[Festival de San Sebastián 2011] Crónicas del jueves 22 y del viernes 23 de septiembre

 

Por David Garrido Bazán.

 

Pues se acabó lo que se daba. Vistas todas las películas, que en las últimas horas se me han acumulado una sobre otra como los problemas de la delantera del Madrid de Mourinho, por los pasillos del Kursaal todo el mundo anda de los nervios con aquello de que nadie sabe nada a ciencia cierta, porque Rebordinos ha impuesto este año el secreto de sumario dado que la gala de clausura se retransmite en directo por La2 de TVE y los galardonados, como en los Oscar, lo sabrán allí en directo mientras nosotros miramos como se alegran, cuando lo divertido es ver los rostros de los que pierden. Aquí saben que han pillado premio, pero no cual, lo que no sé si es incluso más cruel porque que te hagan venir desde donde sea y uno se haga la ilusión de que va a recoger, que sé yo, un Premio Especial del Jurado o la mismísima Concha de Oro y luego se vaya a casa con el Mejor Guión o Mejor Fotografía bajo el brazo. Bueno, tanto no, pero casi. En fin, que mucho me temo que estas horas justo antes de la ceremonia por los pasillos, la sala de prensa y aledaños van a ser de lo más curiosas. Yo ya he montado aquí mi tiendita de campaña por si acaso y estoy deseando entregar este artículo para incorporarme a los corrillos de intrigantes… Más abajo, mi lista de buenos deseos, que a buen seguro no se cumplir.

 

 

LAS RAZONES DEL CORAZÓN (2011): Ripstein y Garciadiego a lo suyo.

 

Estaba ayer la Sección Oficial tan alicaída con los patinazos de la horrenda Americano (2011) y la tibieza de propuestas tan inanes como 11 Flowers (2011) y Happy End (2011)que esperábamos a Ripstein como agua de mayo para ver si se animaba esto. Y la verdad es que el maestro mexicano, que ya ha ganado dos veces en San Sebastian – le ha faltado tiempo para soltar ante la prensa que “no le importaría” ganar una tercera, que era la frase que decía un amigo mío cuando pasaba una atractiva moza a su lado sin dejar de mirar sus cartas cuando jugábamos en el bar de la universidad – no decepciona: sus razones del corazón, que son las sinrazones de su pasional e irreflexiva protagonista, tienen el inconfundible sello de un viejo maestro que sabe más que de sobra su oficio.

 

Arceli Ramirez, magnífica y racial actriz que da vida a la protagonista de esta historia de un hundimiento emocional ganado a pulso, se mete bajo la piel de esta esposa insatisfecha, infiel e incapaz de comunicarse con marido, hija y hasta con el fumigador del edificio donde vive y nos lleva durante un par de horas por un paseo al filo de la navaja que desde un primer momento tienes la sensación de saber cómo va a terminar, que no es precisamente bien. Su escarceo con el vecino y amante cubano que prefiere manosear su instrumento – me refiero al saxo – antes que a ella le lleva a la desesperación porque, como a menudo pasa en los filmes de Ripstein, aquí la pasión no conoce límites y el sueño de la razón produce monstruos. O los pone en el camino, como ese otro vecino que ve pasar la oportunidad que pasa delante de su puerta y la caza al vuelo tironeando de la falda de tan apetecible moza.

 

 

Todo esto lo sirve Ripstein con su receta habitual: suaves planos secuencia encadenados aquí y allá que arrullan al espectador y hacen lucirse a sus actores como si estuvieran sobre las tablas de un teatro – a ratos se dejan llevar tanto que declaman talmente igual – punzantes diálogos cortesía de Paz Alicia Garciadiego repletos de inteligencia, ironía, emoción, dolor y un puntito de humor (impagable el torbellino de aire fresco que supone la fugaz visita de la vecina cómplice, que levanta una película que se iba haciendo demasiado espesa) y una fotografía en blanco y negro porque dice el mexicano que eso del color en este tipo de relatos distrae más de la cuenta. Pues vale. No nos lo tragamos, pero como queda muy bonito, pues cuela. Las Razones del Corazón (2011) dista de ser una de las mejores pelis de Ripstein pero dista aun mucho más de las peores, con lo que deja un buen sabor de boca, aunque solo sea por ver lo bien que son capaces de entenderse al final el cornudo y abnegado marido y el jeta del amante, que casi protagonizan una especie remake encubierto de la famosa escena final de Casablanca. Y, hombre, vale la apuesta por el buen rollito, pero tampoco es eso. Que estos asuntos son jodidos

 

 

 

 

ADIKOS KOSMOS (2011): El primo griego de Kaurismaki.

