“El disfraz”, de José María Pérez Álvarez

Como todo cambia irreversiblemente y a velocidades casi siniestras, José María Pérez Álvarez, autor, entre otras obras, de Las estaciones de la muerte (Premio Constitución de Novela), Cabo de Hornos, Nembrot o La soledad de las vocales (III Premio Bruguera de Novela), ha decidido optar, a la espera (ilusa) de mejores tiempos para las editoriales convencionales, por publicar en elcercano.com un folletín por entregas titulado El disfraz. La particularidad del método estriba en que de lunes a viernes, aparece un capítulo en dicha página web y las lectores se convierten, si lo desean, en coeditores de la misma; es decir, cuando la novela se presente el día 22 de junio, en la sede de El Cercano, en las páginas finales aparecerán los nombres de quienes han colaborado en el proyecto. Cada ejemplar se vende a diez euros y aquellos que entréis en la página antes citada (elcercano.com) veréis que en las pocas semanas que llevamos con este proyecto, se han conseguido numerosas adhesiones. El Cercano es un piso situado en el centro de Ourense donde se llevan a cabo numerosas actividades diarias de índole cultural: conferencias, lecturas, exposiciones, debates, presentaciones de libros y tertulias que se retransmiten a través de una emisora de radio. El ambicioso y original proyecto está dirigido por Moncho Conde Corbal y es un lugar sin horarios donde puede entrar todo aquel que lo desee y colaborar en lo que desee. Como posee una página web es en ella donde se está publicando ese folletín por entregas que, con respecto a otras obras del autor, tiene como características que la acción de la obra se lleva a cabo en Ourense (algo que, en realidad, ya aparecía en Las estaciones de la muerte) y es de carácter erótico (aunque el autor prefiere adherirse a la denominación pornográfica, que posee más enjundia, según dice) y humorístico, sin ningún tipo de ambición literaria (salvo, como debe ser, que esté bien escrita), que entretenga a los lectores en la página web y posteriormente no defraude a quienes la lean en el soporte convencional (y único) de papel. Como última advertencia, el autor señala que los cinco últimos capítulos de El disfraz no aparecerán en formato digital y que el que quiera peces que se moje el culo. Generoso, el autor, José María Pérez Álvarez, nos proporciona algunos capítulos de su novela.

 

SEGUNDA PARTE

OURENSE

 

