Los invertidos (1 de 2)

Por Christian Lange.

`LOS INVERTIDOS´, de José González Castillo y Mariano Dossena.


1.
“Según una estadística demográfica del doctor Francisco Latzina, publicada en 1905, a raíz del censo de la Capital, había en esa fecha, y en Buenos Aires solamente, ‘diez mil invertidos’, de todas las condiciones sociales. (…) esa cifra entraña una amenaza gravísima y un peligro constante para la salud moral y física de nuestra sociedad”. Estas palabras fueron dirigidas al público por José González Castillo la noche del estreno de su obra, Los Invertidos, en Buenos Aires, en 1914.
Frente al estreno, la Municipalidad reaccionó ante lo que leyó como una clara apología de la “perversión”. Esta reacción, que consistió en retirar de cartel la obra, hace explícita una primera lectura, una primera recepción (la apología de la homosexualidad). Frente a esa lectura, el propio autor, en su apelación ante el Concejo Deliberante, establece su posición muy claramente, argumentando que la obra “es francamente moralizadora y persigue un alto objeto de mejoramiento social, sin atentar contra las buenas costumbres ni contra la moral media de la sociedad”. Su defensa consiste en admitir que la obra no sólo no es apología de la homosexualidad sino que afirma que la obra está al servicio del mejoramiento social, que es pedagógica. Así lo entendió también la prensa del momento. Si se leen las palabras de dicha apelación y las palabras de la noche del estreno es imposible no ver que José González Castillo habla desde una posición tomada, una posición que -en términos contemporáneos- puede ser definida como homofóbica. [Por otra parte, y para poner las cosas en su justa medida, ¿quién no era homofóbico en Buenos Aires en 1914?]

Lo que es indiscutible y se desprende de los hechos históricos es que desde el primer momento de su estreno, al menos dos lecturas opuestas se hicieron del mismo espectáculo: apología de la perversión versus homofobia. Y, digámoslo de nuevo, más allá del texto, más allá de la obra, está la posición de propio autor, que -en coincidencia con cierto clima de época- sí era moralista y sí era homofóbica.


Sea como sea, José González Castillo defiende, sin éxito, el derecho a mostrar su obra. No importó que el autor hablara al público luego de la función de estreno para hacer obvio lo que era evidente en su texto, es decir, su convicción de que se debía despreciar al “invertido” así como el mismo “invertido” debía despreciarse a sí mismo hasta llegar al suicidio. [La obra presenta, incluso desde el título, la misma visión sobre el tema que la psiquiatría de la época, y nada indica que esto se haga en tono crítico, satírico o paródico, sino más bien de identificación]. Esto no fue suficiente para cancelar la prohibición. Ni siquiera el final trágico del personaje central, Florez, hizo que se la revocara. Probablemente esto se debió a que la pretensión del autor de educar al público no se realiza en su obra, ya que parece tomar el punto de vista de las víctimas, haciendo que el lector/espectador se identifique con Florez, antes que con su mujer, Clara. En algún sentido, el autor es más homofóbico que su propia obra, o -por suerte- no ha podido controlar su propio material dramatúrgico (cosa que otras falencias dramáticas de la estructura del texto confirman, por ejemplo el desaprovechamiento del conflicto del triángulo amoroso ya que Florez nunca se entera que su amante Pérez lo engaña con su propia mujer, lo cual sea posiblemente una elección deliberada, pero que no parece reportar ganancias en el texto).

Pongamos las cosas en contexto, en este primer contexto de recepción, y entendamos que hablamos de Buenos Aires, 1914 y de una obra enmarcada dentro del sainete criollo tragicómico. Recordemos, además que son los años del Higienismo Científico. Años marcados por personajes como José Ingenieros, que funda los Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines, organismo que relacionaba la Facultad de Medicina con la Policía Federal.

Este es el contexto en el que González Castillo escribe Los Invertidos e inscribe su propia posición y la de su texto, algo más ambigua que la personal. Siendo, como era, un moralista evangelizador del teatro (como buen anarquista de la época), pretende condenar el mal y aleccionar a un público ávido de realismo, pero el texto dramático presenta la problemática desde el lugar de las víctimas. Si bien el protagonista debe suicidarse en el final, y deja en claro que este es el camino a seguir para todos los “invertidos”, el espectador ya se había identificado con él. Probablemente Castillo pensara que al hacer a Clara Florez protagonista de la obra, podría controlar el sentido de su lectura; pero el protagonista de este sainete tragicómico es Florez, no su esposa. [*]

[*]: Cfr. Lozano, Ezequiel: Sobre la persistencia de la homofobia: reflexiones a partir de la obra Los Invertidos y, algunos discursos académicos. (UBA/CONICET).

