[Festival de San Sebastián 2011] Crónica del martes 20 de septiembre

Por David Garrido Bazán.

 

 

KISEKI (2011): La vida y nada más

 

Tiene sin duda este festival una deuda con un cineasta tan magnífico como Hirokazu Kore-Eda. Nadie entendió muy bien hace tres años, cuando concursó aquí con Still Walking (Caminando) (2008) y la práctica totalidad de la crítica y gran parte del público estaba de acuerdo en que estábamos ante la mejor obra de la Sección Oficial, no ya que se le arrebatara la Concha de Oro a la Mejor Película que sin duda merecía, sino que el Jurado presidido por Jonathan Demme lo dejara incomprensiblemente fuera del Palmarés. Tampoco logró el premio gordo cuando trajo Hana yori mo naho (2006), aunque aquello era más comprensible. Sea como sea, lo cierto es que Kore-Eda debe encontrarse muy a gusto en Donosti, ya que regresa una y otra vez a que le den bofetadas, como si de un buen cristiano que pone la otra mejilla se tratara.

 

Esta vez ha venido con un milagro bajo el brazo, y no solo porque esa sea la traducción de Kiseki (2011), la luminosa película que nos ha regalado, sino porque cuando uno asiste a tal despliegue de talento en la pantalla, a la forma en la que, partiendo de un hecho de lo más mundano y prestando esa especial atención a los detalles que diferencian una buena película de una obra notable, construye con paciencia e inteligencia el denso tejido que se oculta tras la aparente sencillez de sus tramas, es cuando este heredero no declarado de Ozu – el pobre Kore-Eda está cansado de la manida definición que le persigue como una sombra allá donde va y reniega un poco de ella, pero los parecidos siguen siendo de lo más razonables – saca lo mejor de sí mismo y, si uno se mete a fondo en la propuesta, descubre que está ante un cineasta superlativo, personal e inconfundible.

 

Habla Kiseki (2011) de dos hermanos cuyos padres han decidido separarse por incompatibilidad de caracteres pura y dura. Él es un músico algo tarambana e irresponsable y ella una madre sin estudios lo suficientemente joven como para empezar de cero y rehacer su vida. El problema es que deciden residir en ciudades distintas y cada uno de los hijos se queda con un progenitor: el mayor, más serio y responsable, se va con su madre mientras que el pequeño, todo sonrisas, actitud positiva y buenrollista, se queda con su padre. Cada oveja con su pareja. El mayor echa de menos al pequeño y, lejos de adaptarse a la nueva situación, sueña con volver a juntar a la familia. El pequeño, consciente que eso no es posible, decide lanzarse de pleno a aprovechar las oportunidades que da tener un padre tan laxo con las normas y disfruta de su libertad. Pero también querría ver más a su hermano. Así, las cosas, deciden emprender un viaje para encontrarse en una ciudad intermedia, aprovechando que los japoneses, en lugar de pedirle deseos a las estrellas fugaces como hacemos por aquí, son más modernos y lo piden en los sitios donde se cruzan a toda velocidad dos trenes bala que van en direcciones opuestas, ya que la energía que genera ese instante puede cumplir esos deseos. No digan que es una tontería: lo de las estrellas fugaces es igual de idiota por mucho que parezca más bonito.

 

Kore-Eda ya demostró sobradamente que sabe dirigir a sus niños para sacar lo mejor de ellos en Dare mo shiranai (2004) en un registro dramático por cuyas rendijas se colaba de vez en cuando algún pequeño atisbo de comedia para que el espectador pudiera respirar un poco con aquella historia de niños abandonados por su madre a su suerte en un piso. En Kiseki (2011) el registro es exactamente el contrario: una película alegre, optimista, vital, en la que se refleja de manera admirable la vida cuando estás en esa edad en la que el futuro es como una fruta esperando a ser recogida y todo parece posible, por difícil que parezca. Los dos hermanos tienen su familia, sus amigos y un objetivo que cumplir. Y a ello se ponen con la determinación que ponen los niños cuando se les mete conseguir algo entre ceja y ceja. Kore-Eda lo único que hace es mostrar ese proceso de forma tan admirable que uno diría que estos apenas son conscientes que la cámara está ahí. Hay películas con niños en las que uno se admira de lo bien que actúan porque parecen de lo más naturales y otra en la que, directamente, ves a esos niños tal y como son, mismamente como si fuera un documental. Kiseki (2011) pertenece a esa segunda clase.