 

Ver la primera escena de Adikos Kosmos (Un mundo injusto) (2011), con su beodo protagonista en plano fijo luchando inútilmente por mantenerse sentado en el borde del banco donde se apoya para acabar dando con sus huesos en el suelo y pensar en la prima de riesgo griega, los recientes titulares de la prensa y que el país se va a la mierda es todo uno. Ni a propósito le habría salido a Filippos Tsotis una mejor metáfora del funesto presente de ese país que lleva rumbo de obtener el dudoso mérito de convertirse en el primero en salir propulsado del euro. Cuando luego ves que el tipo en cuestión es policía, de esos que llevan la labor gris de tramitar los expedientes de los sospechosos que otros detienen, y que está tan harto de su trabajo que opta demasiado a menudo por pasarse por el forro las normas y dar más crédito de la cuenta a los que desfilan delante de su mesa con cargos chorras, archivando sus carpetas en lo alto del armario con un estudiado movimiento de brazo que seguramente sería disciplina olímpica en unas hipotéticas olimpiadas de funcionarios, la cosa promete.

 

Promete y cumple. Porque Tsitos demuestra ser un alumno aplicado de Kaurismaki. O dicho de otra forma, que al finlandés – que por cierto anda por aquí demostrando empíricamente con suma devoción que uno puede beberse varias botellas seguidas de vino en las terrazas del María Cristina mientras enlaza una tras otra un buen puñado de entrevistas coherentes y brillantes – le ha salido un imitador griego que ha interiorizado tan bien no solo la puesta en escena y el subversivo sentido del humor del autor de la deliciosa Le Havre (2011) (vista en Perlas de Zabaltegui) sino su forma de dirigir a los actores – hay uno en particular, el compañero de trabajo de protagonista que parece mismamente recién transplantado desde Helsinki – que pasa lo que tiene que pasar: muchos de los que nos encanta Kaurismaki entramos de cabeza en su propuesta y nos frotamos las manos ante tan suculenta perspectiva, mientras otros enarcan una ceja y lo desdeñan como un imitador sin gracia o aun peor, un diletante sin talento. Claro, si a estos últimos les sumas todos aquellos a los que Kaurismaki de entrada no les hace ni puñetera gracia, la conclusión es que mejor sería no llegar a las manos, dado que nos superan en número, amiguitos. No llega la sangre al río, pero la verdad es que a esta curiosa y bien trabajada película griega se le ha dado en mi opinión bastante menos cancha de la que merece.

 

Arma Tsitos con una estructura propia del cine negro, con su atraco, su dinero desaparecido, su muerto inconveniente y hasta una improbable mujer fatal que pasa de chica de la limpieza a extra de cine, una simpática propuesta cuya mejor virtud es, sin tomarse nunca demasiado en serio, hacer una reflexión más profunda de lo que parece sobre los males posiblemente comunes en Europa que aquejan a la sociedad griega. Sus criaturas, algo desvalidas a la búsqueda de un poco de cariño, comprensión o simplemente de liberarse de la pesada carga de la rutina diaria, se hacen querer por el espectador mientras Tsitos desarrolla ese argumento tan manido como en el fondo marciano que gira en torno a la humanidad de su protagonista, ese bonachón funcionario que se emborracha y cae constantemente incapaz de hacer frente a la fealdad e injusticia del mundo en el que vive, pero capaz de sacar fuerzas de donde no las tiene por mantener viva esa llamita que se ha encendido en su corazón y que no la apague la desilusión.

 

Humor, inteligencia, saber hacer en la puesta en escena y un inequívoco aire Kaurismaki – aunque quizás le falte algo más de calidez para enganchar al espectador – por no mencionar un guión muy bien cerradito, hacen de Adikos Kosmos (Un mundo injusto) (2011) una de las pocas sorpresas de esta Sección Oficial más bien tibia del Zinemaldia. A ver si el jurado sabe verlo o prefiere la comodidad de ir con la mayoría. Si la dejan de lado creo que solo yo se lo voy a reprochar. Pero lo haré uno por uno, aviso.

 

 

SANGUE DO MEU SANGUE (2011): Canijo le hinca el diente a un denso folletín.

 

Todo el mundo habla en Donosti de “la portuguesa”. “La portuguesa” no es otra cosa que la película que ha presentado a concurso Joao Canijo, un tipo que, aparte de ese nombre que da juego para hacer chistes idiotas en las crónicas, tiene un historial nada despreciable como ayudante de dirección de Alain Tanner, Wim Wenders y, ¡oh cielos!, el inevitable Manoel de Oliveira – aunque estoy convencido que a partir de este momento hay por ahí alguno de ustedes que sí lo desprecia – y si suena tanto es porque a) su primer pase de prensa en un horario inhabitual de las 16:30 nos cogió a unos cuantos con el paso tan cambiado que hemos tenido que hacer virguerías con las agendas para recuperarla b) su duración, de dos horas y veinte, es la más larga de las que optan a premio este año – lo que no la convierte en digna sucesora de los recordados Misterios de Lisboa (2010) del malogrado Raúl Ruiz pasado año que se iba a las cuatro horas y media de nada –y c) su arriesgada apuesta narrativa la ha convertido por méritos propios en la película a apoyar y defender contra viento y marea tanto por los modernos a la última como simplemente los que defienden que, con semejante material más propio de una telenovela o un folletín, Canijo se haya sacado de la manga una película tan sólida.

