“La mujer faraón”, de Johari Gautier Carmona

LA MUJER FARAÓN

Ediciones Almuzara (2010). Extracto de Cuentos históricos del pueblo africano.

Autor: Johari Gautier Carmona

Aparece con caminar sensual y dominante, sube con languidez, voluptuosa y seductora, las escaleras del monumento que inaugura. Todo el pueblo la observa y ella respira con tranquilidad, mantiene su rostro erguido, segura de su belleza y de su poder, orgullosa de su estirpe y de sus logros. Todo en ella emana un poder extremo, magnético y deslumbrante: la serenidad de sus labios finos y de sus ojos de azabache, la hermosura de su tez oscura y brillante, el vaivén de sus caderas, la magia de sus pasos…Una melodía de aplausos y aclamaciones la siguen. Pero no se detiene ni sonríe, lo que aumenta su belleza. La acompaña su hombre de confianza, Senenmut, el arquitecto oficial del reino y asesor personal de la reina-faraón, ingenioso, discreto y fidedigno. Desde hace unos años, la corte y parte del pueblo sospechan que hay una relación entre ellos, un amor secreto. Ella no tiene marido y sin embargo es joven y hermosa, acaso la mujer más bella que haya existido. Su gracia es incuestionablemente divina, es Hatshepsut, “la primera de las nobles damas”, hija del faraón Tutmosis I y viuda de otro con quien consintió casarse por cuestiones políticas. Su difunto esposo, enclenque y débil, murió al poco tiempo de estar en el poder, dejando el trono vacante y, ella, determinada en afirmar su sangre real, no dudó en aprovechar el nuevo espacio que se le había concedido, posicionándose en lo más alto del imperio egipcio.

Ahora, y gracias al apoyo de súbditos y sacerdotes, es considerada por todos como la auténtica  hija del dios Amón, uno de los más grandes dioses de la mística egipcia; de ahí su belleza celestial, pura e inigualable, capaz de hipnotizar con cada paso, con cada bamboleo de su primorosa cintura. Ella lo es todo: el pasado, el presente y el futuro, el fuego y viento y, en lo alto de las escaleras del templo que inaugura en la orilla oeste de Tebas, Deir-el.Bahari, su potencia es infinitamente prodigiosa. El sublime de los sublimes, así es como se habría de llamar este templo funerario. Su construcción ha sido ejecutada por Senenmut, que con exactitud geométrica, ha llevado a cabo el proyecto, como si en él hubiera querido demostrar todo su amor y toda su admiración. En lo alto de las escaleras, el viento seco del desierto acaricia la piel de la reina-faraón, que alza los brazos en un movimiento vigoroso y perfecto para agradecer la presencia de un pueblo entregado y devoto.

“Eres la mujer la más poderosa de Egipto y del mundo entero”, le dice discretamente Senenmut mientras ambos encaran la plebe exaltada. “Senenmut, dime algo que no sepa”, responde ella con esa mirada imperturbable y ambiciosa que magnifica sus bellos rasgos africanos. “Todos te aman”, le dice Senenmut, “pero nadie como yo”. Ella se mantiene  inmóvil junto a él, saludando con un delicado gesto de su mano al pueblo fervoroso, y le contesta con un susurro afectuoso y taimado: “Yo también te amo”. Senenmut recibe las palabras de la mujer-faraón con regocijo, ella lo es todo y le duele tener que ocultar su amor infinito. Le gustaría ser libre para abrazarla, para quererla en la intimidad del hogar, de sus sábanas, y aparecer en la escritura sobre la piedra como marido y amante reconocido, pero sabe que su condición de inferior imposibilita un amor así. “¿Hasta cuándo seguiremos amándonos de esta manera? ¿Hasta cuándo seguiremos ocultando lo evidente?”, pregunta él con una voz trémula. La respuesta de Hatshepsut se hace esperar pero llega segura y contundente: “Hasta el final. Nuestro amor está condenado a la clandestinidad. Así lo quieren los Dioses”.

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