Faulkner, Sartoris y la semilla de Adán

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Por Nabor Raposo.

Foto: Faulkner.

Contaba William Faulkner que decidió hacerse escritor al poco de empezar a frecuentar la compañía de Sherwood Anderson en Nueva Orleáns. Por aquel entonces, Faulkner se ganaba la vida con toda clase de trabajos de tercera categoría, como pintar casas o pilotar aviones. El resto del tiempo lo mataba paseando con Anderson por las tardes y bebiendo con él por las noches, pero nunca se veían antes del mediodía, tiempo que el bueno de Sherwood aprovechaba para escribir. “Entonces decidí que si esa era la vida de un escritor, aquello era lo mío”, explicaría al final de su vida.

Meses después de tomar aquella decisión, Faulkner terminó La paga de los soldados y Anderson le propuso el siguiente trato: si le eximía de la tarea de leer los originales, le diría a su editor que aceptase el libro. Así sucedió. Pasó el tiempo. Tres años más tarde, en 1929, Faulkner publicaba Sartoris, su tercer libro, con esta preciosa dedicatoria para su compañero: “Mi primera obra se publicó gracias a su amabilidad, y le dedico este libro con la esperanza de que no le de motivos para lamentarlo”.

Ambientada en los primeros veinte años del siglo pasado, Sartoris narra la decadencia del linaje que da nombre a la novela, cuyos miembros fueron, desde la Guerra de Secesión americana, héroes de guerra del Ejército Confederado, banqueros o temerarios aviadores de la I Guerra Mundial: cuatro generaciones que, lejos de escapar al fatídico destino que les correspondía por la simple herencia del apellido, se dedicaron a perseguirlo; unas veces con el honor que a menudo concede la fatalidad y otras por simple cabezonería, como si el buen nombre de su estirpe sólo pudiese perpetuarse con el orgullo de una muerte tan trágica como inútil.

Pero lo verdaderamente importante de la novela es, casi con toda seguridad, su desarrollo posterior en el resto de la obra de Faulkner. “He concebido la historia entera como un relámpago que iluminase de golpe un paisaje”, sentenció. Y es que Sartoris constituye el punto de partida del universo faulkneriano levantado a la sombra de la piedra angular del condado apócrifo de Yoknapatawpha (y en homenaje a su abuelo, héroe de guerra), y es asimismo el germen de toda una multitud de personajes e historias que el autor desarrollaría casi hasta el final de sus días y a lo largo de toda su producción literaria. Aquí aparecen por primera vez, y por poner algunos ejemplos, el doctor Loosh Peabody de Mientras Agonizo, el abogado Benbow de Santuario o las primeras correrías de algunos de los Snopes, cuyas peripecias serían narradas años después a lo largo de tres libros: El Villorrio, La Ciudad y La Mansión. El tema de las tragedias aéreas (el hermano de Faulkner se mató con un avión que él mismo le regaló) será tratado también en Pilón, y la decadencia aristocrática sureña (y la fatalidad misma) será el eje central de la novela que le causó “mayor aflicción y angustia”, El Ruido y la Furia. Del mismo modo, los contextos de la Guerra de Secesión americana o la Primera Guerra Mundial tendrán también un protagonismo importante en novelas como ¡Absalón, Absalón! o Una Fábula, respectivamente. En Sartoris, además, ya se vislumbra claramente el tono elevado y poético tan característico en el autor (que en ocasiones puede antojarse algo excesivo y que se irá depurando a lo largo de los años), y se dejan entrever algunos de los mecanismos narrativos (la manera de intercalar el foco de atención de la trama en diferentes escenas y personajes) que llevaría más adelante a nuevos horizontes hasta entonces prácticamente desconocidos en la Literatura.

En el Génesis, 1:29 (Faulkner era un apasionado del Antiguo Testamento), Dios le dijo a Adán: “He aquí que os he dado toda la planta que da

Foto: Faulkner.

semilla”. Sartoris no es el tallo por el que brotan nuevas flores, nuevas historias; Sartoris es sólo la raíz, o en sentido más figurado, una nueva flor que brotó del mismo tallo, del origen, para ser una flor como todas las demás del Árbol del Condado que Faulkner imaginó. “Puedo mover a mis personajes de aquí para allá como Dios –dijo–, no sólo en el espacio sino el tiempo también”: la misma voz divina que, años después, se disculpaba en una breve nota al principio de La Mansión por todos los anacronismos que el lector pudiese descubrir a lo largo de todas las novelas que conforman el ciclo de Yoknapatawpha, aduciendo que él mismo ya había encontrado “más discrepancias y contradicciones de las que espera que descubra el lector; contradicciones y discrepancias debidas al hecho de que el autor ha aprendido más, o al menos eso cree, acerca del corazón humano y de sus dilemas […]; y está convencido de que, después de haber vivido con los personajes de esta crónica todo ese tiempo, los conoce mejor que cuando empezó a escribir acerca de ellos”.

Sartoris no es, por tanto, nada más que el principio de un Faulkner inagotable, un Faulkner al que muchísimos críticos (y sobre todo lectores), con no muy buena fe o por simple desconocimiento, acusan de ser un narrador oscuro, difícil, poco amable con el lector. Sin embargo, pocas lecturas son más agradecidas que las de sus novelas: no en vano, Faulkner pensaba que “algunas personas son amables sólo porque no se atreven a ser de otra forma”. Tal vez Faulkner lamentara, pese a todo, ser amable, o no serlo; y es seguro que jamás sabremos qué clase de amabilidad era la de Sherwood Anderson: pero lo que sí sabemos a ciencia cierta es que, al menos a este último, no le fueron dados los motivos suficientes para lamentarlo.

La mayoría de las citas empleadas en este artículo pertenecen a la entrevista que Jean Stein realizó a William Faulkner para Paris Review en la primavera de 1956.

Sartoris ha sido publicada por la editorial Alfaguara.

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Una respuesta a Faulkner, Sartoris y la semilla de Adán

  1. Gran homenaje. Faulkner te ofrecería de su pipa si te tuviera delante.

    Ricardo Guadalupe
    21 febrero 2011 at 17:56 pm

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