Del Cándido de Voltaire a la entrañable “Cándida diplomática con mayúsculas” de Helena Cosano

 

Por Isabel Camblor.

 

Si este es el mejor de los mundos posibles ¿cómo serán los otros? Eso se preguntó un día Cándido, un antihéroe voltairiano de optimismo inquebrantable, un feliz testarudo que inevitablemente acabó como acaban muchos optimistas: no quebrándose pero sí transformándose en un escéptico cuya mayor aspiración terminó siendo cultivar su huerto.

 

Eso es lo que tiene enfrentarse a la realidad, que uno tropieza de sopetón con el desencanto. Aunque hay que denunciar que en el caso que nos ocupa, el del pobre Cándido, la vida -es decir, su creador, Voltaire- se cebó de forma especialmente cruel con él. Infortunios innumerables hizo pasar el brillante pensador francés al pobre Cándido, pruebas y más pruebas, de que la vida no es precisamente un crucero de placer por las islas griegas, igual que las que Yavhé impuso al santo Job. Probablemente ambos creadores trataban de mostrar a sus criaturas la cara oculta de la luna, sin embargo sus dos personajes, desventurados hasta decir basta, como eran también poseedores, por obra y gracia de sus inventores, de enormes dosis de paciencia,  aguantaban y aguantaban.

 

Algo parecido le sucede a Cándida -nuestro Cándido contemporáneo transformado en mujer-, con la cual, su creadora, Helena Cosano, también se muestra algo inclemente. O no exactamente inclemente, ¿tal vez absolutamente realista? Habría que estudiar desde distintos puntos de referencia cuál de ambos conceptos se ajusta más a la verdad: ¿realidad pura y dura o infortunio sobredimensionado?

 

Después de leer las aventuras y desventuras de Cándida diplomática he llegado a una conclusión a la que opino que es fácil que llegue cualquier lector: Cándida somos todos. Afortunadamente todos no somos el Cándido de Voltaire, pero en cambio, esta nueva versión, esta idea contemporánea del optimismo y el buen rollo obstinado es mucho más verosímil que la del viejo filósofo.

 

¿Por qué Cándida somos todos?

 

¿Cómo es y cómo vive una diplomática en la embajada de España en Japutistán? En un principio podría decirse que de una forma muy diferente a la mía o a la tuya. Las peripecias de la vida de los diplomáticos sin duda quedan perfectamente reproducidas a lo largo de la historia de Cándida, un perfecto equilibrio entre heroína y antiheroína entrañable y combativa. Pero lo realmente meritorio es que la autora consigue extrapolar esta interpretación al resto de trabajadores del mundo: Cándida se convierte así en un modelo universal de trabajador, es más, en un modelo universal del  potencial proceso vital de cualquier individuo, con todas y cada una de sus fases. Al comienzo del viaje: un embrión apasionado, anhelante y que a pesar de hallarse todavía flotando en su idílico líquido amniótico vive ávido de encuentros con una larga serie de imágenes que se han ido conjeturando y sublimando a lo largo de toda su gestación. Un segundo momento: sus primeros pasos, aún torpes pero animosos, donde el individuo se muestra celoso del buen hacer, entusiasmado todavía, convencido de que pronto se producirá el encuentro con ese futuro sublime que fue construyendo durante todo su pasado; una tercera fase, en la cual comienza el desencanto: el inevitable enfrentamiento a la realidad que empieza a tomar forma de desengaño. Por último, la última fase, que no siempre llega a producirse: la adaptación.

 

Cuando Cándida aterriza en Bielosmiert, capital de Japutistán, una ciudad hecha de barros, cenizas y gases tóxicos, es capaz de apreciar más allá del velo de polvo cómo en el cielo hay reunidas muchísimas más estrellas de las que ella alguna vez haya tenido ocasión de ver juntas: arriba, abajo, en el horizonte y en las aguas del parque.

 

Con mucha ternura y sentido del humor, Helena Cosano hace pasar a Cándida por todas esas etapas. Sin llegar a cebarse con su criatura, como sí hizo Voltaire, la autora somete a su protagonista a jornadas laborales despóticas, tensión continua, maltrato psicológico, un jefe que cultiva el peor de los chantajes (¿no os suena el quien no está conmigo está contra mí? Si preguntáramos quién se ha encontrado con algo así en su puesto de trabajo probablemente se levantarían casi todas las manos).

 

Pero ella, optimista y valiente, siguiendo la máxima aristotélica de que lo que se adquiere con trabajo y grandes molestias es lo que más se ama, se dedica a trabajar y a sufrir esas molestias sin lamentarse demasiado.

 

 

Mientras que, a estas alturas, el Cándido de Voltaire ya empezaba a escamarse:

-Pero, ¿para qué ha sido creado entonces este mundo? -pregunta Cándido cuando empieza a hartarse de tanta desdicha.

-Para hacernos rabiar –contesta su amigo, el filósofo Martín.

 

Pero ella, nuestra Cándida, resiste. La perrita Lulú en cambio no está de acuerdo con su dueña. Yo veo en la evolución de Lulú la forma de avanzar, de afrontar lo que va llegando de cualquier sujeto de a pie sometido a semejantes batallas, la de cualquiera que no disponga de la habilidad de Cándida para transformar la dureza en simple cotidianeidad.

