Cine versus Literatura

Por José Luis Muñoz.

 

Thierry Jonquet

Estuve, días atrás, hablando con mi buen amigo Guillermo Orsi, un prestigioso escritor argentino que obtuvo recientemente el premio Hammet por su novela policial Ciudad Santa, llenando con nuestras conversaciones, teñidas por el humor y la ironía que nos dan los muchos años en este oficio, si es que escribir es un oficio, esos espacios muertos que siempre se dan en los encuentros literarios (el de Toulouse concitaba a un buen número de escritores de género negro y habla hispana de un lado y otro del océano) sobre las adaptaciones cinematográficas de las novelas. ¿Te han adaptado para el cine alguno de tus libros?, le pregunté. No, y mejor que siga así, me contestó, porque luego te vienen tipos que te dicen que no leyeron tu novela pero sí vieron la película, y eso es frustrante.

 

No hace mucho se acaba de estrenar La piel que habito (2011), el último film de nuestro realizador más internacional y controvertido, Pedro Almodóvar, un cineasta que concita adhesiones inquebrantables fuera de España y no tanto dentro. Vaya por delante que me parece una de sus mejores películas, y que en ella ha hecho un esfuerzo por la contención de todos sus tics identitarios que me parece encomiable, pero a lo largo de todas las entrevistas en televisión y en los medios de comunicación no le he oído nunca referirse al magistral material literario que manejaba: la novela Tarántula, una de las obras maestras del polar, del desaparecido Thierry Jonquet, para mí uno de los pilares de la novela negra del país vecino.

 

Juan Marsé

En esto de las adaptaciones cinematográficas de las novelas, algo que siempre se ha hecho desde que existe el cine, hay mucha controversia. Se suele decir que cine y literatura, dos lenguajes que pueden ser narrativos, son muy diferentes y que el cineasta, como cualquier lector, interpreta y reelabora la obra literaria que llega a sus manos, lo que pocas veces satisface al escritor. Quizá el caso más clamoroso y contumaz de ese desafecto sobre el producto cinematográfico resultante de las adaptaciones sea Juan Marsé, que una y otra vez se ha quejado de la mediocridad de los filmes que se han hecho de sus excelentes novelas, pero ha seguido vendiendo los derechos de las mismas, que eso también conste.

 

El cine y la literatura tienen códigos diferentes, ritmo y tempo muchas veces opuestos. Quizá la mayor fidelidad a los textos literarios se podría encontrar en las series televisivas, que esas sí, por su dilatado metraje y su emisión en capítulos, suelen respetar las obras que adaptan, y me vienen a la memoria excelentes series patrias como La Regenta y Cañas y barro, que fueron extraordinariamente respetuosas con sus originales literarios. Pero en cine cuesta encontrar ejemplos en los que uno vea que la película es absolutamente fiel al texto, al menos en su espíritu.

 

Pero hay buenos excepciones de que esto a veces es así. Las dos versiones que existen de El cartero siempre llama dos veces (1981), aunque a mí me guste mucho más la de Bob Rafelson con Jack Nicholson y Jessica Lange, son extraordinariamente fieles a la novela de James Cain. La familia de Pascual Duarte (1976) del desaparecido Ricardo Franco conseguía poner en imágenes la dureza de la obra maestra de Camilo José Cela. Sin despegarme del Nóbel español, Mario Camús manufacturaba una película  respetuosa con el texto que adaptaba en La colmena (1982).

 

John Irving

Casi todas las novelas de John Irving dan lugar a películas excelentes: El hotel New Hampshire (1984), Las normas de la casa de la sidra (1999), Una mujer difícil (2004). Hay incluso genios del cine que bordan la filigrana en sus adaptaciones cinematográficas y vayan, a bote pronto, ejemplos meridianos de ellos. Roman Polanski conseguía una de sus películas más hermosas y emotivas con Tess (1979), adaptando, en un acto de amor póstumo, la novela de Thomas Hardy que era la favorita de su difunta esposa Sharon Tate. Sin movernos del victoriano autor inglés, John Schlesinger hizo una vibrante adaptación de Lejos del mundanal ruido (1967). Y el perfeccionista Stanley Kubrick cogía la magna novela de William Thackeray y rodada la que, para mí, sigue siendo su obra maestra incuestionable: Barry Lindon (1975). También podría citar, y no acabar, a otros maestros a la hora de adaptar textos literarios: a Steven Spielberg con una de sus películas más personales,  El imperio del sol (1987) de J.G. Ballard; Ridley Scott, con su obra de culto, Blade Runner (1982), poniendo en imágenes la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?; Sydney Pollack con Lejos de África de Karen Blixem/Isaac Dinesem en Memorias de África (1985); Bernardo Bertolucci con El cielo protector (1990), adaptación de textos de Paul Bowles; David Lean captando el romanticismo de El doctor Zhivago de Boris Pasternack. Y eso sin contar con el material ingente que han aportado los dramaturgos al cine, desde William Shakespeare a Tennesse Williams, por lo que había que ser un realizador muy negado para hacer una mala película con sus textos extraordinarios.

 

De las obras literarias se pueden hacer buenas y malas adaptaciones (y hay tenemos el caso de nuestro Juan Marsé, al que nunca le adaptan sus novelas a su gusto y siempre anda a la greña con los directores) y de algunas, que parecen inadaptables, se hacen extraordinarias películas, y ahí podemos colocar El proceso (1962) de Orson Welles sobre la novela de Franz Kafka.

 

Pero sucede también a la inversa, que de novelas anodinas, de las que nadie oyó hablar, se consiguen obras maestras precisamente porque el lenguaje del cine es muy diferente al de la literatura y lo que está torpemente escrito y sin alma puede ser convertido en espléndidas imágenes llenas de fuerza, y el ejemplo más claro y conocido de ello lo tenemos cuando Orson Welles, en una estación de ferrocarril, se acercó a un quiosco, cogió, al azar, una novela pulp (barato y popular libro de género negro que se escribía a destajo en EEUU sin más pretensión literaria que llenar el hueco de un viaje en tren) y de ella surgió una de sus obras maestras: Sed de mal (1958). ¿Alguien se acuerda de quién era su autor? Nadie.

 

*José Luis Muñoz es escritor. Sus últimas novelas publicadas son La Frontera Sur (Almuzara, 2010), Marea de sangre (Erein, 2010), Tu corazón, Idoia (Corona Borealis, 2011), Llueve sobre La Habana (La Página Ediciones, 2011) y Muerte por muerte (Bicho Ediciones, 2011)

 

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