 

Porque el argumento se las trae: una madre soltera abnegada se las ve y se las desea en un deprimido barrio suburbial de Lisboa para sacar delante a sus dos retoños, uno un yonqui con poca cabeza al que el oficio de traficante no se le da precisamente muy allá y otra estudiante de enfermería que abrazando con las dos manos el estereotipo, se ha echado en los brazos de un médico profesor suyo y casado para más señas, algo que a la madre cuando se entera no le hace ni pastelera gracia. Por allí pululan también la hermana de la madre, o sea, la tía, una moza de armas tomar y escote generoso que liga con hombres en bares de karaoke y se lamenta de que solo se la quien beneficiar, cuando es evidente que para lo que pretende haría mucho mejor en ir a alguna velada literaria, el novio oficial de la hija que tiene un ramalazo violento y celoso de lo más preocupante y un traficante de drogas con bastantes malas pulgas. Ya ven, lo mejor de cada casa.

 

La gracia de la película está en la forma en la que narra Canijo: todos entran y salen de elaborados planos secuencia distintos en forma, fondo e intenciones a los de Ripstein mientras la cámara va desvelando secretos uno tras otro penetrando en la intimidad de los personajes como un cuchillo en una barra de mantequilla caliente, sin que la duplicidad de los diálogos – hay ratos en los que se superponen dos y hasta tres conversaciones que tienen lugar simultáneamente en la casa y los televisores nunca dejan de sonar de fondo como si de una banda sonora machacona de Philip Glass se tratara, algo que fastidia lo suyo incluso cuando recuerda los éxitos de La Roja en Sudáfrica. Canijo obliga a los espectadores a meterse hasta el fondo en las vidas de esas personas, nos invita a algo más que el acto de voyeurismo habitual que supone el cine. Nos convierte en cotillas de escalera, en vecinas de portería a la caza de la última que ha hecho la hija de fulanito o el hijo de menganita. Y el cotilla que llevamos dentro encantado de la vida de saber las cosas antes que los que deberían disponer de esa jugosa información. Aunque las vidas que espiamos sean en apariencia más bien feas y desagradables. Da igual: no son las nuestras y solo por eso nos gusta mirarlas desde la oscuridad de la sala y la comodidad de las butacas.

 

Sangre de mi Sangre (2011) lleva implícito en su título la promesa de una deriva pasional que efectivamente acaba por suceder. Tras una antológica escena de ruptura que se merece por derecho propio convertirse en una de las secuencias del festival – si es que uno no se ha quedado roque en el asiento a esas alturas, que tampoco sería de extrañar, dado que no es esta una propuesta para todo tipo de estómagos – Canijo nos embarca nos guste o no en una espiral desordenada, desorbitada y algo gratuita de sordidez manifiesta que cierra de forma contundente un relato que por la senda del melodrama teñido de denuncia social iba por mejor camino en mi modesta opinión. Yo no se la recomendaría a todo el mundo, pero sí me ha interesado. Aunque solo sea porque “la portuguesa” es de las poquísimas películas de verdadero riesgo que el equipo de programadores de Rebordinos ha traído a la Sección Oficial en su primer año.

 

 

APUESTA DEL POSIBLE PALMARÉS DEL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN 2011

 

Y como lo prometido es deuda, allá va mi personal apuesta por el palmarés de esta noche, lo que se premiaría si en lugar de un imprevisible ente de siete cabezas con funcionamiento supuestamente democrático se tratara de un órgano unipersonal que solo respondiera a mi dictatorial designio:

 

• Concha de Oro a la mejor película: Kiseki (Milagro) (2011) de Hirokazu Kore-Eda

• Premio Especial del jurado: Adikos Kosmos (Un mundo injusto) (2011) de Filippos Tsitos

• Concha de Plata al mejor director: Enrique Urbizu por No habrá paz para los malvados (2011)

• Concha de Plata al mejor actor: José Coronado por No habrá paz para los malvados (2011)

• Concha de Plata a la mejor actriz: María León por La voz dormida (2011)

• Mejor Guión: Take this waltz (2011)

• Mejor fotografía: The Deep Blue Sea (2011)

 

Las dos categorías principales son un poco intercambiables, aunque insisto en que San Sebastián hace tiempo que le debe una Concha de Oro a ese santo Job que es Kore-Eda. Un premio mayor a la película de Terence Davies tampoco me molestaría. En actrices tienen cabida muchas más que la gran favorita (Michelle Williams, Rachel Weisz, Arceli Ramirez…) mientras que en actores no parece haber tanto donde elegir aunque como todo el mundo da por seguro el premio a Coronado es la excusa perfecta para que el Jurado salga por peteneras y se lo otorgue a otro. Ojo a Sangue do meu sangue (Sangre de mi sangre) (2011) que suena a la tapada sorpresa. Y el otro ojo a la fotografía de Los pasos dobles (2011) de Isaki Lacuesta: su película puede haber sido la más vapuleada del Festival con permiso del horror de Kim Ki Duk (no por un servidor, ojo, que la defiende) pero su potencia visual es incuestionable.

 

Hala, mañana, la crónica de Palmarés. Que me suena a mí que nos vamos a divertir y cabrear a partes iguales. San Sebastián es así. Es otro de los encantos de este Festival único.

 

 

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