Vodka con cebollas o té con pastas

Por Graciela Rodríguez Alonso.

 

foto: russian vodka

Moscú 1913, “la querida y desaliñada madre Moscú”, con sus calles serpenteantes y sus peligrosos tugurios,  acoge bajo un mismo cielo fábricas, burdeles y cúpulas doradas y da cobijo a griegos y persas y a todo tipo de comerciantes y empresarios extranjeros; Moscú, regida por tiranos ávidos de controlar cada pensamiento, cada movimiento —se exige pasaporte “interno” para desplazarse por Rusia y los empresarios guardan los de sus trabajadores obligados a pedir permiso para viajar— y  donde toda poesía es sospechosa aunque las pequeñas imprentas clandestinas instaladas en buhardillas, en sótanos o en establos imprimen sin cesar manifiestos revolucionarios. Moscú, calle Lipka 22, hogar de los Reid, Frank y Nellie,  y sus tres hijos, Dolly, Ben y Anoushka.  Frank, hijo del fundador de la imprenta Reid, la Reidka, nacido en Moscú, formado en Europa y casado con Nellie a la que conoció en la pueblerina Norbury, descubre una noche al regresar a casa la marcha de Nellie. La acompañan sus tres hijos a los  que no tarda en abandonar en una estación de tren y desaparece sin que conozcamos sus motivos ni oigamos una palabra de su boca. Su ausencia se convierte en una fantasmal presencia de la que todo Moscú parece tener noticia. Frank, una vez recupera a los niños,  asume el abandono de Nellie casi como un percance cotidiano que ha de resolverse de forma práctica…o eso aparenta.

Claro que Frank, medio inglés medio ruso, se comporta de forma extraña para unos y para otros: acostumbra a reunirse con sus trabajadores y respeta sus tradiciones, no denuncia al estudiante Volodia que intenta robar en la Reidka, contrata a la jovencísima y misteriosa Lisa para que cuide a los niños y permite que viva en su casa, en contra de la remilgada opinión de la colonia inglesa, y su hombre de confianza, Selwyn, es un tolstoiano, considerado hombre santo por los rusos y loco místico por los ingleses,  convencido de que es inútil enfrentarse al mal contra el que sólo vale el buen ejemplo. Esta oposición entre las  costumbres rusas —inconcebibles para los ingleses—, las supersticiones, los  ritos de adoración de iconos, la Apertura de las casas en primavera y el Sellado en invierno, el consumo masivo de vodka, frente a las costumbres británicas que no aceptan comportamientos fuera de la “norma”, obliga a preguntarse  qué es en realidad lo que mueve a los personajes.

El misterio de Nelli está presente en cada página asociado al invierno cuya costra de hielo atenaza la ciudad como lo hace la represión política. Nelli y la primavera se convierten en ejes alrededor  de los cuales se teje la historia. Ambas ausentes, pero intensamente anheladas, obligan a los personajes a escudriñar en sí mismos y a su alrededor en busca de respuestas, de indicios que indiquen que, por fin, la ansiada Primavera llegará y permitirá abrir las ventanas selladas al inicio del invierno. “Abre las ventanas y échate a temblar” afirma  el dicho ruso. La casa de Lipka 22 había permanecido “sorda, vuelta hacia dentro, escuchándose sólo a sí misma durante todo el invierno”. Pero, cuidado, el viento de la primavera rusa puede traernos sorpresas de lo más inesperadas.

El inicio de la primavera, Penélope Fitzgerald, Impedimenta, Madrid, 2011

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