Lo gregario globalizado: la dictadura de “la gente”

Por Carlos Javier González Serrano.

En mi trabajo, hablo conmigo mismo tan claramente como puedo sobre las cosas que me importan.
Robert Lax

Tras la acalorada crítica de Horkheimer a la mentalidad de masas –anquilosada, estática-, en la que nada es valioso por sí mismo, aquél identifica tal visión con el pragmatismo, corriente que estima que nuestros esquemas mentales, constituidos por ideas, conceptos o teorías, no escapan del proyecto de su acción; afirma incluso, en páginas célebres de la Crítica de la razón instrumental, que lo productivo se ha convertido en el auténtico estandarte de la nueva y acomodada manera de pensar. Ello constituye la genuina destrucción de la razón crítica, la que a su vez pone en marcha el proyecto la obra mencionada. El camino de lo gregario y el establecimiento de una conciencia global han constituido el declive de la capacidad que nos hace únicos; la subjetivización y formalización de la razón han dado como resultado la aceptación de un nuevo método de evaluar la realidad: el precio de mercado. Lo genuino se ha situado, por inercia, en un estadio inferior, se ha cosificado, y camina hacia la mera utilidad, hacia el medio que no prescribe fin alguno; mas si hay fin, en efecto, vendrá estipulado no por su valor intrínseco, sino por el plan de acción que despliega el hecho de su existencia. Esto conduce, parece, a una cadena ad infinitum –y ciertamente evanescente- de fines, que no son sino medios para lograr otros fines, que en otro tiempo, volverán a su estado de medios. Por eso Horkheimer explicita que el pragmatismo no supone las ideas, conceptos y teorías sino como planes para la acción. El cenit de este plan es, como no podía ser de otra manera, su propia realización: el éxito, por así decir, de su mandato. El medio se difumina de esta manera con el fin: la cosificación ha hecho estragos en nuestro análisis valorativo de la realidad, confundiendo y reunificando la utilidad con lo valioso en sí.

Esta suerte de mecanicismo valorativo deriva, colateralmente, en un antropocentrismo inevitable e ineficaz; la voluntad humana, en busca de la satisfacción, desestima todo proyecto firme y categórico de considerar en sí mismo como valioso lo que constituye un fin definitivo, un término de llegada. Este último movimiento –la llegada- supondría la rendición del pragmatismo, y por tanto, la destrucción de la razón instrumental en este sentido. El régimen autocrático impuesto por la productividad queda, así, reducido a un relativismo resbaladizo, demasiado perspectivista. Es el triunfo de la mayoría, de lo gregario frente a lo inédito, frente a lo genuino: los fines han sido desposeídos de su fundamento racional; se ha impuesto, por tanto, la tiranía del interés masivo del pueblo.

El propio Horkheimer explica que «la razón forma parte por entero del proceso social, al que está sujeta». Mas si éste se halla corrompido, no podemos esperar sino su instrumentalización. El problema se sitúa, entonces, en la conciencia popular, en el uso que se pretenda otorgar a la propia razón. Mas en este sinuoso terreno hemos de contar, a la vez, con la siguiente afirmación de nuestro autor: “la razón subjetiva se acomoda a todo”. Con ello podemos incluso derivar en un uso inapropiado –innatural- de la razón misma, al declararla afín a un determinado sistema productivo, cuando no ha hecho sino acomodarse, adueñarse en su proceso dialéctico con la masa, de sus más hondas razones de actuación; ésta se encamina, a los ojos del pragmático, a la consecución de un plan de acción, a la materialización de un fin –que es medio, y por ello, inapreciable en sí mismo-.

Ahora bien, ¿quién es el configurador de este mundo, qué o quién ejerce como demiurgo en la sociedad de yoes? Buscamos instituir un super-yo social, o dígase, una razón objetiva que dicte aquellas ideas eternas de las que valernos como fines. La pregunta por la racionalidad de éstos ha quedado absorbida y eclipsada por la cuestión sobre la validez y adecuación de los medios a un plan de acción determinado. El pragmatismo sólo calcula, dirime las posibilidades existentes, y las traduce en fines mediatizados.

Horkheimer entiende que la razón de su tiempo se halla sumida en una profunda crisis; ésta se inscribe en un proceso que mediatiza los fines: se trata de su automaquinización, servida por los intereses de la autoconservación plácida y práctica del impulso arrollador de la masa.

En relación a ello se encuentra la refutación de Platón al argumento pragmatista de proceder por experimentación ad infinitum, en busca de una suerte de causa universal u originaria; Platón, haciendo uso del principio de razón suficiente –más que de su conocimiento de Dios- arguye que tal cosa es imposible, puesto que la condición humana está demasiado apocopada por la inmensidad de su mundo, y la experimentación sirve, sin duda, mas no para colegir la generalidad, sino para asegurar lo individual; empero, no podemos saltar del plano concreto al universal como si, en efecto, fuéramos aquel Dios al que apela el filósofo griego, y al que no le está vetada tarea alguna. Tenemos además algunos indicios –aunque sean míticos- de la incapacidad del hombre para proceder de tal modo: Prometeo nos sugiere metafóricamente esta perfecta impotencia natural, que por otro lado, es lo que le hace propiamente humano: saberse limitado y proceder en consecuencia.

El pragmatismo nos induce a convertir todo nuestro entorno en objetos, a cosificar el mundo, y en definitiva, a actuar al modo de la física. Decíamos al principio que el pragmatismo produce un soporte de medición, de actuar según las causas, si se quiere, pero dejando los fines perdidos en una cadena indefinida de medios. Ahora sí estamos en condiciones de contraponer el pragmatismo al industrialismo moderno; si bien aquél escoge el método de la física (“las técnicas de laboratorio” en palabras de Horkheimer), éste instituye a la fábrica como el adalid de la condición humana, el cual configura de modo necesario los intereses culturales de la masa y los racionaliza, por así decir, otorgándoles una validez que no viene sino de los mencionados intereses creados, que por otra parte, proceden, una vez más, de la misma sociedad. Sobre este terreno cenagoso edifica Horkheimer su Crítica de la razón instrumental, y lucha por que no sucumba ante la ignorancia permitida y consentida por el conjunto de los hombres.

Termino con una cita de Ortega en El hombre y la gente: «Y el caso es que la mayor parte de nuestros pensamientos, de las ideas y opiniones con las cuales y desde las cuales vivimos, no las pensamos por propia, personal y responsable evidencia de su verdad, sino que las pensamos porque las oímos decir y las decimos porque se dice. El terrible impersonal aparece ahora formando parte de nosotros mismos. Ahora bien, en la medida en que no pensamos en virtud de evidencia propia, sino porque oímos decir, porque “se” piensa y “se” opina, nuestra vida no es nuestra; dejamos de ser el pesonaje determinadísimo que es cada cual; vivimos a cuenta de la gente, de la sociedad; es decir, estamos socializados».

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2 respuestas a Lo gregario globalizado: la dictadura de “la gente”

  1. En efecto. Y creo que también se puede explicar así: cuando tras el larguísimo período aristocrático, que empieza a finir con la revolución francesa, parece que el pueblo – en el sentido en que fue pueblo el ateniense o el romano – va emerger de nuevo, he aquí que emerge transformado en masa…

    augustbecker
    11 enero 2011 at 11:26 am

  2. Es un ejercicio de profunda dificultad el tratar de identificar el número y tipo de deseos, necesidades, apetencias e incluso enfados y ofensas nacen casi en exclusiva de nuestra voluntad individual.

    Almorro
    11 enero 2011 at 17:36 pm

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