Libertad y lenguaje

Por Ignacio González Barbero.

Es el deber de todo miembro de una sociedad que se describe como democrática ser consciente del alcance de sus libertades. En este sentido, y dentro del terreno ideológico, hay que diferenciar entre la libertad de expresión, que tiene su resonancia en el ámbito público, y, por tanto, es legislable, y la libertad de pensamiento, que no puede ser corregida por las leyes, ya que es una manifestación privada e interior.

Pensar puede ser entendido como una reacción ante los datos de la experiencia. A partir de ellos componemos nuestras ideas sobre el mundo. Este contacto con lo real puede ser inmediato, es decir, con las cosas que están a nuestra mano, o mediato, a través del cual accedemos a la realidad allende nuestro círculo cercano de vivencias.

Esta última información es suministrada por los medios de comunicación, que, partiendo de nuestras libertades, han de velar por la claridad de sus datos. De ahí proviene una responsabilidad esencial: la de exponer objetivamente lo que observan.

Toda explicación de cualquier suceso es realizada mediante el lenguaje, que interviene decisivamente en su comprensión. El uso que de éste hacen los medios es fundamental para poder hablar de libertad de pensamiento, a saber: de la capacidad necesaria para meditar, con garantías de verdad, la realidad.

Si observamos ciertas noticias de importancia mundial, especialmente conflictos bélicos, la prensa, audiovisual o escrita, utiliza una terminología y mensaje comunes que traslucen ciertos intereses en generar una opinión determinada. Desaparece cualquier supuesta diferencia de idearios para establecer una interpretación única de los hechos. Éstos son presentados haciendo especial hincapié en determinados conceptos; “bien” y “mal”, y sus derivados “buenos” y “malos”, son los ejemplos paradigmáticos. El uso maniqueo que se hace de ellos, aderezado con la reiteración constante, garantiza su efectividad, porque los vuelve más digeribles.

Consiguen condicionar con suma facilidad cualquier reflexión que podemos llevar a cabo sobre el asunto, ya que este esquema proviene de tantas fuentes que acabamos aceptando, sin querer, lo que nos expone.  Es una imposición en toda regla.

Nuestra libertad de pensamiento,así, se ve disuelta en un mar de uniforme abundancia informativa que nos lleva a descubrir una conclusión evidente: las sociedades en las que vivimos, que legislan “favorablemente” sobre la libertad de expresión, condicionan nuestra capacidad crítica tan intensamente que ahogan, en su mayoría, los intentos de expresar un parecer realmente distinto del generalmente admitido y la voluntad de querer hacerlos. No podemos sustraernos fácilmente a esta anestesia de nuestras conciencias porque somos partícipes, involuntarios, del sistema que la fomenta.

Salir de esta dinámica parece algo utópico, ya que los mensajes emitidos por los medios responden, como he mencionado, a fines de poder muy concretos. Detrás de éstos hay grupos corporativos que se alimentan, literalmente, de nuestra incapacidad para poner en duda sus asertos.

Por ello, toda variación en el rumbo pasa por cada ciudadano, que ha de darse cuenta de la fundamental importancia de usar las libertades de pensamiento y expresión de manera realmente autónoma y libre. Siendo conscientes de ello, hemos de poner en práctica una nueva forma de decir la realidad, un nuevo periodismo, que se haga cargo de la responsabilidad que supone vivir con otros seres humanos.

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Una respuesta a Libertad y lenguaje

  1. Creo que sería mucho más productivo educar a la población y no querer hacer de ellos unos borregos consumistas sin ningún tipo de realización que no vaya más allá de la posesión material. Se descuida mucho a las personas, de ahí que cada vez seamos más inhumanos. Me da vergüenza que a nivel institucional se permitan estos intentos de engaño y de rebajarnos a la nada.

    Jennifer Zabala
    28 diciembre 2011 at 9:45 am

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