Mientras que el olvido lo permita

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Por Nabor Raposo.

 

Foto: Rafael Reig.

Escribe Rafa Reig (Cangas de Onís, 1963) que “la conciencia es como la ideología: cada uno tiene la que necesita para justificar su modo de vida”, y no le falta razón. Y a pesar de que ambas, además, exigen cierto grado de conocimiento empírico (la vida misma) sobre los aspectos esenciales de esa justificación (el bien y el mal, sin ir más lejos, o lo que nos parece que está bien y lo que está mal), lo cierto es que muy a menudo suelen ser abstracciones heredadas: forman parte de una educación, después de todo. Por este entramado serpentea la tesis de Todo está perdonado, alrededor de la lógica del resentimiento de unos pocos y la obsesión por la culpa (“ese nudo que nunca se desata”) de otros muchos: aquellas cicatrices que se abren porque jamás llegaron a curar del todo. Es la eterna dualidad entre los vencedores, que “ganaron la guerra para que sus hijos pudiesen ganar la paz”, y los vencidos; un binomio de mezquindades al que se suma la clase desconcertada de esos mismos hijos, los que se cambiaron de bando porque tenían la necesidad acuciante de luchar, aunque muchos de ellos ni tan siquiera tuvieran idea de contra qué o contra quién iban a hacerlo.

También escribe Reig que “un principio abre un agujero en el tiempo con el único y ciego deseo de ser sepultado en él para cerrarlo”. Un principio, el de la guerra, y un ciego deseo de cerrar la paz: esa oscura Transición, tan española, orquestada por los mismos que ganaron y con la complicidad de los que perdieron, con el único propósito de arreglar las cosas lo suficiente para seguir sacando tajada de un nuevo tiempo (otro agujero) que se abre, un futuro reconvertido en un presente en el que las incertidumbres no tienen cabida. Aquí es donde la novela se bifurca (o se solapa, mejor dicho) en dos realidades paralelas bajo un tapiz caleidoscópico; en un pasado tan real, la Historia misma de España, como apócrifo en varios frentes: el supuesto (la ficción, la trama misma), el (no siempre) fingido (un juego metaliterario en el que se dan cita políticos, filósofos y escritores, como Benet ‘el Pequeño’ o Alberto Olmos), y el fabuloso, el de un Madrid inundado por canales al más puro estilo Venecia, donde la basura se acumula en las orillas y la comunión se recibe en máquinas expendedoras. Un Madrid divido en dos por el Canal Castellana, el Madrid de la Rive Droite de los chalets acorazados del norte y el Madrid de la Rive Gauche invadida por las tiendas de chinos. Las dos Españas, de nuevo, conviviendo en una misma: la España del gol de Marcelino y la del gol de Torres, dos acontecimientos que finalizaron con la consecución de sendas Eurocopas y que marcaron el principio y el fin de una época que constituyó quizás “la única eternidad a nuestro alcance, la de la condenación y el remordimiento”.

Se sirve el autor de este cóctel de recursos expresivos para llevar al lector a su terreno, el de la novela policíaca, donde, partiendo de un asesinato, va enmarañando la resolución del enigma hasta transgredir su importancia, valiéndose de la transgresión del propio género o de la mixtura de muchos para lograrlo. Pero es que, además, la escritura de Reig también es prolija en el detalle psicológico (o sociológico, para ser más exactos) de sus personajes, y en ella tienen cabida desde gorilas de discoteca y prostitutas de dieciocho años que hablan latín, hasta abuelas que convierten el cáncer en una conquista sobre su propio cuerpo; pasando por narradores en primera persona con cierto doblez que reescriben la historia dejándole al lector con un palmo de narices, cuestionándose la validez de un punto de vista, cuanto menos, sospechoso en todo momento (“Sólo soy una voz entre las sombras, el coro de las voces de los otros”; “A mí que me registren. Yo sólo cuento lo que he visto, lo que me han contado o lo que me imagino por mi cuenta”; “la verdad debe de estar a mitad de camino”), pero que funciona como funciona la historia del asesinato, especialmente cuando el lector advierte que no importan los hechos, sino las consecuencias; las consecuencias de los múltiples acontecimientos que van encadenándose a lo largo de la novela y que relegan a un segundo plano el interés que pueda suscitar el hecho de que el asesino haya sido el mayordomo con el candelabro o la criada con el manojo de llaves.

Y es que los personajes de Reig tampoco pasan desapercibidos, como ya se ha dicho: se mueven entre el universo pynchoniano de las grandes corporaciones (Surface Inc., ¿Yoyodine?) y las creencias espurias (pneumatólogos, neognósticos, bucalistas e incluso Latin Kings), los bajos fondos de la investigación, las cloacas del estado, y los grandes hoteles donde ministros y empresarios traficantes de lo que sea firman sus acuerdos en compañía de mujeres con dignidad y oficio, los unos, o con guapas de cara descaradas pero con la carne aún tersa, los otros; para acabar todos ellos casi siempre resignados a “contemplar ese vacío donde debería sentir dolor, pero en el que sólo había vergüenza”.

Todo está perdonado describe, como parece sugerir su autor, que la pulsión noble del perdón casi siempre queda frustrada por la imposibilidad del olvido, de los rencores pasados que nos fortalecen y nos dan forma; individuos frágiles, a menudo asustados, cuyo único desahogo es tener la certeza de que “es tan breve el placer, tan fugaz el pecado, que sólo nos deja un consuelo: que por lo menos la culpa dure para siempre”.

El perdón es lo de menos.

Todo está perdonado (VI Premio Tusquets Editores de Novela). Rafael Reig. Tusquets Editores (367 páginas).

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