No te signifiques (35)

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Por Jorge Díaz.

 

Creo que le caigo mal a mucha gente. Supongo que justificadamente.

 

–          ¿Qué opinas de la autoedición?

 

–          ¿De novelas?

 

–          Sí.

 

–          Que debería estar restringida, casi prohibida.

 

–          ¿Cómo?

 

–          Bueno, no siempre. Casi siempre. En el caso de un señor mayor que quisiera contarle la historia de la familia a sus nietas y fuera consciente de que nadie más está interesado, la permitiría, aunque la escribiera en forma de novela.

 

–          Podría darles fotocopias.

 

–          La autoedición son fotocopias industrializadas.

 

Bueno, aquí exagero un poco. No se debe prohibir publicarlas, sólo distribuirlas comercialmente. Y no, no es temor a la competencia. Lo mismo pienso del e-book, de alguna forma habrá que distinguir el grano (poco) de la paja (mucha). ¿De qué nos va a servir que haya páginas con millones de novelas si no sabemos cuál merece la pena?

 

–          Todo autor escribe con la convicción de que su novela merece la pena.

 

–          La vida es corta y los escritores malos muchos…

 

Sí, lo siento. Sé que decir esto no me hace popular. Que es mejor decir que todo el mundo tiene derecho a todo. Pero defendiendo eso ya vemos cómo nos ha ido.

 

No me opongo a la autoedición en sí, si quieres publicar tus poemas, estupendo. Si una madre quiere escribir los cuentos que les contaba por la noche a sus hijos para que ellos los cuenten a su vez a sus nietos, lo mismo. El primer libro dedicado de mi vida me lo regaló el carnicero del barrio, se había editado él mismo sus poemas para regalárselos a los clientes. Perfecto, aún lo guardo. Además no hablaba de chuletas o solomillos, hablaba de las cosas que hablan los poetas, que no sé bien cuáles son. Pero novelas no, o sí, para regalárselas a los amigos, sin intentar venderlas como si hubieran seguido el cauce habitual. Hay millones de novelas buenas, tantas que no nos va a dar tiempo a leerlas en lo que nos queda de vida, seleccionemos.

 

–          ¿Te parece que Internet puede suponer un gran avance en la publicación de obras que de otra forma no se publicarían?

 

–          Sí. Nadie dijo que Internet fuera bueno.

 

–          ¿Cómo?

 

–          Bueno, no siempre es malo. Casi siempre. Cuando sirve para comprar entradas para el cine desde casa está bien.

 

Lo peor es que lo digo cada vez que me preguntan, cada vez que me proponen que lea algo autoeditado.

 

–          Esta es mi novela. Me la he publicado yo porque treinta y siete editoriales me la habían rechazado.

 

–          ¿Cuántas consideras necesarias para pensar que a lo mejor no es buena?

 

–          Hay una novela famosa que el autor se autoeditó y ahora la ha publicado en una de las editoriales grandes.

 

–          Tal vez ahora haya llegado el momento de leerla.

 

Yo no digo que no haya novelas inéditas muy buenas, seguro que las hay. Y puedo afirmar que muchas de las publicadas no valen ni para quemarlas. Más de las que la gente cree. Seguro que hay autores que por distintos motivos no acceden a las editoriales comerciales y tienen algo que contar.

 

Sin acritud, creo que hace falta un filtro. Es como lo de los acordeonistas en la calle, el problema no es que haya música en la calle, sino que la toca gente que no sabe ni por dónde se coge el instrumento. Hace falta una selección. Me han contado que en París hay un examen para obtener el carné de músico que te permite interpretar en la calle, sólo si sabes tocar puedes hacerlo. Basta de tipos con una flauta dulce tocando una y otra vez las seis primeras notas de “A las barricadas”.

 

Pues con los libros pasa lo mismo, ya que no hay carné, por lo menos que haya un filtro, que alguien haya confiado en que merece la pena ser leído. Aunque sea una editorial.

 

Un día se quejaba un librero de la cantidad de veces que le llegaban autores con obra autopublicada pidiéndole que la tuviera a la venta en su establecimiento.

 

–          Es que no sé si es buena.

 

–          Pues léela.

 

–          No consigo leer todas las que me llegan de las editoriales, y ellos me aseguran que las han publicado porque eran las mejores de todas las que les habían llegado.

 

–          Utilizando criterios falsos y sesgados, intentando imponer los criterios culturales imperantes, renegando de la innovación e impidiendo desenmascarar a los falsos iconos culturales.

 

–          Ya, pero qué quieres que yo le haga, es lo que me piden los clientes.

 

No quiero ser injusto y ensañarme con el lado más débil, pero ya lo dije una vez y me repito, no es obligatorio escribir una novela, se pueden plantar dos árboles.

 

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