 

La perra, en un mundo tan frío, tan hostil y sobre todo tan vacío de olores, es incapaz de adaptarse. El animal va perdiéndose, mucho más rápido que su dueña. Solo sueña con volver al calor de su alfombra en España y tal vez entonces esperar la muerte.

 

Pronto llega esa muerte, “la Muerte Blanca”, que asalta primero a la perra y después empieza a calar en Cándida, como la humedad helada que se instala en los huesos.

 

Y a partir de ahí comienza la soledad, la sensación de que los fantasmas de la estepa la buscan para hablarle. Cuando los habitantes de Bielosmiert hablan e incluso rezan a los huracanes: para Cándida ha empezado el momento del desencanto. Entonces escribe a su vieja tía, porque es necesario compartir el miedo y el sufrimiento para tratar de aliviarlo. En este momento se hace difícil no recordar la reacción de su predecesor, el Cándido voltairiano, el Cándido desencantado que trata de compartir su desasosiego pero no halla respuestas, el Cándido que tiene tan arraigado el precepto del optimismo leibniziano de que todo sucede para bien, que no consigue sacárselo de encima por más pruebas a las que se vea sometido, y aunque lo intente, ya se encarga su amigo el filósofo Pangloss de rebatirle:

 

¡Y bien, mi querido Pangloss! –llega casi a enfadarse en una ocasión Cándido, hartito de tanta desgracia- :¿de verdad pensáis que todo está perfectamente en el mundo aun cuando hayáis sido ahorcado, molido a golpes, y hayáis remado en galeras?

-Sigo sosteniendo mi primera idea –le contesta el inefable Pangloss-; porque al fin y al cabo yo soy un filósofo: no me conviene desdecirme. Pienso que Leibnitz no pudo equivocarse.


Ese es el razonamiento de Pangloss, y lógicamente Cándido va empezando a darse cuenta de que aquello no es normal, del mismo modo que le sucede a la Cándida de nuestra época.

 

Y ambos van a encontrar todavía otro punto en común: la viejecita que acude a asistirles.

 

Al igual que una anciana compasiva cuidó a Cándido después de que se enfrentara a ser golpeado y fuera testigo de la ejecución de sus amigos, devolviéndole a su amada Cunegunda, la anciana tía de Cándida acude presta a proteger a su niña. Ahora que Cándida está sumida en la sordidez absoluta, ahora que además de las estrellas del cielo es capaz de comprender que también el suelo está lleno de cadáveres de gorriones, ratas empaladas y fragmentos de gatos desmembrados por los niños, justo ahora aparece su tía, de más de cien años, y lo que hace es tan sorprendente como poner una velita a flotar en aceite de oliva y prender una barra de incienso para soñar profecías.

 

Poco tiene que ver el final de Cándido con el de Cándida. El primero resume su desencanto en una sola respuesta:

 

-Todo tiene relación en el mejor de los mundos posibles –sigue su amigo filósofo tratando de convencerle-, porque si no os hubiesen expulsado del castillo por amor a la señorita Cunegunda, si no hubieseis sido entregado a la Inquisición, si no hubieseis atravesado América andando, si no hubieseis dado una gran estocada al barón y si no hubieseis perdido todos vuestros carneros de aquella buena tierra de Eldorado, no estaríais comiendo ahora mermelada de cidra y pistachos.

-Muy bien dicho –contesta entonces Cándido-, pero lo importante ahora es cultivar nuestra huerta.

 

Es una respuesta casi perfecta: ¿qué otra cosa cabría decir?

 

De cómo resuelve Helena Cosano su historia no voy a hablaros, pero sí apuntaré cómo interpreto yo esta revisión contemporánea del Cándido de Voltaire: la autora, que se arriesga a escribir desde un futuro muy lejano, de manera que la historia de Cándida se transforma poco menos que en una leyenda, ha escrito una obra realista pero a la vez plagada de magia y de poesía. Es en esa magia donde comienza el lirismo que despliega Cosano a lo largo de toda la novela y que culmina con un final que ya es enteramente poético.

 

Cándida soy yo y es el que está ahora leyendo este texto. Japutistán es nuestro país o un país perdido en cualquier continente; aunque en esta novela se consolide en un lugar imaginario, mezcla de muchos países de la estepa siberiana, en un país de extremos, lleno de leyendas y de espíritus del frío y del calor, Japutistán realmente es cualquier lugar.

 

No es la primera vez que, para escapar de la inmediatez cegadora de la propia realidad, un autor traslada su historia a una realidad inventada o lejana, recordad si no las Cartas Persas de Montesquieu, por poner un ejemplo afín a la cultura voltairiana o las propias Cartas Marruecas de nuestro Cadalso, por poner un ejemplo más cercano.

 

Si tenéis la ocasión de leer esta novela, plagada de humor, ternura y a la vez drama, procurad recordar que no es cierto que todos los personajes del libro, así como el país de Japutistán, son imaginarios. ¿De verdad cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia?¿Seguro? Yo creo que no.

 

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