 

Entre medio, mucha sutileza, algunos gags esplendidos, una modélica construcción de los ambientes que rodean a ambos hermanos y algún que otro apunte dramático para que no se nos olvide que Kore-Eda está retratando la vida, aunque en esta ocasión prefiera fijar su mirada en su parte más positiva y ponga todo su esfuerzo en arrancarnos una sonrisa y alegrarnos el alma. Lo que consigue no una, sino muchas veces. ¿Tiene algún pero Kiseki (2011)? Pues si, como ese pastel insípido que al abuelo ya no le sale como antaño, hay una duración quizás excesiva y una acumulación de finales  – por más que el último de ellos sea sencillamente perfecto como remate – que la impide alcanzar su punto justo. Pero qué más da que el pastel no sea perfecto: lo importante es compartirlo y saborearlo. A ver si cae de una vez esa Concha de Oro.

 

 

LA VOZ DORMIDA (2011): Zambrano nos hace llorar

 

Es evidente que hay un camino muy fácil para atacar esta fiel adaptación de la novela homónima de Dulce Chacón. ¿De verdad hace falta, con todos los precedentes que tenemos a estas alturas, otra película con el telón de la Guerra Civil de fondo? Pues a aquí el que suscribe semejante argumento le parece una gilipollez: no creo que haya demasiadas películas sobre un determinado tema, y mucho menos del hecho más importante que marcó para siempre la historia de nuestro país. Sobre todo si tenemos en cuenta que gracias a la chapucera forma en la que se ha desarrollado la muy necesaria Ley de la Memoria Histórica, mucho me temo que va a seguir habiendo demasiadas fosas comunes sin descubrir, demasiados muertos sin aparecer y demasiados que se van a ir al otro barrio antes de poder darle un entierro decente a sus familiares desaparecidos.

 

Aquí lo que verdaderamente importa es si Benito Zambrano ha hecho o no una buena película. Y a mi así me lo parece por más que todo tenga ese aire teatral o de guardarropía del que a veces parece que les cuesta tanto deshacerse a las producciones españolas de época. Hay otro problema aun más grave: el año pasado, en este mismo  Zinemaldia, la magnífica, compleja y superlativa Pa Negre (2010) nos enseñó cual era el camino para hablar de la posguerra y sus consecuencias sin caer en maniqueísmos, explorando las zonas grises donde la mayor parte de la población se movía por puro instinto de supervivencia. La objetividad es a menudo un escudo que utilizan los que se saben culpables para escapar al ajuste de cuentas de la historia – y que nadie olvide que, como bien se dice en la película, esa guerra la inició un bando y nunca debió haber sucedido – pero no es menos cierto que si uno no carga demasiado las tintas sobre lo maléficos o lo simplemente feos físicamente que pueden ser los de un lado, tendríamos bastante terreno ganado en un material que ya de por sí resulta terriblemente sensible.

 

Desde ahí, lo cierto es que pese a que Zambrano cede a la tentación de reincidir en ciertos viejos errores, La voz dormida (2011) es una película emocionante a más no poder en la que, a poco que uno tenga una cierta conciencia histórica del enorme sufrimiento e injusticias de aquellos años o algún represaliado o muerto en su familia, la identificación con lo que se cuenta es inmediata e imposible huir de una implicación personal que, dependiendo del grado de cinismo o el callo que uno tenga, lleva de forma inevitable a las lágrimas.

 

Más de uno, incluyendo un servidor, dejó derramar sus lágrimas ante la durísima historia que Zambrano desarrolla en la pantalla, una denuncia necesaria por cuanto lo que a veces se oculta o disimula es que fueron las mujeres, que habían avanzado bastante en sus derechos durante la II República, quienes sufrieron con mayor fiereza la represión franquista decidida a destruir esa recién adquirida confianza y devolver las cosas a lo que los vencedores consideraban el estado natural. Ahí es donde Zambrano encuentra la palanca que anima su cine y por eso Inma Cuesta y sobre todo un descubrimiento, esa María León absolutamente descomunal en su personaje, liderando a todo el reparto femenino (¡como están todas y cada una de ellas!) convierten a sus compañeros varones en  personajes mucho más envarados y acartonados. Ellas son el corazón y el alma de la película. Y se dejan ambas cosas en ella, lo que Zambrano sabe aprovechar para hacer de La voz dormida (2011) una película a la que sin duda se le pueden poner muchas pegas por sus errores más evidentes, incluso por resultar torpemente maniquea por momentos – ojo, no perdamos de vista que la represión fue incluso peor de lo que se ve en pantalla… pero Zambrano habría hecho bien en no cargar las tintas ante la fuerza dramática de lo que cuenta, precisamente para evitar el exceso que haga inmune al espectador – pero que en conjunto forma una película estimable. Y digan lo que digan y pese a quien pese, necesaria. ¿Saben lo que pienso? Que Dulce Chacón se habría sentido reconocida en ella. Seguro.

