El barranco

Por Luis Muñoz Díez.


El barranco. Nivaria Tejera. Olivo azul, 2010.

 

“La Guerra Civil a través de los ojos de una niña”, asegura la fajita verde que envuelve este libro, editado de una manera primorosa. La niña que narra es la propia Nivaria Tejada, en un sorprendente ejercico de sublimación poética de un pasado reinventado por la autora, ya que dada su edad cuando se produjo “el movimiento”, como ella lo llama, sería casi imposible que recordara, con tanta precisión, los detalles, y dada su condición de niña que estuviera presente en juicios, cárceles y traslados. Lo anterior no es una crítica, muy al contrario, es reconocer la sabiduría de la autora de extraer, de unos hechos ciertos, pura y dura literatura.

 

Para entender a Nivaria Tejada hay que saber algo de su trayectoria vital: las dictaduras, por dos veces, han movido el suelo que pisaba, obligándola a huir, primero, a su fértil imaginación y, después, del sitio que habitaba.  Nacida en Cien fuegos (Cuba), en 1929, hija de madre cubana y padre español, el periodista  republicano Tejara, pasa su infancia y vive el golpe militar del 18 de julio en Tenerife, donde su padre es encarcelado. Cuando se ve libre en 1944 se trasladan a Cuba, donde viven la dictadura de Fulgencio Batista y el tránsito revolucionario de la isla. La escritora se significa con la revolución cubana, hasta 1965 que la política de Castro le hace romper con un régimen que ella criticará tildándolo de antirrevolucionario, instalándose en París, donde ahora vive.

 

Es interesante revisar a esta autora con calma, desde su voz de mujer rearma su recuerdo de niña en una escritura minuciosa, poética y armónica, como un mantra con el que invoca y narra su particular visión de su mundo cotidiano. En El barranco habla de la inseguridad y el miedo. Miedo ancestral a la barbarie y a la muerte, pero con su voz de cubana-canaria lo endulza y nos hace tomar distancia en una narración que se vuelve preciosa, porque habla de lo que ya no existe, de lo que no conocemos, de un tiempo en que las unidades familiares se formaban por varias generaciones que convivían bajo el mismo techo en casonas con un lugar para cada cosa: un sitio para las cabras, las gallinas, otro para las mariposas disecadas y mil rincones donde un niño podía esconderse y hacer crecer, así, su imaginación. Una sociedad donde la miseria producía vértigo, en la que el más pobre tenía alguien más pobre que lo sirviera. Su abuelo,  puntal de la narración, ejemplo de la sabiduría que no dan los libros, suena con una voz tan antigua como su propia profesión de albardero, en una época consumista y catódica en la que hay que acallar con ruido la voz que a veces nos advierte que el animal que somos no encuentra su camino en este medio tan ortopédico en el que nos movemos.

 

En mi opinión, a Nivaria Tejara hay que leerla, y no sólo por conocer su sólida y personal voz literaria, si no como ejemplo vital de saber reinventarse con la valentía de quien sabe que lo que está vivo varía de forma perenne e inesperada. Sin duda, esta octogenaria escritora sigue viva y estas palabras suyas demuestran, como dice la canción, que el pensamiento está siempre de paso: “Nunca me dejo llevar por la anécdota, sino por la atmósfera que esa anécdota puede provocar en mi rebeldía y que produce esa escritura que es la mía”.

 

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