Hay un nuevo día para mí

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Por Graciela Rodríguez Alonso.

 

Foto: Fernando Aramburu

Los relatos de El vigilante del fiordo componen un escalofriante muestrario: desde el acoso implacable y  la persecución metódica que obligan a Josemari y Mayte a escapar de ciudad en ciudad, abandonando negocio y familia, a los atentados del 11-M con su reguero de muerte, pasando por la carta bomba cuya explosión lleva a la locura de Abelardo pues él quedó vivo mientras su madre volaba por los aires. Cuando la muerte llega fuera de hora, traída de la mano por el odio o la venganza o el fanatismo, la condena es sobrevivir a los muertos. Cada nuevo día es otra dosis de amargura que ha de tragarse con la conciencia de culpa —yo iba en el mismo tren y estoy vivo, a mí sólo me arrancaron las manos, a ellos la vida entera de cuajo—, con la  impotencia que provoca el terror agazapado en lo cotidiano hasta que decide actuar: descuartizar, aniquilar, aterrorizar. Si escribo tren, marzo, Atocha la pesadilla se repite y tenemos Carne rota. Y ¿cómo no enloquecer sabiendo que la bomba a ti dirigida explota entre las manos de tu madre? Abelardo intenta escapar de las correas que lo atan a la camilla del psiquiátrico y “se va” a Noruega, de vigilante de un fiordo. Vigilar sin pausa, descubrir posibles movimientos extraños, dar la voz de alarma antes de que los terroristas alcancen el otro lado, esa será su existencia. Soledad absoluta y sentimiento incurable de culpa.

Fernando Aramburu nos convierte en equilibristas sobre el hilo de alambre de la vida y va colocándonos, cuidadosamente, sin aspavientos, frente al sufrimiento ajeno: mira qué miedo tienen Josemari y Mayte que no se atreven a caminar sin mirar por encima del hombro;  mira en qué ha quedado convertido ese hombre que ya jamás volverá a ser el mismo tras la muerte del hijo y pasa las tardes disparando cartuchos en el patio trasero para descargar su rabia: hoy he matado a cinco, no está nada mal; mira cómo llora esa mujer en Alonso Martínez, mírala, ¿no ves cómo Claudio la observa cada día y se obsesiona con el llanto de la desconocida mientras su propia hermana Lucrecia llora y llora sin recibir consuelo?; mira al pobre Carlos, catorce años, apodado el Triste desde que se separaron sus padres, y mira a Fede, su padre, míralo bien porque no te vas a creer lo que es capaz de hacer el muy cerdo; mira al mártir de Arsuaga obligado por la directora del geriátrico a presenciar el bautismo de su madre nonagenaria, a ella que la persiguieron por roja tras fusilar a su marido, sí, observa al desgraciado Arsuaga aquejado, para más inri, de un insufrible picor en los genitales (mira atentamente cómo encuentra alivio empleando unos merengues cual ungüento); y mira lo que ocurre cuando te mueres, cómo se comportan tu mujer, tu madre, tus hijos, cuando dejas de ser marido, hijo, padre y te conviertes en cadáver. Atento, que yo ya lo sé porque el viernes pasado fallecí, joé, y aquí sigo en la caja esperando a que ocurra algo.

Por favor, que alguien me diga cómo es posible escribir estas historias, cómo es posible retorcerte el hígado y arrancarte una sonrisa, obligarte a mirar lo miserables que podemos llegar a ser y, aún así, seguir conservando la esperanza, incluso dentro de la caja.

El vigilante del fiordo, Fernando Aramburu, Tusquets, Barcelona, 2011

 

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