Las afinidades electivas

Por Coradino Vega.

 

Hace varias semanas mantuve una breve conversación con Milo J. Krmpotic, a quien no tengo el gusto de conocer (pero para eso, entre otras cosas, está el Facebook), sobre un post publicado por un conocido escritor de nuestra Era. Lo que yo veía como una dogmática manera de establecer cómo debía ser la literatura actual, él lo interpretaba como una elección estética, como una legítima forma de posicionarse que, inevitablemente, resultaba de algún modo excluyente. Vaya por adelantado que a mí las preceptivas me producen ronchas. Pero como suelo caer en el juego y me cuesta morderme la lengua y a veces hasta me pongo más petulante y preceptivo que quienes yo considero insoportablemente petulantes y preceptivos, cómo no, entré al trapo. En parte, Milo llevaba razón. Uno elige dónde quiere estar, qué quiere hacer, qué tipo de literatura le interesa (aborrezco esta expresión) y, por lo tanto, esa decantación deja fuera otras opciones que no tienen por qué ser menos válidas o viables. El problema estaba en que yo no aguanto el tonillo del conocido escritor de nuestra generación y en que, además, caigo con facilidad en el principal error que, en mi opinión, salpica la cultura de este país: convertir la discrepancia intelectual en un asunto moral, en una afrenta contra la honra de las personas. «O se piensa como nosotros o el otro es un endeble mental, un discapacitado», infiero con frecuencia de algunos razonamientos que se vierten en internet. Nunca nos planteamos que el contrario también tiene su dosis de inteligencia, vaya por Dios. Tenemos que imponer nuestra opinión como en un drama calderoniano. O basta con endilgar el gusto subjetivo y que los demás se las apañen con sus mediocridades (también aborrezco esta expresión que, por cierto, es una de las más suaves que utiliza a menudo el conocido y bipolar hikikomori de nuestra Era, tan ofendido él ―que jamás habla mal de nadie― porque le hayan insultado desde otro blog literario).

 

A mí me gustaría que me gustara todo, no tener que polemizar, que las críticas no me parecieran juicios morales o ataques personales, que la política regulara los mercados, que todo el mundo fuera feliz y nadie tuviera la necesidad de ladrar, qué sé yo, que las vacaciones no se acabaran con el verano. Pero como parece que nada de lo anterior es posible a corto plazo, pensé que lo que uno llama criterio, o gusto, se basa en elecciones que, nos plazca o no, resultan en cierto modo excluyentes, como bien trató de explicarme Milo J. Krmpotic. Sin embargo, yo he disfrutado con novelas o películas o músicas muy alejadas del que creía prejuiciosamente mi gusto e incluso muchas veces no puedo elegir entre una cosa u otra. Como los niños pequeños cuando les tiendes los dos puños cerrados con un solo regalo, a mí también me gustaría escoger en alguna ocasión los dos al mismo tiempo. Me sucede, por ejemplo, cuando me preguntan con quién me quedaría: si con Dostoievski o con Tolstoi. No puedo contestar. Lo máximo a lo que alcanzo a responder es: «Con los dos, a condición de que me pongan un poquito de Chéjov para completarlo». Idéntico dilema sería elegir entre Mozart y Bach: imposible. «Qué riqueza, qué completitud…», reconforto mis pulmones hinchándolos del aire infinito de la Cultura Universal de Todas las Eras. No obstante, en otras ocasiones, las decantaciones son fundamentales, y uno se inclina por un músico, un cineasta o un escritor que con frecuencia se nos ofrece como el punto dicotómico de otro cineasta, músico o escritor que parece ser así su enemigo acérrimo cerrando absurdamente la posibilidad de que el público se quede con los dos al mismo tiempo. La más famosa de las encrucijadas:

 

―¿Beatles o Rolling Stones?

 

―Los dos, pero si me apuras prefiero a David Bowie.

 

―¿Y qué tiene que ver Bowie con esto?

 

―¿Y qué tienen que ver los Beatles con los Stones?

 

Las asociaciones paritarias son o no caprichosas, pero sin duda también son inevitables. Cada uno pondrá un ejemplo distinto en los platillos de la balanza, con mayor o menor aviesa intención, pero también es cierto que hay un grupo de escritores, cineastas o músicos que nos gustan por encima de otros que también nos gustan mucho pero que no nos tocan como los primeros. La médula espinal de un lector o de un aficionado al arte está hecha de los primeros. A veces nos interesan incluso más como figuras públicas que como artistas, pero uno se va formando como persona introyectando la mirada de esos pensadores o creadores que, de manera inexplicable, parece que están hablándote sólo a ti, de ti, para ti, y entonces nos sentimos como si los conociéramos de toda la vida. No es cuestión de generalizar ni de pavoneo. Pero por si a alguien le interesa, aquí van mis dicotómicas elecciones afectivas: prefiero a Montaigne que a Pascal, a Spinoza que a Nietzsche, a Cervantes que a Quevedo, a Flaubert que a Balzac, a Galdós que a Dickens, a Machado que a Juan Ramón, a Cernuda que a Lorca, a Delibes que a Cela, a Gil de Biedma que a Valente, a Marsé que a Benet, a Muñoz Molina que a Javier Marías, a Cercas que a Bolaño, a Chirbes que a Vila-Matas, a González Sainz que a Félix de Azúa, a Proust que a Gide, a Faulkner que a McCullers, a Virginia Woolf que a James Joyce, a Kafka que a Walser, a Saul Bellow que a Nabokov, a Thomas Mann que a Musil, a I.B. Singer que a Hermann Broch, a Bertrand Russell que a cualquiera del Collège de France, a Philip Roth que a Pynchon, a Doctorow que a Don DeLillo, a Jonathan Franzen que a Foster Wallace, a Camus que a Sartre (bien sûr), a Moravia que a Céline, a Cheever que a Carver, a Coetzee que a Naipaul, a Vargas Llosa que a García Márquez, a Onetti que a Borges, a Rulfo que a Cortázar, a Alice Munro que a Jelinek, a Rossellini que a Antonioni, a Truffaut que a Godard, a John Ford que a Ingman Bergman, a Scorsese que a Coppola (El Padrino aparte, of course), a Clint Eastwood que a Lars Von Trier, a Antonio López que a su tocayo Tàpies, a Tony Judt que a su tocayo Negri, a Lobo-Antunes que a Saramago, a Todorov que a Foucault, a Lynn Margulis que a Jodorowsky, a Erich Fromm que a Sigmund Freud, a Ian McEwan que a Martin Amis, a Álvaro Siza que a Norman Foster, a Messi que a Cristiano Ronaldo… Así podríamos llevarnos lo que queda de verano.

 

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