La máquina que quería ser animal

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Por Alberto Peñalver Menéndez

 

La playa, ese campo de batalla en donde la arena y el mar combaten desde el principio de los tiempos. Se trata de una tierra de nadie, un lugar donde la vegetación apenas echa raíces y la fauna malvive de la carroña que los veraneantes arrojan. Más allá de la belleza idílica que les solemos adjudicar, las costas son en realidad cementerios en donde algas y medusas acuden a morir.

 

La playa de De Fuut en La Haya (Países Bajos) no es ninguna excepción: apenas algunos insectos y crustáceos subsisten en un ecosistema casi apocalíptico. Sin embargo, por sus orillas pulula un extraño animal: una especie de centollo acéfalo de metro y medio de altura apenas protegido por un exoesqueleto pálido y enclenque, a punto de colapsar. El monstruo vagabundea confuso por la playa hasta que de repente una ola impetuosa alcanza su cuerpo y lo arrastra hacia el mar. Sus diez patas luchan infructuosamente por remolcar su cuerpo de vuelta a la arena, pero su fuerza pusilámine no es rival para la marea. El animal poco a poco empieza a hundirse en las profundidades. Pero cuando todo parece perdido, un hombre entra corriendo en el mar y rescata al enorme crustáceo de una muerte segura. A continuación, vuelve a colocar al animal en la orilla y se aleja para vigilar los movimientos de la criatura desde la distancia. Su rostro muestra preocupación, pero a la vez orgullo y satisfacción: es el rostro de un padre contemplando a su hijo.

 

Con todos ustedes, las bestias de arena

 

Este hombre no es otro que Theo Jansen, un artista neerlandés de 63 años que lleva más de dos décadas ocupado en crear una extrañas criaturas mitad cangrejo, mitad máquina de Leonardo da Vinci. Y el centollo que a punto estuvo de claudicar al mar es una de sus obras, un ejemplar llamado Animaris Currens Vulgaris, perteneciente al género de lo que Jansen llama strandbeests o bestias de arena.

 

 Animaris Currens Vulgaris y el resto de monstruos mecánicos reproducen la variedad faunística de la madre naturaleza: gusanos centípodos, artrópodos con exoesqueletos articulados, escarabajos de caparazón duro, mariposas y moscas que parecen a punto de echar a volar, acéfalos y cefalópodos, etc. Todos y cada uno de ellos luchan por adaptarse al medio. Vulgaris fue la primera criatura artificial creada por Jansen, y quizás por ello la más indefensa ante los peligros de la playa. Sin embargo, sus hermanos más pequeños han conseguido adaptarse mejor al medio y presentan mayores oportunidades de supervivencia.

 

Theo Jansen entiende el arte como un proceso biológico: sus vástagos no son meros objetos comerciables o estéticos, sino sus propios hijos. Por ello, la responsabilidad del creador no es únicamente concebir vida, sino conseguir su eventual independencia y asegurarse que sus retoños sobrevivirán el día en que su padre ya no se encuentre con ellos. Por ello, los strandbeests han sido diseñados para interactuar con el medio ambiente.

 

Los strandbeests como paradigma de la selección natural

 

Las bestias de arena están construidas con tubos de plástico que se conectan entre ellos como si de un juego de construcción infantil se tratase. Jansen compara el material que estructura sus criaturas con la maleabilidad y fortaleza de uno de los ingredientes básicos de la vida: las proteínas. “Son flexibles, pero suficientemente rígidos si se usan en estructuras triangulares. Se puede hacer circular pistones a través de los tubos o almacenar aire dentro de ellos.”

 

Los animales de Jansen aprovechan la energía eólica para accionar los motores que rigen sus extremidades. Un molino de viento acoplado al animal acciona mediante un cigüeñal sus patas, una combinacion de varillas cuyos movimientos han sido calculados por ordenador. No obstante, la biomecánica de los strandbeests está lejos de ser exacta: la computadora genera combinaciones aleatorias de las diferentes posibilidades de movimiento, y mediante un proceso de seleción natural escoge aquellas que mejor se adaptan al medio. “Este proceso duró varias generaciones durante las cuales el ordenador estuvo trabajando día y noche durante semanas, meses incluso. El resultado final fue la pata de Animaris Currens Vulgaris.”

 

Por suerte, los hermanos mayores de Vulgaris presentan notables mejoras de mecanización. Animaris Gubernare Adoloscens, un enorme criatura más parecida a un dinosaurio que a un artrópodo, disfruta de un sistema locomotor que le permite caminar por la arenas pantanosas, además de dos enormes “estómagos de aire”. Estos estómagos se encargan de almacenar aire en botellas de plástico reciclado y bombearlo a alta presión mediante un mecanismo de pistones para suplir de energía eólica a Adoloscens cuando el viento no acompañe y sea vital que la bestia se mueva, justo el fallo que hizo sucumbir a Vulgaris.

 

Un arte que camina hacia el mañana

 

Para Jansen, es vital que sus criaturas puedan desplazarse libremente. La vida es movimiento e interacción, y cuantas más acciones sean capaces de realizar sus criaturas, más posibilidades tendrán de sobrevivir. El holandés es consciente de que su tiempo en este mundo es limitado y que algún día no podrá velar por sus criaturas. Jansen, al igual que otros muchos artistas, quiere perpetuar su vida a través de su obra. Y quién sabe, puede que dentro de 50 años podamos visitar un zoológico de artrópodos mecánicos en las playas de La Haya. Habrá que esperar para verlo.

 

 

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