15.-Acabo de presentar la correspondiente denuncia en comisaría. Alguno(s) de los numerosos desalmados que como sabandijas pululan por esta ciudad en los adversos tiempos que corren, amparados por las leyes erráticas y permisivas (¿no prefiere que escriba consentidoras?, me preguntó el policía que redactaba el escrito) que cada cierto tiempo promulgan nuestros acomodados políticos (¿a quién se refiere, en concreto?, preguntó el policía que, al leonés que tomó la Moncloa y a sus secuaces y secuazas, lo siento, eso no puedo reflejarlo en la denuncia, aunque básicamente esté de acuerdo con usted, pero comprenda que me estoy jugando el pan), al abrigo de las sombras de la noche y de la escasez de efectivos policiales que están transformando esta ciudad paradisíaca en una favela intransitable (viene caliente, ¿eh?, dijo el policía. Volcánico, vengo volcánico. Por cierto, ¿favela va con b o con v?), forzó la reja metálica que clausura Ultramarinos Randulfe, Tiendas, 83, bajo, inhabilitó, o inhabilitaron, el sistema de alarma, lo que denota su alto grado de especialización delictiva, y penetró o penetraron en el interior del establecimiento. Pero antes, sin encomendarse ni a Dios si al diablo (¿escribo eso tal cual?, escriba, escriba) se cargó o cargaron la puerta taraceada que presidía el establecimiento desde 1948, una delicada joya arquitectónica acerca de la cual, en el diario La Región, habían escrito sendos artículos Florentino López Cuevillas, Vicente Risco y Ramón Otero Pedrayo, en 1949, 1956 y 1970 respectivamente, cuyas fotocopias enmarcadas conservo en el interior del negocio como blasones de su honorable longevidad (¿longevidad va con g o con j?). Me duele más el destrozo del tesoro artístico que la mercancía depredada que paso a referir. Dinero en efectivo sustraído de la caja registradora, 85.63 euros. Material comestible: una caja de ribeiro Sanclodio (un vino excelente, dijo el policía), dos paquetes de cerveza Estrella Galicia, una caja de Marqués de Murrieta, una caja de Colegiata de Toro, cuatro tortas del Casar, cinco envases de jamón ibérico de bellota, Guijuelo, un bote de Cola‑Cao, tres cajas de surtidos Cuétara, un bote de Nescafé, dos botellas de Cardhu, dos botellas de Larios, seis chorizos de Manzaneda, una androlla de Viana do Bolo y un bote de comino. Al socaire de la inoperancia policial (¿quiere dejar de ensañarse con el cuerpo, señor Randulfe?), los ladrones hurtaron (quieto parao, ya decidiremos nosotros si hurto o robo, dijo el policía. Así que consignaré sustrajeron. En plural. Más de uno habría para cargar con todo lo expoliado, digo yo) todo lo que reseñé de forma impune, sin que mediara intervención de la autoridad competente, lo que demuestra la parálisis que sufre esta país desde que el innombrable (entienda que eso no voy a reflejarlo en el escrito. Esto es una denuncia no un mitin) accedió a la presidencia del país. Y estoy hablando de España (naturalmente. Si hablásemos de Francia sería mesié Sarkozy. Y Carla Bruni, dijo el policía mirando sonriente al cielo raso). Pero, insisto, lo que más me dolió fue el destrozo de la artística puerta cuyo valor ignoro. Era casi como el Pórtico de la Gloria. A través de ella accedían a Ultramarinos Randulfe, Tiendas, 83, bajo, los clientes, con el mismo fervor con el que los peregrinos entran en la catedral de Santiago para ganar el jubileo (no exagere, Randulfe. Cíñase a los hechos, no a especulaciones de índole teológica). ¿Qué carpintero o ebanista puede reparar esa joya? (Yo sé de uno, un pariente mío que tiene un taller por Mariñamansa, dijo el policía. ¿Quiere el teléfono?). Ya no hay artesanos como los de antes (insisto, yo…). ¿Dónde firmo? He puesto la denuncia. Quizá me esté volviendo majara pero ¿y si el expolio es un plan de venganza urdido por Lucía Carballeira que contrató a algún delincuente común para joderme vivo? Alguien lo dijo: con las mujeres nunca se sabe. Con las despechadas, menos aún.

 

