Un Gigante

Por Isabel Camblor.


Miro a Pablo mientras duerme y veo a un gigante. Lo noto agitándose en sus espacios oníricos, en sus tierras de dragones y, del mismo modo que cuando veo sus dibujos con soles y lunas cayendo en diagonal sobre manadas de tiranosaurios rex, me parece estar frente a un gigante. Pablo es un gigante irreductible ¿cómo si no podría ser capaz de manejar todo ese universo apocalíptico? ¿Y cómo podría conseguir con tan poco esfuerzo ser él el capitán de sus sorprendentes ejércitos?

 

A Belén también le encanta observarlo. Belén me cuenta que a la edad de Pablo ella tenía la costumbre de activar procesos de duelo sin necesidad de que nadie muriera, que le pasaba muchas veces aunque no se lo contaba a nadie. También le pasaba otra cosa que tampoco contó nunca a nadie: leía un libro y de pronto un personaje salía y hablaba con ella. Era capaz de consustanciarse con la historia narrada en las páginas hasta el punto de convertirse en uno más de los personajes, a veces incluso ella se volvía de pronto la protagonista absoluta.

 

Si leía el Quijote se enamoraba de un hidalgo del Toboso.

 

Se pasó la infancia enamorada y leyendo.

 

Belén necesitaba entrar en los libros para pasar del blanco y negro al color. Con diez años ya leía clásicos, lo cual preocupaba hondamente a su abuela, pero eso es porque, según Belén, aquella señora siempre andaba preocupándose por todo.

 

-¿Esta niña no debería leer libros más indicados para su edad?

 

Los libros para la edad de Belén no estaban tan mal pero trataban siempre de lo mismo: niñas conviviendo felices en internados que siempre tenían nombres difíciles de leer: Plymouth ¿cómo se pronuncia eso? Whiteleafe. ¿Para qué tratar de identificarse con la niña que intervenía en las historias que sucedían en Torres de Malory? El lazarillo pícaro pasaba más penurias que las alumnas del Torres de Malory, demasiadas tal vez, pero era mucho menos predecible en todos los sentidos. ¿Y qué me dices de la puta vieja Celestina pidiendo confesión cuando recibe la puñalada? Pues qué puedo decirte, Belén. No se me ocurre qué contestar a eso.

 

Antes de los doce años Belén escribió un libro. Dice que no recuerda mucho, se acuerda más de sus poemas que de los cuentos que escribió de pequeña. Pero sí recuerda el argumento de aquel primer texto concebido a los once años y medio: trataba de un alma en pena que venía a pedir perdón a la protagonista, y al parecer de ella dependía su descanso eterno. Dice Belén que la protagonista perdonó finalmente al alma en cuestión porque, debido a que ella misma siempre fue compasiva, sus personajes necesariamente debían serlo también. Yo no estoy de acuerdo con eso, por culpa de este tema ya hemos tenido ella y yo pequeños desencuentros. Yo digo que el autor no es el personaje de su libro, a veces puede que sí pero en otras muchas ocasiones es su opuesto y en otras tantas no tienen nada en común. Y ella erre que erre: el personaje, al menos el protagonista, sea héroe o antihéroe siempre es un alter ego del autor.

 

Belén, de pequeña, también pintaba: gatos aullando a lunas llenas.

 

El otro día Belén se despertó sudando. Había soñado que un dios burlón le decía: toma, chica, ahí está la Tierra Prometida ¿la quieres? Pues, venga, cógela. Entonces le mostraba lo que pudo haber sido, nunca fue y jamás será. Por alguna razón, al despertarse con el corazón acelerado, pensó en mi niño y me llamó por teléfono. Eran las siete de la mañana.

 

-¿Qué lee Pablo?

 

-No sé. “Súpermosca va al colegio”, por ejemplo.

 

-Intenta que siga leyendo a Supermosca durante muchos años -dijo. Estaba realmente preocupada por él. Me conmovió. Belén puede que haya salido a su abuela, se preocupa por todo.

 

Pero yo estoy tranquila, siempre que miro a Pablo soy capaz de advertir su fantástico poder. El sabe muy bien lo que tiene que hacer: si un herbívoro va a ser devorado por un carnívoro y a Pablo la escena no le convence, le pinta alas al que iba a ser inminentemente engullido y lo echa a volar. Tiene recursos.

 

Ya se lo he dicho a Belén: fíjate bien, porque yo siempre que lo miro soy capaz de ver claramente de qué está hecho Pablo. Al principio me sorprendía, pero ahora ya se me antoja un fenómeno de lo más normal; míralo atentamente y seguro que tú también lo ves: Pablo es un gigante.

 

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