Pervivencia del Western

Por José Luis Muñoz.

 

Que el cine norteamericano, en los últimos diez años por lo menos, haya abandonado uno de sus géneros más genuinos, el western, resulta doloroso para los cinéfilos, y máxime cuando la industria de Hollywood, adocenada, acartonada, falta de imaginación, no se dedica a otra cosa que a facturar remakes de remakes o ese cine de palomitas lleno de explosiones, cámaras convulsas e historias inexistentes, dirigidas directamente a encefalogramas planos que calientan las butacas de las salas de exhibición.

 

Cómo un género, que ha tenido entre sus cultivadores a algunos de los más grandes maestros de la cinematografía universal – la maestría nadie se la discute a John Ford, un tipo incapaz de hacer una película mala y que tiene en su haber una buen puñado de obras maestras (Centauros del desierto (1956), El hombre que mató a Liberty Balance (1962), El sargento negro (1960), La diligencia (1939)…) – y westerns memorables salieron de las manos de John Huston (El tesoro de Sierra Madre (1948)), Fred Zinneman (Sólo ante el peligro (1952)) William Wyller (Horizontes de grandeza (1958)) Sam Peckinpah, Monte Hellman, Robert Mulligan, Howard Hawks, Henry Hathaway y una interminable lista de directores norteamericanos que se acercaron a la épica de los grandes espacios y los héroes solitarios tan mimetizados por ese paisaje de llanuras, cañones y sierras nevadas, resulta inexplicable porque el western sigue teniendo su público fiel.

 

Uno no se acaba de entender el porqué de esa dejación de la cinematografía norteamericana por su creación más genuina. Tuvo el género que pasar por el cedazo de Europa, concretamente por Almería, reconvertido en el spaguetti western que inventó Sergio Leone y dio la primera oportunidad al vaquero Clint Eastwood, al que siguieron infinidad de imitadores de nombre americanizado que, película a película, fueron socavando el prestigio inicial, si es que lo tuvo alguna vez, para regresar de nuevo a Estados Unidos en forma de cine mucho más sucio y realista, colmado de personajes turbios y violentos y en un escenario de Far West ya sin normas éticas. Fueron Sidney Pollack, con una de sus mejores películas que apuntaba hacia una vertiente ecológica del western (Las aventuras de Jeremias Johnson (1972) con un Robert Redford barbudo perdido en las montañas nevadas), el propio Eastwood, influido por Leone y, sobre todo, por Donald Siegel, en todos los westerns sombríos que fue facturando (Infierno de cobardes (1973), El jinete pálido (1985), Sin perdón (1992)) y Kevin Costner que, en su faceta como realizador, nos dio un par de gratísimas sorpresas con Bailando con lobos (1990) y Open range (2003), los que, entre otros, hicieron renacer el western norteamericano. Parecía que se recuperaba el género, tras su paso por Europa, en su país de origen. Pues no. El western, al parecer, ofrecía poco aliciente a los departamentos de efectos especiales aparte de clonar caballos y magnificar explosiones de polvorines, por lo que, definitivamente, no interesaba y fue olvidado una vez más.

 

Resulta por ello una sorpresa más que agradable que de nuevo el género más norteamericano viaje a Europa y que sea un director de filmografía escasa como Mateo Gil quien se atreva hacer una secuela de Dos hombres y un destino (1969), el western sofisticado y musical de George Roy Hill, a partir de la hipótesis de que los célebres bandidos Butch Cassidy y Sundance Kid se salvaron de la balacera que les deparó a ambos el ejército boliviano, y da en la diana al subtitularlo Sin destinoMateo Gil, que confecciona una película más que notable en todos los aspectos, también el visual, con una fotografía precisa, no mira hacia la perversión del spaguetti western sino hacia los clásicos, directamente a John Ford, y por ello en su película el paisaje abierto de Bolivia adquiere una relevancia especial, es el escenario perfecto para que se desarrolle esa historia crepuscular y de perdedores interpretada por el sobreviviente Butch Cassidy (un Sam Shepard magistral), al que Eduardo Noriega, interpretando al ingeniero español que roba una mina, le da una más que correcta réplica y Stephen Rea, el actor irlandés asiduo de los films de Neil Jordan o Ken Loach, completa el reparto como agente de la agencia Pinckerton que se pasa toda la vida persiguiendo al legendario bandido.

 

Mateo Gil en Blackthorn. Sin Destino (2011), el nuevo nombre bajo el que se esconde el viejo fugitivo retirado que aspira a una vida apacible hasta que aparece Noriega en su camino y la trunca,  conoce a la perfección las claves del western en su subgénero de cine de persecución al que también pertenecía su precedente de Roy Hill, construye personajes sólidos, leales a sus principios aunque sean enemigos (la relación entre Cassidy y el agente de la Pinckerton, por ejemplo), rueda con pericia los tiroteos al estilo Peckimpah, aprovecha el lujo de filmar en el espectacular salar de  Uyuni para regalarnos alguna de sus mejores secuencias (cuando Butch Cassidy/Blackthorn se vuelve en su montura para comprobar como su inmediato perseguidor se derrumba de su caballo antes que él), inserta oportunos flash-backs con un par de jóvenes actores con un parecido considerable con Robert Redford y Paul Newman, que van dando sentido a la historia posterior, y es absolutamente respetuoso con esa épica mística que caracteriza a los mejores westerns que se hayan filmado, incluyendo la canción que interpreta el propio Shepard con su banjo mientras trota por la cordillera de los Andes, en donde acaba perdiéndose sin destino.

 

Sólo falta esperar ahora que la película  sea vista con buenos ojos en la cuna del género (el film ha sido muy bien acogido en el festival neoyorquino de Tribeca)  y que Hollywood se decida de nuevo a apostar por un género que nunca debió haber olvidado. La última lección les viene de España y es de una ortodoxia ejemplar.

 

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