16.-Ya es de noche cuando suena el timbre de la puerta del domicilio de Antonio Randulfe Sacristán, que está cómodamente tumbado en el sofá del salón mirando la tele de reojo y embutido en un chándal de color rojo excesivamente llamativo. El timbrazo le viene de puta madre a Randulfe ya que la mala conciencia lo estaba apuntillando. Desde que folló con Marta Baudel en el aeropuerto de Zaragoza, va ya para dos meses, Randulfe no ha estado con ninguna mujer y eso es para Antonio como la agrafía para Paulo Coelho: algo contra natura. Por eso la noche pasada optó por los servicios de una prostituta en los fondos oscuros de la Alameda. Sabiendo que en Ourense todo el mundo lo conoce por ser el propietario de los prestigiosos Ultramarinos Randulfe, Tiendas, 83, bajo, ha recurrido a un truco sencillo para pasar inadvertido. Adhirió a su persona los restos de los carnavales de 2005: un largo bigote, una montura plástica de gafas, un bombín y un elegante bastón que mantendrían a salvo su honor a la hora bruja de las doce de la noche. Al atravesar la Plaza Mayor se pregunta qué significará aquello de la hora bruja; por la avenida de Pontevedra no sabe cómo se aliviará: polvo o mamada. Recuerda el programa El hormiguero de Pablo Motos que vio unas horas antes y tiene una sección titulada Culo o codo. Muestran la fotografía de un pliegue corporal y el espectador debe adivinar si pertenece a un culo o a un codo. No resulta fácil. Randulfe piensa que casi todos los codos son iguales y casi todos los culos distintos. Pero no es un experto ni en lo uno ni en lo otro. Ese dilema lo asalta al borde la Alameda por la acera de la Plaza de Abastos. Kiki o felación. La lujuria es el más leve de los pecados capitales. La Santa Madre Iglesia debería considerarlo un vicio menor. Bajo la luz de una farola se la juega o cara o cruz. Con una moneda de diez céntimos. Decide el azar: mamada. Brujulea por los bajos de la Alameda, estudia al personal, ataca. La parece bien aquella (¿treinta, treinta y cinco años?) sentada en el capó de un coche. Se aproxima, levanta unos centímetros el bombín. Señorita. Hombre, don Antonio. ¿Nos conocemos? Es una chica guapa que quizá no llegue a los veinticinco. Voy casi a diario a comprar a los ultramarinos, aunque vestida con más decencia que ahora, claro. Cómo está el patio. Se cisca en el gobierno central pero consuma la transacción en un banco escondido en las sombras del río Barbaña. Diez euros la mamada. Tarda bastante en correrse porque el lugar se le antoja inhóspito y el amor requiere sus escenarios: una cama, el w.c. de un aeropuerto, la hierba de un prado, la trasera de un coche, una ducha, los lavabos de un avión, la trastienda de los ultramarinos, los pilares de un puente, un balcón veraniego, el trastero de un gimnasio, una terraza con vistas, una tienda de campaña, una playa, los servicios de un restaurante, el claustro de un convento abandonado, la quietud de un cementerio, el coche‑cama de un tren. Al acabar, le entrega a la artista quince euros porque se ha portado, sí señor. Una lengua sabia. Y como todas las lenguas sabias, poco habladora. El silencio es sabiduría. Sólo dijo:

-Mañana tengo que comprar bacalao. ¿Lo tiene bueno?

-El mejor de la ciudad, como siempre.

Como acostumbra a hacer después de culminar sus deliquios venéreos con hetairas, Randulfe Sacristán recita Agnus Dei, qui tollis pecatta mundi, miserere nobis y regresa más tranquilo a Colón, 173, 4º derecha, sin ascensor. Nosotros, al timbrazo interrumpido.

 

17.-Ya es de noche cuando suena el timbre del piso de Antonio Randulfe y el tilín‑tilán desatasca su conciencia tupida por el encuentro con una prostituta la madrugada anterior. Acude a abrir con el chándal de un rojo similar a la lengua del logotipo de los Rolling Stones. Randulfe siempre fue más de Beatles. Guillermo Gal Cosío prefería a los Rolling. Ramón Álvaro adoraba a Crosby, Still y Nash. Gloria Suárez sabía todas las canciones de Serrat. ¿Quién llamaría  a la hora de la cena? Antonio descorre todos los cerrojos del horror (puso una cadena a raíz del robo en los ultramarinos) y a través de la mirilla descubre a una mujer con un gorro de lana que, de espalda a la puerta, habla en voz baja con alguien que debe de estar subiendo. La voz de la chica, casi inidentificable, le suena sin embargo familiar. Abre. Es Marta Baudel. Marta. Como una aparición virginal en una gruta milagrera. Le estampa un beso en los labios. Muá. Antonio piensa algo así como ¡qué mala suerte haber dilapidado ayer quince euros en una prostituta! ¿Por qué no me avisó esta loca de que venía? Muy poco romántico, Randulfe Sacristán. Un lector apresurado juzgará: ¡qué afortunado es Randulfe! ¡Sexo y compañía cuando más solo estaba! No adelante acontecimientos el imprudente lector porque quien se materializa ahora en el rellano con tres bolsos de viaje como tres ataúdes, es un sudoroso pero sonriente Hakim Hahn. Marta entra, dice adelante Hak (Randulfe detecta en el corrompido Hak que la intimidad entre la catalana y el marroquí se ha consolidado) y añade

-Venimos a hacerte compañía por un tiempo. Barcelona está insufrible.

