El día que el Soul venció al Rock


Por Javier Franco.
Resulta imposible contar la historia de la música popular sin hablar de la música negra. Gospel, blues, jazz o soul son sólo ejemplos de esta filiación. Incluso el rock, coronado como rey de la música del siglo XX, debe su origen a los artistas de color. Y ello a pesar de que los grandes nombres que han quedado para la historia son un tal Elvis Presley y un tal Buddy Holly. Curiosamente, ambos de raza blanca. Y curiosamente, al menos el primero de ellos, le debe gran parte de sus primeros éxitos a canciones compuestas por músicos negros.

Por suerte hay una cosa que los artistas blancos nunca pudieron copiar: el baile. Si a mediados de los cincuenta la sociedad norteamericana se escandalizaba por el atrevido movimiento de caderas del “rey del rock”, no sabemos lo que esos mismos habrían dicho al ver la enérgica interpretación del soulman James Brown en el TAMI Show, celebrado apenas una década después.

Situémonos. Corría el año 1964, los Beatles conquistaban América en el show de Ed Sullivan, el folk-protesta encumbraba a Dylan antes de su “traición eléctrica”, Marthin Luther King ganaba el Premio Nobel de la Paz por su lucha a favor de los derechos de la población negra y Muhammad Ali derrotaba a Sonny Liston en uno de los combates de boxeo más recordados de la historia. Curiosamente la historia de este último terminaría unida a la de James Brown, aunque de una manera un tanto anecdótica.

La música popular vivía una época dorada, con promotores y discográficas buscando la nueva estrella que llenara las ondas con sus éxitos y canciones. Entre todos ellos, Steve Binder y los chicos del Steve Allen Show, que idearon el Teenage Awards Music International (más conocido como TAMI Show) como una excusa para juntar lo mejor de toda una generación de nuevos artistas. Música hecha por y para adolescentes, música directa, para bailar y disfrutar, para romper las imposiciones de la clase conservadora y su música seria.

Abriendo el concierto, ni más ni menos que Chuck Berry, pura electricidad al servicio del rock&roll. Con su inconfundible riff de guitarra, el músico de St. Louis despachó cuatro canciones de apenas dos minutos, provocando los primeros gritos entre los jóvenes que ese día llenaban el Auditorio de Santa Mónica. De fondo, un conjunto de bailarinas daban ese toque sesentero a un show que todavía estaba arrancando.

Una vez que Berry se retiró del escenario, los talentos salidos de la fábrica Motown tomaron el mando. Uno a uno, fueron desfilando para placer de los amantes del soul conciso, en píldoras que no superaban el par de minutos. Éxitos como You’re Really Got A Hold On Me de Smokey Robinson and The Miracles, Pride and Joy de un joven Marvin Gaye o Run, Run, Run del trío femenino The Supremes, dejaron a la altura del betún al naciente rock de los sesenta.

Lo cierto es que en la época no era raro encontrar en una misma noche actuaciones de pop melódico, con guitarristas de blues y bandas de rock en busca de la fama. Músicos y estilos venidos de diferentes lugares y tradiciones, que se mezclaban en un auténtico escaparate musical. Siguiendo esta costumbre, el TAMI sumó a su cartel a nombres como la cantante Lesley Gore, asociada al pop adolescente, o unos jóvenes Beach Boys, que a esas alturas ya tenían en su haber canciones como Surfin’ USA o I Get Around, habituales en las listas de éxitos.

Sin embargo, ante la imposibilidad de contratar a los grandes artistas que se estaban haciendo un hueco en la historia de la música popular, los organizadores tuvieron que conformarse con grupos de segunda, en lo que a rock se refiere. El dúo vocal Jean and Dean o el sonido más garajero de The Barbarians eran poca cosa comparada con el despliegue de sensualidad del sello de Detroit. Indudablemente, la Motown tenía ese día todas las cartas ganadoras y lo sabía. Bueno, a decir verdad, todas menos una.

En un hábil intento de unos jovencitos Rolling Stones por emular a sus compatriotas en su conquista de América, lograron convencer a Steve Binder para que colocara su set al final del show, justo después del de James Brown. El propio Keith Richards terminaría admitiendo, a la postre, que ese sería el mayor error de sus carreras.

Viendo hoy la interpretación del soulman, resulta imposible no levantarse de la silla y ponerse brincar y saltar al ritmo de los endiablados pies del músico negro. A su lado, el casi-adolescente Mick Jagger parece un cantante pop moviendo sus estrechas canillas. Mientras tanto, Richards y Jones no podían ocultar su sonrisa ante un show que los había colocado como cabezas de cartel, pero que había terminado superándolos. Durante ese año los Rolling se habían tenido que enfrentar a sus dos primeras giras por el continente norteamericano, con un repertorio casi al completo tomado del blues negroide. Canciones ajenas con las que los Stones podían llegar a triunfar en las convencionales islas británicas, pero que vistas a la luz de la música estadounidense se antojaban demasiado inocentes. Por una vez en su vida, sus “satánicas majestades” tendrían que rendirse ante el poder hipnótico del soul y la música negra.

Ahora, cuarenta y siete años después (se dice pronto) ven la luz, por primera vez en formato vídeo, las grabaciones del TAMI Show. Ese en el que James Brown puso todo patas arriba en apenas veinte minutos, ese en el que una y otra vez parece el cantante caer al escenario hasta la extenuación, y una y otra vez se levanta para seguir seduciendo al micrófono. Sexualidad, sudor y la dosis necesaria de teatralidad se mezclan en una interpretación digna de Broadway, engrandando la leyenda de un artista, difícilmente comparable aún hoy día.

 

 

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