Dilo bien alto

Por Recaredo Veredas.

Defender los derechos de las minorías no es, como tantos piensan y afirman, una costumbre ociosa o demagógica. Si nadie les protegiera, en cuanto surgiera la menor situación de pánico, los autodenominados normales* les aplastarían  en el mismo tiempo que tardó Hitler en invadir media Europa. Porque los autodenominados normales son más peligrosos que los tigres de Bengala. Además siempre necesitan culpables que resalten su inocencia.

Sin embargo, no todas las minorías son defendidas. Algunas sobreviven  sin ayuda alguna, aunque sufran mayor acoso que los pandas rojos o las ballenas cantarinas, aunque nadie elabore manifiestos que reivindiquen su libertad ni se aprueben leyes o subvenciones que les favorezcan. Se les considera irrompibles, como a los vasos duralex. Me refiero, basta ya de ocultaciones, a los intelectuales más modernos y frívolos, a los despectivamente conocidos como gafapastos**. Como resultado de una atávica acumulación de rencor, el cerebro del autodenominado normal brinca con odio en cuanto escucha la palabra mágica. Os propongo que hagáis la prueba, tal vez susurrándole al oído. De inmediato enrojecerá su mirada y aparecerán rastros de espuma en sus labios. Luego, tras apenas tres segundos de espera, calificativos como pedante, prepotente, snob, pijo, progre, hipócrita, vago, gorrón, saldrán a borbotones de su boca***.

No todos los gafapastos pueden exhibir su petardeo por las calles de Malasaña, Gracia, Palermo, La Rive Gauche o el Soho. Tan bellos entornos quedan reservados para aquellos cuyos padres, abuelos o lejanos ancestros garantizaron la seguridad económica e intelectual de sus descendientes o para creadores exitosos. La mayoría debe convivir con los autodenominados normales y, en consecuencia, sufre a diario un hostigamiento intolerable. Tanto en su entorno laboral como personal. Un acoso que irremediablemente conduce al gafapasto a la autocensura, la ansiedad y la represión de sus naturales inquietudes. No pueden, siquiera, lucir sus lupas con orgullo.  En un centro de trabajo convencional es admisible el envío de enlaces pornográficos o power points estúpidos. También visitar compulsivamente foros sobre embarazo, bodas o cosmética. Sin embargo, afirmar algo tan básico como la preferencia por los subtítulos  supone para los  autodenominados normales un insulto, una muestra de prepotencia que, salvo loables excepciones, es respondida con odio. Hablo de simple preferencia, de expresión serena y discreta, no de desprecio por la mayoría. Por supuesto declararse aficionado a, por ejemplo, las  vídeoinstalaciones es un acto suicida, equivalente a vomitar sobre la cara del autodenominado normal. Tamañas tropelías pueden ocurrir en un puesto de un mercado de abastos o en un estudio de ingeniería que facture 200 millones al año. El odio al gafapasto es interclasista. Sin embargo, solo el gafapasto solvente puede escapar del terror, huyendo a alguna de sus reservas indias. Lugares donde pueda manifestar su pasión por David Foster Wallace o Apichatpong Weerasethakul sin peligro alguno.

Los autodenominados normales suelen criticar la tendencia a la endogamia de los gafapastos. Es decir, que se agrupen en presentaciones, fiestas privadas y garitos de zonas gentrificadas para conversar sobre literatura, cine o, simplemente, chafardear, felices como cachorros. Una tendencia que repiten todos los colectivos marginados y que resulta, más que lógica, irremediable. Los gafapastos necesitan un entorno donde esconderse, hablar de libros, de música o de filología eslava sin que al lado un autodenominado normal les ridiculice, entre las risotadas de sus amigotes.

En los peligrosos 60, James Brown defendía el orgullo negro con la mítica Say it loud Im black Im proud. Si este mundo fuera justo existiría el día del orgullo gafapasto. Y todos asaltarían las calles, con sus  gafas bien puestas y vestidos de gala, para  gritar bien alto, soy gafapasto y estoy orgulloso.

*Me refiero a aquellos que poseen un criterio cerrado de lo que es “normal” y por lo tanto deseable para la sociedad. A aquellos que condenan al otro porque manifiesta una estética o una ética diferente, incluso opuesta, a la suya y consideran una agresión lo que es una simple expresión de libertad. La autoconsideración de normalidad afecta a todas las clases sociales y a todas las ideologías.

**La denominación gafapasto proviene de la afición a las gafas de pasta de los autodenominados intelectuales. Ignoro la causa de tal simpatía pero resulta innegable que cientos de autodenominados intelectuales del último siglo han optado por este modelo. Desde Rodolfo Walsh a Pasolini –ambos asesinados, tal vez por su gusto óptico- hasta Truman Capote, Julio Cortázar o Jean Paul Sartre, las lupas de pasta siempre han simbolizado  a la densidad intelectual.

***Asumamos que fuera cierto. Que los gafapastos fueran así de deleznables. He buscado en el Código Penal y ser pedante, prepotente, snob, despectivo, pijo, progre o hipócrita no es delictivo. Tampoco influye en las oscilaciones del IBEX, ni en el precio del petróleo. No existe ninguna ley que obligue a ser natural y espontáneo como las flores del campo.

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Una respuesta a Dilo bien alto

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