insisto, la violencia tiene su intención, lo que pasa es que no es la que nos hemos querido creer. Nihilismo lo identifico más bien con la extinción de toda voluntad, o con el inexorable fracaso de esta, y en este sentido un claro exponente de película nihilista sería más bien la estupenda “Jarhead” de Sam Mendes (el chico -otro chico-, no sabiendo qué hacer con su vida, la entrega voluntariamente a los marines sólo para descubrir que, ni siquiera apoderándose a su cerebro y su voluntad, pueden dar la satisfacción más elemental a su ansia: devastador y maestro a un mismo tiempo entre grandes momentos cómicos -por cierto, el argumento general seguramente extraído de “El desierto de los tártaros” de Buzzati…). Es un ejemplo no más.

    Óscar
    6 enero 2011 at 1:21 am

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