“En un lugar de la Mancha”, de Carla Guimarães

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Por Carla Guimarães*.

 

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, un programa de radio decidió llamar  a los vecinos de un pueblo que fue calificado como el más feo de toda España. El objetivo del programa era conseguir que los lugareños defendiesen su pueblo en directo, por la radio. Y así lo hicieron. Alabaron la fuente de la plaza, el edificio histórico donde está el ayuntamiento, la iglesia que era casi una catedral, los hallazgos arqueológicos encontrados bajo la casa de un vecino, el cochinillo que se come en el asador… Todos los del pueblo opinaban lo mismo, todos menos uno. La única voz discordante fue la de un señor muy tranquilo que respondió: pues a lo mejor tienen razón, pues tenemos una fuente, una plaza que da pena y nada más.

 

Una respuesta tan sincera, tan directa y tan poco chauvinista, dejó sin palabras incluso al experimentado colaborador del programa. Después de unos segundos de estupefacción traducidos en un breve silencio, el colaborador continuó: pues me deja usted desconcertado, todos los demás con quien he hablado piensan que el pueblo es precioso.  Pues no sé, dijo el hombre, la casa de cultura es fea, el hospital es feo, las casas están en ruinas… La verdad es que el pueblo es horrendo. El hombre explicó que su opinión no la daba de mala fe. Que era muy feliz en su ciudad, que ya estaba jubilado, que dedicaba sus días a su huerto, que le gustaba la vida tranquila pero que, si tenía que hacer un juicio estético imparcial sobre su pueblo, no podía mentir: es feo y no pasa nada por decirlo.

 

El hombre se equivocaba. Al día siguiente, el concejal de cultura del pueblo llamó al programa de radio. Quería saber el nombre del ciudadano que había dicho que su pueblo era feo. Sé que tenéis una política de privacidad, pero me gustaría saber quien es para intentar convencerle que está equivocado, nuestro pueblo es muy bonito. La verdad es que el concejal ya tenía sus sospechas de quien era el ciudadano en cuestión. Y parte de los vecinos también. Al parecer, la buena gente del pueblo más feo de España empezó a acosar al ciudadano que osó criticar a su propia ciudad hasta el punto de que algunos se sintieron en el derecho de insultarle directamente, de hacer pintadas delante de su casa e incluso de dejar animales muertos en su huerto.  La producción del programa no reveló al concejal la identidad del entrevistado, pero en un pueblo de tan pocos habitantes, era muy fácil descubrirlo.

 

Pasados unos días el hombre llamó a la radio. Buenas, soy el que dijo que mi pueblo era feo. Llamaba porque cambié de opinión…  El hombre explicó que ya no podía más y relató su calvario a la gente de la radio. No estaba dispuesto a cambiar de pueblo por culpa de un comentario sin mayor importancia. Si para que todo volviera a la normalidad hacía falta decir que el pueblo era bonito, pues nada, quería hacerlo lo más rápido posible.

 

El señor que opinó que su pueblo era feo, sin ninguna otra excusa sino la de decir lo que pensaba, se dio cuenta de que todo lo que decimos tiene repercusiones. Vivimos en el mundo de lo políticamente correcto, donde las personas se ofenden por el más leve comentario o crítica, donde cualquiera se convierte en víctima por culpa de una frase malinterpretada. El problema de las victimas es que muchas veces se sienten en el derecho de responder de forma exagerada, con la excusa de que están muy heridas.

 

En la dictadura de lo políticamente correcto no podemos cuestionar nada. Principalmente si es algo en que la mayoría está de acuerdo. Tampoco se pueden hacer chistes… Yo personalmente pienso que podemos reírnos de absolutamente todo, siempre, claro está, que el chiste sea bueno. Woody Allen y Eddie Murphy hacen bromas sobre judíos y negros, y nadie piensa que uno sea antisemita y el otro racista. El desafortunado chiste de Vigalondo, convertido en noticia por periodistas que fabrican titulares, es un claro ejemplo de lo desorbitadas que están las cosas. Como la polémica portada de El Jueves, secuestrada y multada por bromear con la familia real. ¿Hemos perdido el sentido de humor? ¿Por qué debe haber temas intocables? Por cierto, no solo la familia real es intocable, lo es también la nación. Las declaraciones del fallecido Pepe Rubianes sobre la unidad de España le llevaron ante un juez.  Y yo me pregunto: ¿por qué? ¿Por qué la nación debe ser algo sagrado? ¿Por qué debe haber temas sagrados? Hasta la ley antitabaco se ha vuelto un tema peliagudo. Cualquier comentario que discuta la ley se convierte automáticamente en un ataque directo a la salud del fumador pasivo.  El exagero es tamaño que en Barcelona amonestaron el musical “Hair” porque se fuma en escena ¿Por qué hay cosas de las cuales no se puede hablar, ni reír y ni cuestionar? El tabaco, la monarquía, los judíos, la nación e incluso el pueblo más feo de toda España.

 

¿No estaremos exagerando? ¿No hemos llevado eso de lo políticamente correcto demasiado lejos? Espero sinceramente no haber ofendido a nadie con mi texto. No me gustaría tener que publicar otro artículo mañana diciendo: buenas, soy la del artículo de ayer. Escribo hoy para deciros que cambié de opinión.

 

* Carla Guimarães es escritora.

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