2.

Buenos Aires, 2011. Un siglo después, Los Invertidos vuelve a ocupar la escena teatral independiente porteña. Dirigida por Mariano Dossena y producida por Pablo Silva, la obra se presenta los sábados en Teatro El Extranjero, en el Abasto, con un elenco encabezado por Maia Francia (Clara), Gustavo Pardi (Dr. Florez), y Fernando Sayago (Pérez). [Nota de color: los nombres de los dos actores varones se encuentran invertidos en el programa de mano, por error]. Nicolás Nanni realizó el diseño del vestuario y la escenografía, Diego Lozano compuso la música original, y Claudia del Bianco diseñó la iluminación.

Como todo abordaje tiene algo de arbitrario, decido empezar por un signo que llamó mi atención desde el momento de entrar a la sala: el cuadro Dante y Virgilio en el Infierno, de William-Adolphe Bouguereau. El mismo está situado, en el escenario, en el sector correspondiente al “club”, o departamento de Pérez, o la garconerie, donde tiene lugar el segundo acto de la obra: el búnker de los “invertidos”, como dice el material de prensa del espectáculo.
Deliberadamente coloco la reproducción de dicho cuadro al inicio de este comentario. Cuando se ingresa a la sala, previo al inicio del espectáculo, el espectador se encuentra con dos sectores del escenario bien diferenciados: a su derecha, un estudio o escritorio; a su izquierda, este otro espacio, con un piano, unos cortinados, y el cuadro de Boughereau presidiendo imponente. De hecho, es lo primero que se ilumina antes del inicio de la acción en el primer acto, en el estudio, acompañado de la música.
Sin pretender revelar ninguna significación oculta, digamos que se trata de la pelea de dos almas en el Infierno frente a la mirada de Dante y Virigilio. Es una representación del Infierno. Y está colocada en ese espacio del escenario, en ese lugar del espacio dramático/escénico. Ese es el lugar de lo “invertidos”. Y -no hay motivo para pensar lo contrario-, ese cuadro específicamente ha sido puesto allí por ellos mismos (y por el Director, obviamente, para nosotros; pero, insisto, por ellos y para ellos).

[Continúo tieniendo presente este signo porque me permite generar esta escritura y este pensamiento]. En toda la obra, en todo el texto, en toda la representación, en toda la actuación, en todos los signos escénicos no hay una sola voz que no sea condenatoria. Esa voz podrá ser jurídica, médica, criminológica, forense, culta, popular, externa o interna. Todos, invertidos y no invertidos, en su propio lenguaje y a su propio modo afirman lo mismo: esa conducta es enferma, es vicio, es monstruosa, es inmoral, es el Infierno. Ni ellos mismos piensan otra cosa diferente: el discurso dominante es compacto, sólido, sin fisuras. El cuadro lo reafirma, a su modo, también.
Algún matiz parece haber en la escena en el “club” previa a la llegada de Pérez, cuando Princesa (Daniel Toppino), Juanita (Emiliano Dionisi) y Emilio (Alejandro Falchini) están divirtiéndose, tocando el piano, bailando y cantando Griseta (letra de González Castillo). Aún así, se trata de personajes secundarios y de algo que uno puede deducir de cierta alegría o ligereza de las acciones.
En lo explícito Clara, Florez y Perez (por destacar el trío protagónico) son voces de condena y auto-condena. También lo son, en otro registro, las de Petrona (Elsa Espinosa) y Benito (León Bara), representantes de otra clase social, de los sirvientes, que en otro código expresan un mismo prejuicio y una misma condena coincidente con la ideología de sus amos. Y, por supuesto, está la voz del ya mencionado discurso jurídico-psiquiátrico. Ley y Ciencia. Unanimidad.

Efectivamente, en la Buenos Aires de 1914, tiempo de acción de la obra, esto era así. Y frente a eso, la platea, el público, la recepción, en Buenos Aires, 2011, un siglo después. ¿Es todo igual? ¿Es todo completamente diferente? ¿La sanción de una ley ha cambiado todo? ¿No existe más la homofobia? ¿La obra ya no habla de eso? ¿Nadie afirma que los invertidos deberían pelear por siempre en el Infierno?

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Foto Vía: www.losinvertidos.com.ar

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