Carnivale, la conjura de los raros

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Por Javier Franco.

Hay ciertas épocas de la historia que permanecen en la penumbra para escritores, guionistas y directores. Siempre es más bonito hablar de los felices años 60 (Mad Men) o de la época de bonanza económica, previa al crack del 29 (Boardwalk Empire). Hoy, que vivimos en un auténtico boom de la ficción televisiva, es fácil arriesgarse y hacer una serie de época. Sin embargo, hubo un tiempo en que la reina del cable estadounidense (la cadena HBO) puso en jaque a cualquiera que pensara que la televisión tenía que ser previsible y típica.

Ambientada en los años 30, durante la Gran Depresión que asoló Norteamérica (y medio mundo), Carnivale cuenta las andanzas de un viejo circo ambulante. En él no faltan los adivinos, las encantadoras de serpientes o los espectáculos de variedades. Una feria a la vieja usanza, que viaja de pueblo en pueblo para poder llevarse algo a la boca entre espectáculo y espectáculo. Entre medias, kilómetros y kilómetros de desierto y polvo, de carpas ajadas en las que se mezclan alcohol, cartas de tarot y mujeres de “vida legre”. Uno termina pensando que la feria de Carnivale lleva eternamente deambulando de estado en estado, como si su historia no tuviera ni principio ni final, como si sus personajes estuvieran condenados a vagar como fantasmas.

Sin embargo, como todo relato, Carnivale tiene un comienzo fácil de identificar, un inicio que cambia todo lo anterior. Ben, un paleto de pueblo, se cruza un buen día con la extravagante caravana circense y, a partir de ese momento, da comienzo la verdadera historia de Carnivale. A caballo entre la realidad puritana de la época y la nueva sociedad del espectáculo que se abría paso en los suburbios de los estados, el eterno camino que recorre la caravana circense servirá de hilo conductor para una novela televisiva que, poco a poco, irá adquiriendo tintes épicos.

El joven y misterioso Ben ocupará un lado del tablero; al otro, el hermano Justin, un cura con ínfulas de profeta, siempre acompañado por su misteriosa hermana. De fondo, todo un plantel de personajes fronterizos, extraños, difíciles de encajar a primera vista. Antiguas estrellas del béisbol, periodistas en busca de un historia de carretera, mujeres barbudas y forzudos sin seso. Un casting digno de una película de David Lynch. Tanto es así que el propio Michael J. Anderson, actor fetiche del director, aparece encarnando al pequeño Samson, director de la feria. Tanto es así que algunos la califican como la más digna heredera de Twin Peaks.

Fiel como una canción del forajido Woody Guthrie, divertida como un cabaret de la época, en Carnivale se terminarán mezclando magia, esoterismo y criaturas de otro mundo a partes iguales. Todo ello, en un estupendo panorama de la época prebélica. Como si todos supieran que un gran cambio se iba a avecinar, los habitantes de la Norteamérica de Carnivale viven entre el miedo y la esperanza en un nuevo mundo, entre la pobreza de la tierra y la alegría de una luces que anuncian la llegada de la feria a su ciudad. Pocos saben lo que se oculta tras esas carpas.

Entre pueblos de mala muerte y carreteras abandonadas, se irá desarrollando una de las historias televisivas que más dignamente se ha acercado a lo que hoy llamamos literatura (con mayúsculas). Un relato de esos en los que la vieja diatriba entre el bien y el mal aflora como si de una batalla bíblica se tratara. Inicialmente pensada como una trilogía, su creador, Daniel Knauf, tuvo que conformarse con sólo dos temporadas ante el excesivo coste de la producción. La historia quedaría en suspenso… Sin embargo, el honor de haber compuesto una de los planteles de personajes más curioso y extraño de la pequeña pantalla seguirá siendo para Knauf.

Demasiado adelantada a su tiempo, Carnivale fue cancelada en 2005, convirtiéndose al instante en una serie de culto, solo apta para los grandes amantes de la ficción televisiva. Difícil de visionar, muchos críticos la acusaron de ser excesivamente pretenciosa, complicada de encajar para un público acostumbrado a series de entretenimiento y misterio. Por suerte, siempre nos quedará nuestra querida HBO, dispuesta a apostar hasta el límite de sus posibilidades por la televisión de calidad.

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