Antonio coloca mentalmente a cada visitante en un dormitorio. Antes de acostarse ya aclararán las discrepancias territoriales. Lleva tres cervezas al salón y una fuente con aceitunas rellenas de anchoa. Los tres se miran y sonríen hasta que Antonio dice bueno ¿y? El bueno‑y lo aclara Marta Baudel detalladamente. Desde su estancia en Pax Vobiscum, el tenebroso plan de la contranovela apenas ha avanzado. La escena inicial que me propusiste, Rábade Expósito masturbándose en la clase de Formación del Espíritu Nacional, me bloquea, Antonio, no estimula mi imaginación. Necesito otras cosas. Quien se degrada así inicialmente ya no puede caer más bajo a no ser que se abisme en la zoofilia.

-¿Sabes tú si Ramón Álvaro…?

-Mujer, yo nunca lo pillé in fraganti. ¿Y lo de regalar un chorizo a quien compre el libro?

-¿Tienes una idea, aproximada, al menos, de lo que es la literatura?

-Marta, yo sólo soy un tendero con una licenciatura en Económicas. El negocio es el negocio.

Marta Baudel ha decidido postergar la respuesta a la invitación que le hicieron varias editoriales para formar parte de sus plantillas y estudia la posibilidad de tomarse un año sabático para escribir; por eso ha venido a Ourense: para que Antonio le hable de Ramón Álvaro y para recorrer la geografía en la que Rábade haraganeó la mayor parte de una existencia que Marta considera superflua. La vida de Rábade constituye un error, dice. ¿Y qué tal Hakim en Barcelona? Malos tiempos, no consiguió trabajo. Ataviado con una chilaba repartía propaganda de un restaurante turco pero a la tercera vez que lo apalearon los mossos d’esquadra, se rindió. Como masajista nada. Ni siquiera le sirvió cuando fue agredido por una banda de neonazis. Hakim se lamenta. Que es duro, dice, patear las calles de una urbe cosmopolita ejerciendo labores de tercería entre los viandantes y ver cómo unos sayones atrabiliarios violan los preceptos de acogida suscritos con el reino de Marruecos razón por la cual se sintió por primera vez en su vida extranjero en quasevol país, ya que los sayagueses parecían ignorar las numerosas alusiones bíblicas a la extranjería, por ejemplo, en el Éxodo, 22. 21, 22.22 y 23.9. Hakim Hahn ha perfeccionado el castellano que salpimienta con alguna palabreja catalana, el noi.

-¿Y el Corán qué dice al respecto?

-¿Y eso qué es?, contrapregunta Hakim.

Una hora más tarde dan cuenta de una cena fría. Lo habitual: chorizo, queso, jamón y un rioja. Después, Antonio Randulfe distribuye a los viajeros. En su condición de anfitrión y de inquilino de más antigüedad ocupará el dormitorio conyugal que compartió con Lucía Carballeira; Marta Baudel usufructuará el de Ana Randulfe Carballeira, estratégicamente situado cerca del dormitorio de Randulfe; Hakim, no por extranjero sino por rival, se ve exiliado al fondo del pasillo, a la habitación de Adrián Randulfe Carballeira. En la cama, Randulfe Sacristán tarda en dormirse. La inesperada visita le alegra pero constituye un gasto que, supone, compartirán Marta Baudel y Hakim Hahn. Si permanecen en Colón, 173, 4º derecha, sin ascensor, digamos que una semana, serán sus invitados. A cuerpo de rey. Todo pago, que se dice. Pero si la estancia se prolonga habrá que renegociar la financiación del estatut. Es generoso pero no imbécil. A las dos sigue sin dormir. Piensa en Marta Baudel: más concretamente, en el cuerpo de Marta Baudel. Piensa muy, muy concretamente. Se levanta sin hacer ruido y golpea la puerta del dormitorio de Ana Randulfe Carballeira felizmente usurpado por Marta. Ana siempre fue un poco pija. Tac, tac‑tac.

-Lo siento, Antonio, se te adelantó Hakim, dice Marta, pero en realidad suena así: Lo ziento, Antonio, ze te adelantó Hak.

¿Usará Marta dentadura postiza o…? O. Mierda. Regresa a la cama. Recuerda entonces la frase de una carta que Gal Cosío le escribió desde Bruselas. O Lisboa. Llegamos siempre tarde a todas las citas, Antonio.

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