Sobre la felicidad a ultranza

Por Rodrigo Soto.

 

Sobre la felicidad a ultranza. Ugo Cornia. Editorial Periférica.


Sutiles, casi imperceptibles  como los hilos que se tienden entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, son los que amarran y dan unidad al libro -llamémosle novela- de Ugo Cornia (Módena, 1965) titulado Sobre la felicidad a ultranza. El tema de la obra es precisamente ese: la relación entre los vivos y los muertos, tema tan interesante como poco frecuentado.

 

En un registro testimonial pretendida o auténticamente autobiográfico, el autor nos refiere las sucesivas pérdidas de seres amados que ha sufrido, así como la progresiva asunción de una conciencia liberadora de la comunidad de los muertos y los vivos. Más que ante una novela sobre la muerte, estamos ante una obra sobre la pérdida y su superación: sobre la vida.

 

Nada de lo relatado es extraordinario: la narración nos introduce con naturalidad en el mundo de una familia urbana de clase media en la Italia contemporánea: el padre, la madre, los hermanos, los tíos, los abuelos… Yendo y viniendo por las diversas etapas de su vida, el narrador va levantando un entramado en el que, a cada pérdida de un ser querido, sobreviene la consolidación de esa certeza -a la vez sutil e indestructible- de la persistencia de los muertos en los vivos. Los muertos viven en nosotros no únicamente por el ADN sino también por nuestros recuerdos.  Más aún: a veces nosotros les prestamos nuestro cuerpo para que vuelvan a vivir. A veces nosotros somos ellos. Y esta certeza, antes que aterradora, es jubilosa y reconfortante. Estamos, decididamente, en las antípodas de la imaginería en la cual los muertos regresan con su carne putrefacta para cobrar venganza por las injurias recibidas que quedaron sin saldar. Acá se trata reconocer y afirmar esa unidad misteriosa pero fundamental que nos nutre y fortifica.

 

Si este libro fuese una escultura, sería entonces la escultura totémica de un clan polinesio, con el rostro de los ancestros tallado en madera y el propio rostro rindiéndoles homenaje. Esta escultura totémica no solo nos arranca de la soledad y el vacío, sino que induciendo el sentimiento de continuidad de la muerte y la vida, termina constituyéndose en asidero, talismán y fortaleza.

 

Pero el libro no es una escultura y no tiene un carácter totémico ni reverencial sino más bien cálido, reflexivo e íntimo, sin rebuscamientos ni afectaciones de ningún tipo. De ahí  que sea lea con agrado, gratitud e interés.

 

 

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