Running to stand still

Por Guille Ortiz.

Me llamó a la salida del metro. Todo el mundo decía que yo estaba enamorado de ella pero en realidad solo estaba fascinado y de verdad que me parecía lo mejor para todos: ella estaría mucho más cómoda como objeto de fascinación y yo desde luego estaría más cómodo dándole un nombre no demasiado peligroso a un sentimiento que tenía tanta literatura dentro. Teníamos 28 y 21 años respectivamente, así que había un inevitable sentimiento de protección y ella lo sabía, porque si no lo supiera no me habría llamado.

 

 

Parecía borracha, quizá drogada. Eran las seis de la tarde y me pareció inquietante que ya a esas horas anduviera tan sobre-excitada. “Quiero delinquir”, decía, con su uso exquisito del vocabulario incluso en las situaciones límite. “Quiero hacer cosas que les obliguen a perseguirme”. Yo pretendía ser su protector, de acuerdo, pero eso no quiere decir que ella no fuera muy capaz de destrozarse su propia vida apenas cumplida la veintena.

 

Muchos de nuestros problemas son estéticos, pero, si uno lo piensa, un problema estético no es en rigor un problema, es decir, es algo de lo que se puede hablar y fabular y originar una narrativa… pero no es algo que uno necesite resolver, todo lo contrario: lo apasionante de la estética es que basta con observar, el inmenso placer del observador.

 

 

Su problema, sin embargo, era tremendamente real. Algo que ver con tráfico de cocaína. No puedo entrar en muchos más detalles pero se combinaban unas amistades peligrosas, una cabeza completamente perdida, un consumo en ocasiones excesivo de estupefacientes y la arrogancia de los 21 años. Era tan real que yo mismo entré en pánico sin poder dejar de repetir “no lo hagas, no lo hagas” aun sin saber si surgiría algún efecto.

 

 

Al colgar, continué andando, despistado, rumbo a un concierto de Christina Rosenvinge en La Casa Encendida: la había entrevistado días atrás en la Plaza de la Paja. Era justo ese momento en el que su matrimonio con Ray Loriga se derrumbaba pero ninguno lo sabíamos. Christina y Ray mantenían su habitual elegancia al respecto y de hecho él estaba ahí también en el auditorio, unas pocas filas detrás de mí. Les había conocido en 1991, cuando mi tío co-produjo el primer disco de Christina y Los Subterráneos, una tarde en Las Ventas esperando a que sonaran Los Rodríguez y Manolo Tena. Ninguno podía acordarse.

 

 

Sentí la necesidad de plantarme por fin delante de Ray, presentarme y decirle que llevaba once años bajo la influencia de “Héroes”, unos pocos menos bajo la de “Tokio ya no nos quiere”. Me resultaba tremendamente violento. Supongo que a la gente le gusta que le digan que hace las cosas bien, pero no sé si le gusta que se lo digan en cualquier momento, en cualquier situación, a quemarropa.

 

Me dio igual. Yo tenía que salvar el mundo al salir de esa sala, tenía que volver a hablar con ella y convencerle de que “delinquir” era uno de esos problemas estéticos que nos gusta ponernos delante como nos gusta ponerles un montón de obstáculos absurdos a los caballos a ver si saltan sin derribarlos o no. Lo que pasa es que ella no estaba preparada para la carrera, era desoladoramente evidente, y de alguna manera había que hacer algo al respecto sin saber bien el qué.

 

 

Pensé que si no conseguía acercarme a Ray y estrecharle la mano con mi rollo habitual de presentación “Soy el sobrino de Pancho Varona” difícilmente iba a salvar el mundo ni iba a salvarme a mí mismo –yo soy yo y mi circunstancia… y si no la salvo a ella, no me salvo a mí, recuerden-. Él reaccionó con su timidez habitual, como si tuviera que hacer algo a cambio, decir algo, mostrar una gratitud forzada. No le di tiempo: desaparecí, recorrí Lavapiés arriba y abajo, tracé planos para sostener diques y cuando la vi, pequeña, diminuta, naranja… su cara ya no mostraba entusiasmo sino un inicio de culpa o simplemente aburrimiento.

 

 

– ¿Ya no quieres delinquir? – le dije, medio en broma, para rebajar la tensión y ella puso una cara como de “no sé de qué me estás hablando”.

 

 

Fue una noche desconcertante. Otra noche desconcertante de la primavera de 2006. Comimos las mejores patatas bravas del mundo y nos despedimos como si esa conversación telefónica jamás hubiera ocurrido. Siempre pensé que un ángel de la guarda la protegía y le permitía colocarse de nuevo en el alambre cada vez que un pie vencía a uno u otro lado. Un ángel que no era yo.

 

 

De camino a casa no podía evitar la canción que mejor la definía: “So she woke up, woke up from where she was lying still… Said, I´ve got to do something about where we´re going”. Eran canciones de chicas valientes pero totalmente extraviadas. Chicas que corrían para permanecer en el mismo lugar. La ansiedad de esprintar en círculos. Si yo la salvé ese día de algo, ella jamás lo reconoció y yo no quise volver a sacar el tema.

 

 

Hace poco hablé con una de mis ex. Estuvimos un año y medio juntos pero a empujones. Es mi forma de llevar una relación y es lo que hace que luego no pueda pagar alquileres porque tengo que pagar psicólogos. Hablábamos de cosas que pasaron más o menos por esas mismas fechas, hace cuatro o cinco años. Cuando me pasa algo y la gente me pregunta: “¿Qué tal?”, siempre contesto lo mismo: “En cuatro años te lo digo”. Ese es mi tiempo de reacción. Usain Bolt tendría mucho que aprender de mí.

 

 

Hablábamos sobre si nos habíamos querido más o menos, sobre si ella sentía que la había querido más o menos y si nuestra relación tuvo algo de romántico en algún momento. Probablemente, no, pero “romántico” es volver a la estética. Nuestra relación fue real, de día a día, con sus flujos y reflujos, y, cuando lo dejamos, un mes y pico después de dejarlo, de hecho, ella me dijo: “Yo sé que tú me vas a cuidar siempre” y yo contesté “Para cuando deje de cuidarte, a ti te dará igual si yo te cuido o no”.

 

 

La realidad me dio la razón pero aun así me pareció bonito y esclarecedor. Respecto a nuestra relación y respecto a mi relación con el mundo: la gente se puede sentir más o menos lejana, más o menos pequeña, más o menos rechazada o amada o creerse objeto de una fascinación agobiante.

 

 

Pero está claro que se sienten cuidados. Y a mí me pareció que si eso era lo único que podía dar, estaba bien que lo diera de una manera tan evidente que nadie tuviera dudas al respecto.

 

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