La industria cárnica en el punto de mira

Por Johari Gautier

 

Ser padre cambia definitivamente a un hombre. Las responsabilidades que le esperan son numerosas y una de ellas es asegurarse que el recién nacido se alimente de la mejor manera. Así es como el escritor Jonathan Safran Foer se ha lanzado en la aventura de su última obra: “Comer animales” (Seix Barral, 2011): cuestionando la procedencia de la carne a la venta en Estados Unidos y siguiendo su instinto de padre protector.

 

De esta manera el escritor ha conseguido introducirse en algunas de las fábricas cárnicas más grandes del país, contemplar el triste espectáculo del maltrato animal y sacar reflexiones interesantes sobre las decisiones que debe hacerse un consumidor en un supermercado. “Tenemos una red de distribución cárnica muy distinta a la de hace unas décadas”, explica Jonathan Safran para aludir a una evidencia palpable: es cada vez más difícil saber qué es lo que comemos, entender lo que significan los códigos o aditivos.

 

Su investigación de 3 años le ha llevado a todas partes y le ha permitido responder a las preguntas que un padre responsable puede hacerse ante las estanterías de un supermercado: ¿Podemos confiar en las etiquetas? ¿Debemos creer en las bellas imágenes y los eslóganes de los embalajes? El espejismo de los últimos tiempos. La complejidad de los procesos. El mundo hermético e higiénico de los supermercados ya no permite saber lo que se esconde del otro lado de la cadena alimenticia y, a ese respecto, Jonathan Safran es particularmente perplejo ya que considera que algunas de las peores atrocidades ocurren en las fábricas cárnicas. Algunas visiones de maltratos le marcaron especialmente y aparecen retratadas en esta obra pero siempre de forma sutil para que el lector sea el que decida de cómo reaccionar.

 

 

Jonathan Safran habla sobre todo de moralidad y de ecología, formula preguntas, aporta datos que nos obligan a enfrentarnos a lo que, muy a menudo, se olvida. El impacto de los residuos animales e incluso la enorme cantidad de excrementos y orina que produce la ganadería industrial es uno de esos elementos que destacan ya que son factores innegables de contaminación.

 

Pensar en las generaciones venideras y en la conservación del medio ambiente es el planteamiento paternalista y bienintencionado que sugiere el autor. Enfrentarse a la inmediatez y a la impulsividad de una época, sentir la necesidad de preocuparse por lo que ingerimos, porque, al final, somos los que comemos.

 

¿Qué pasaría si disminuyéramos el consumo de carne? ¿Qué ocurriría si decidiéramos reemplazarla de vez en cuando por otro substituto o, si simplemente, nos aseguráramos de su calidad? Son preguntas sencillas que el consumidor puede hacerse en el supermercado. Leves minutos de claro cuestionamiento. La clave de un cambio personal y global está en esos pequeños detalles, casi imperceptibles.

 

El autor no sólo se dedica a reconstruir un panorama desolador. A modo de narración equilibrada, también rescata elementos para la esperanza. En Estados Unidos también existen ganaderos independientes que se esfuerzan por tratar bien a los animales, que se preocupan por brindarles los mejores alimentos y un espacio ameno. Estos productores pueden representar una alternativa sólida ante los ganaderos industriales.

 

“Mucha gente dice que no tiene tiempo para cocinar, pero eso es una cuestión cultural”, sostiene el autor americano. “Antes, nadie tenía tiempo para consultar Facebook o hablar al móvil, y, sin embargo, ahora sí lo tiene”. El tiempo dedicado a la cocina y a la elección de la carne también lo son.

 

Así pues encontramos en las hojas de “Comer carne” todos los elementos para llamar la atención del lector. Una terapia de choque para una sociedad apresurada. Un momento de lectura para los (re)descubridores del tiempo y del buen comer.

 

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