FLM. Día 3. Domingo en la feria.

Por Recaredo Veredas.

Calor y multitudes. Cientos y cientos de jóvenes, ancianos, niños, señoras entusiastas y señores deprimidos caminan junto a las casetas, miran los escaparates, leen los primeros párrafos, escuchan incómodos las explicaciones del librero y pronuncian la frase inevitable: Voy a pensármelo. Como mucho, me dice una amiga librera, compran libros baratos, de diez o doce euros. Incluso más económicos, como Indignaos, que se ha convertido en un best seller planetario. No termino de entender tan inusitado fervor. Aunque no lo parezca, es un libro carísimo. Sale a 7 céntimos por página. Páginas, además, un tanto desnutridas. Resulta mucho más caro que, por ejemplo, la nueva versión que, de Doctor Zhivago, ha publicado Galaxia Gutenberg. Por 3 céntimos la página puede disfrutarse de un inmenso tratado sobre el amor, el odio y la revolución (revolución de verdad, con sangre y fuego, no como la de otros). Comento con mis amigos lo tardío del éxito de Stephane Hessel que beneficiará, sobre todo, a sus nietos. La verdad, me habría encantado tener un abuelo así. Tanto por su coraje cívico como por su herencia.

Veo a amigos, a conocidos y a gentes diversas de ese complejo ecosistema que es el mundillo literario. Sus inescrutables reglas combinan el darwinismo selvático con la más añeja diplomacia. Me acerco hasta dos de las casetas más modernas e independientes (término discutible como pocos): la de Contextos y la que une a Alpha Decay, Blackie y Errata Naturae. Sus ocasionales dependientes son simpáticos e intentan, como es su obligación, vender sus bonitas creaciones. Me alegra el cambio. Hace veinte años los escritores y los editores se creían gurús, nigromantes, iniciados tocados por el Altísimo y consideraban a los lectores seres indignos de su cercanía. Compro el Diccionario de Literatura para Snobs, publicado por Impedimenta. Sus ilustraciones, trazadas por Sara Morante, alegran el espíritu de cualquiera. El editor de tan elegante libro, Enrique Redel, me regala una camiseta verde-marrón. Desgraciadamente, me queda pequeñísima. Me servirá de estímulo para adelgazar.

También saludo a nuestro amigo –y columnista- Manuel Rico, que firma ejemplares de su estupenda La mujer muerta. Y al siempre encantador Luis Alberto de Cuenca, a quien compro El Reino Blanco, en cuya portada aparece un venado escondido tras la niebla. Mi última adquisición es Vida de Pablo, del joven Carlos Pardo, cuya lectura me servirá para  recobrar el siempre huidizo Zeitgeist. Junto a él firma Fernández Mallo, a quien conocí en la fiesta de El Mundo. Puede discutirse su literatura pero no su atrevimiento. Además es muy educado, lo que cada vez me importa más. La gente grosera no merece el éxito. Antes de partir me tomo una cerveza y unas patatas sentado en la hierba, rodeado de luz agonizante, perritos y ciclistas. Vayan a la feria y compren libros. Libros grandes, como Doctor Zhivago, que les ayuden a huir de la mediocridad y les trasladen hasta los horizontes infinitos de Rusia.

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