Sobre el deseo

Por Gonzalo Muñoz Barallobre.

Debemos distinguir entre nuestro deseo y el deseo de los demás. Con voz grave y autoritaria nos dicen “desea x”, y es que nos educan para desear lo que quieren que deseemos. Una violencia que produce en nosotros una falsificación existencial de la que somos avisados a través de una emoción que dice: “no eres tú, has sido aniquilado, estás muerto en vida”. Y de esta llamada nace una ansiedad de la que no nos libramos hasta que no volvemos a ser dueños de nuestro deseo. Una reconquista nada fácil, porque nuestra capacidad de desear de una manera auténtica nunca ha sido empleada de un modo consciente. Este hecho se debe a que dos instituciones han hecho bien su trabajo: la familia y la escuela. Pero nosotros deberemos hacer el nuestro y arrancar de sus manos lo que nos pertenece, sin olvidar que ningún precio será demasiado alto.

Recuperar nuestro deseo es también estar obligado a escucharlo y, sobre todo, a educarlo. Así, descubriremos en él dos niveles: un deseo orientado al presente, que tiende al placer inmediato, y un deseo orientado al futuro, que tiene como guía la imagen que hemos elaborado de aquello que queremos llegar a ser, y que debe depender de un conocimiento sincero y profundo de nosotros mismos. Si esto no ocurre, se producirá en nosotros una nueva falsificación existencial, pero de otro tipo que la primera que hemos señalado, ya que esta vez nosotros seremos lo únicos responsables.

¿Cuál es el precio de vivir de una manera inauténtica? El precio a pagar será una profunda insatisfacción, un displacer marcado por un mareo emocional, una nausea permanente al recordar nuestro pasado, al pensar nuestro presente y al imaginar nuestro futuro. Por el contrario, si seguimos la medida marcada por nuestro autoconocimiento obtendremos una armonía entre lo que deseamos de nosotros y lo que somos. Y el pasado se mostrará como algo bien vivido, el presente estará marcado por la calma y el futuro por la esperanza, que es, de definitiva, la emoción contraria al miedo.

Estamos en un momento, con esto no quiero decir que antes no ocurriera, en el que se pretende que entreguemos nuestra capacidad de desear. Y es que el sistema del que formamos parte sobrevive gracias a la anulación del individuo en favor de la masa homogeneizada, un proceso que sólo es posible a través de la conquista y el control de la capacidad de desear de cada uno de nosotros. Porque quien tiene la llave del deseo ostenta el control de la acción. Una dominación eficaz que sigue una máxima más que perversa: hazles creer que su deseo es libre y serán tuyos.

Así, recuperar nuestro deseo es recuperar nuestra vida. Pero como nos somos las mónadas de Leibniz, tendremos, para lograr nuestro desarrollo pleno, que ayudar a los otros a que recuperen el suyo. Y si te encuentras con alguien que crea que para él ya es demasiado tarde, deberás contestarle que para empezar a vivir nunca debería serlo.

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