Sobre ruido y barullo: la nueva plaga

Por Carlos Javier González Serrano.
 

Schopenhauer dedica uno de los capítulos (30) de Parerga y Paralipómena II al ruido y, en general, a cualquier sonido desagradable e inesperado que escapa de toda posible anticipación. Sin pretensión de ahondar ahora en la metafísica de la música que pone en juego este autor, Schopenhauer mantiene que la naturaleza del oído es pasiva: por ello la música encerraría un efecto tan penetrante, inmediato e inefable sobre nuestro espíritu, llegando a experimentar incluso una elevación de nuestro ánimo. La superioridad del arte musical respecto a cualquiera de las otras bellas artes se funda en su naturaleza prístina: estas últimas sólo reproducen sombras, mientras que aquélla nos habla de esencias. Así, la música y su lenguaje aciertan a expresar y a su vez comunicar nuestro más íntimo ser de modo absolutamente adecuado. Se puede afirmar que el mundo es puesto en música, formando una segunda realidad paralela a la “primera” -aunque de una índole totalmente distinta. En definitiva, la música puede ser entendida como el arte del querer.

 

Sin embargo, y debido a aquella condición pasiva del oído, cuando nuestra capacidad de pensar está trabajando y sufre la irrupción de un sonido inesperado (sin que haga falta que éste sea desagradable), somos víctimas de un gran trastorno: nuestra cadena de pensamientos y reflexiones se ve interrumpida por un elemento extraño, que nos molesta. En este sentido, el ruido supone una perturbación del continuo flujo de nuestros pensamientos: nuestro pensar queda paralizado, petrificado. En cambio, nos explica, resulta llamativa la “estoica indiferencia” de las mentes corrientes frente al barullo: no existe ningún ruido que les moleste al leer, escribir o estudiar. En MVR II, Cap. 3 leemos: «Desde hace mucho tiempo profeso la opinión de que la cantidad de ruido que cada cual puede soportar sin incomodarse está en relación inversa a su inteligencia y puede considerarse como una medida aproximada de sus facultades».

 

¿Qué haría hoy Schopenhauer en el metro o autobús ante el bochornoso espectáculo del que muchos somos partícipes a diario? Gente joven, normalmente en grupo, al grito de “¡ponla otra vez, ponla otra vez!, ¡es la hostia, tío!”, escuchando (a veces también bailan, a pesar del reducido espacio) una canción cuyo único mérito es haber causado sensación a pesar de constituir una aberración, y cuyo mensaje alberga al menos una de las dos siguientes particularidades: a) la letra está en inglés y el joven en cuestión no se entera absolutamente de nada (ya pueden estar hablando de la imbecilidad de los adolescentes a la hora de elegir las canciones del momento, que a ellos les da igual), así que se conforma con tararearla o balbucear palabras ininteligibles que parecen imitar los sonidos del “artista”;  y por otro lado, b) el mensaje de la letra no tiene punto medio: o se ensalza la vida hasta hacer de ella un terreno voluptuoso en el que el sexo mantiene el cetro de rey, o bien toma la voz un triste joven que cuenta sus penurias y que, decidido a rehacer su vida, sale en busca de carnaza con el único móvil de dejar atrás su pasado.

 

Es ésta la banda sonora del Metro de Madrid y de la EMT en general; supongo que así ocurrirá también en otras ciudades. Es un gusto bajar en Ciudad Universitaria y escuchar al ya famoso violinista que se ha hecho un hueco en el hall de la estación: aunque quizás un hombre con una partitura delante ha quedado ya muy atrás. Ahora se lleva más hacer multimillonario a David Guetta o a cualquier fantasma que juega con mesas de mezclas regaladas por papá y mamá. Hay mucha gente que se ríe de esto, los insensibles al ruido, supongo. A mí me parece algo muy serio.

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