 

 

EXTRATERRESTRE (2011): La invasión sentimental de Nacho Vigalondo

 

Los cronocrímenes (2007) fue en su momento un ente un poco extraño en nuestras carteleras. Una película de género, sobre viajes en el tiempo, con un guión tan sólido y enrevesado que por muchas vueltas que le diéramos no éramos capaces de encontrar en él un punto débil donde asomara la más mínima incoherencia. Y una momia rosa. Nacho Vigalondo cruzó el cine español como un cometa, despertando tantas encendidas pasiones como enconados odios por su personalidad chispeante y excesiva, que a unos encanta y a otros repele. Sentía mucha curiosidad por ver cómo se las apañaba en su segunda película, de la que sabía poco más que en su reparto aparecían varios colegas de La Hora Chanante (TV) o Muchachada Nui (TV), viejos cómplices de pasadas fechorías y que se suponía que iba a tratar el sobado tema de las invasiones extraterrestres desde una perspectiva, digamos, algo peculiar.

 

Lo cierto es que el arranque de Extraterrestre (2011) tiene un innegable punto de genialidad. Un tipo se despierta tras una noche de juerga en casa de una moza con la que no recuerda no ya su nombre, sino si se ha acostado o no con ella, tal es la borrachera que llevaba. Situación incómoda donde las haya por las que todos han pasado (obsérvese el uso de la tercera persona del plural y no la primera: no es gratuito) y con enormes posibilidades para el género al que verdaderamente pertenece la película, que no es otro que la comedia desatada y patética. Por los personajes que los protagonizan y las situaciones que viven, no por su calidad, no confundamos. ¿Y lo de extraterrestre? Pues a eso iba: en Madrid no hay un alma porque mientras nuestra pareja protagonista estaba a lo suyo ha aparecido en el cielo un platillo volante de considerables dimensiones y las autoridades han decidido evacuar la ciudad. Y allí se han quedado ellos, aislados en un piso. Pero no solos, porque hay un vecino plasta enamorado de la chica en cuestión y un cuarto personaje del que conviene no decir más para no adelantar demasiado. Baste decir que aquí la invasión no es sin o un telón de fondo para desarrollar una comedia romántica de altos vuelos en la que Vigalondo demuestra a las claras lo mucho que ha trabajado en estos años para ser un mejor cineasta en todos los ámbitos.

 

Vigalondo se trabaja su habitual guión de hierro, divertido, entretenido, genial a ratos, desequilibrado en otros y que cierra de forma admirable los múltiples elementos que va desplegando sobre la mesa de forma que llega un momento en el que no es en absoluto previsible lo que va a ocurrir, sino que la puesta en imágenes es mucho más elaborada y sobre todo, tiene un estupendo trabajo de casting. No solo tiene el acierto de quedarse esta vez detrás de la cámara, sino que acierta de pleno al entregar los papeles protagonistas a un Julián Villagrán esplendido y una Michelle Jenner que cumple a la perfección, rodeándoles de unos eficaces Carlos Areces y Raúl Cimas que hacen lo que mejor saben hacer: sacar las risas de los espectadores con dos papeles en los que el patetismo y la estupidez se conjugan de forma admirable. Como suele pasar con nosotros los humanos.

 

Lo más sorprendente de Extraterrestre (2011) no es sin embargo su original acercamiento al tema de las invasiones, ni tan siquiera lo bien cerrado del guión o el habitual sentido del humor freak tan propio del extravagante Vigalondo, casi todas ellas marcas de fábrica del cineasta. No, lo que de verdad sorprende es que Vigalondo se pone tierno y su película se transforma por momentos en una epopeya romántica que por momentos lo eclipsa todo. Como pasaba en Monstruoso (2008), aquella película de Matt Reeves en la que por mucho que hubiera un bicho del tamaño de varios edificios destrozando Nueva York, lo que hacía que el espectador se implicara era la sencillez con la que un tipo decidía correr todo tipo de riesgos para llegar a la mujer que amaba, aquí todo es secundario desde el momento que lo que pasa a primer plano es el destino sentimental de sus protagonistas.  Tiene Vigalondo habilidad para llevar por ese camino a su película casi sin que nos demos cuenta. Y mantiene su buen pulso, mezclando risas, tonterías y ternura hasta el magnífico plano que cierra la película, dejando un estupendo sabor de boca. Y seguramente descolocados a más de uno. Pero bueno, eso también es parte de su encanto.

 

 

 

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