Mil otoños

Por Daniel Sánchez Pardos.


Mil otoños. David Mitchell. Barcelona. Duomo, 2011.

 

Que David Mitchell no es un escritor que tema imponerse nuevos retos y explorar caminos potencialmente inciertos o arriesgados, sus lectores ya habíamos tenido ocasión de comprobarlo sobradamente. Su primera novela, Escritos fantasmas, era un conjunto de diez historias sin relación aparente entre sí que se iban enlazando unas con otras de acuerdo a un sutil juego de espejos, de azares y de resonancias, hasta llegar a trazar un mapa fantástico del mundo en el que todo cabía, desde un terrorista a punto de cometer un atentado en el metro de Tokio hasta un vigilante del Hermitage de San Petersburgo dispuesto a salir de la pobreza convirtiéndose en delincuente, pasando por un ser invisible y sobrenatural que viajaba de cuerpo en cuerpo por las estepas de Mongolia. El atlas de las nubes retomaba ese mismo modelo estructural, la novela como acumulación de historias independientes relacionadas por la fuerza de una idea general que nunca llega a explicitarse del todo, y le añadía una vuelta de tuerca al idear una compleja estructura de raíz musical en la que cada historia se interrumpía para dejar paso a la siguiente, ambientada en su futuro y oscuramente derivada de ella, hasta llegar a un momento culminante, ya en pleno territorio de la ciencia ficción, a partir del cual todas las historias interrumpidas se iban recuperando en orden inverso al inicial. Y con El bosque del cisne negro, en fin, David Mitchell nos demostraba cómo incluso la historia de un adolescente inglés atormentado por su tartamudez podía ser, en sus manos, un espacio abierto a la magia y a la maravilla.

 

Mil otoños nos traslada a un rincón muy concreto del Japón de finales del siglo XVIII y principios del XIX: la pequeña isla artificial de Deshima, frente al puerto de Nagasaki, el único enclave del país en el que los extranjeros tienen permitido vivir y comerciar con la llamada Tierra de los Mil Otoños. Deshima es, de hecho, un terrorio de jurisdicción plenamente japonesa que el shogunato tiene cedido a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, y en el que rigen una serie de normas estrictas, arbitrarias y a menudo absurdas que son el símbolo perfecto de la tensión creciente entre el aislamiento que el Japón intenta mantener desde hace más de un milenio y el avance imparable de una nueva realidad, la maquinaria del comercio y de la ciencia occidentales, que ya está llamando a su puerta. Capturar en una novela el momento exacto en el que estos dos mundos entran en contacto, se miran a la cara y toman conciencia definitiva de su inevitable colisión: tal es el reto que David Mitchell se ha impuesto con Mil otoños. El resultado, una vez más, es una  novela extraordinaria.

 

Deshima es un frágil ecosistema en el que conviven a la fuerza empleados de bajo nivel de la Compañía, esclavos, intérpretes, concubinas orientales, hijos ilegítimos de sangre mestiza y administradores con un pobre sentido de la justicia y del bien común. Un espacio cerrado sobre sí mismo, asfixiante y asfixiado, en el que se dan la mano la corrupción económica y el abandono moral. Ningún occidental puede poner el pie más allá de la Puerta Terrestre, el paso que separa Deshima del puerto de Nagasaki; ningún japonés sin un alto cargo en el shogunato puede entrar tampoco en Deshima, a excepción de los intérpretes y de las prostitutas. «Pensamos en el Japón de aquel tiempo como un país totalmente cerrado», explicaba David Mitchell en una entrevista que concedió hace unos meses a The Paris Review, «pero no lo era: Japón tenía en Deshima el paño de una cerradura a través de la cual podía mirar hacia el exterior, manteniéndose al día de los acontecimientos internacionales y observando los destinos de los países y las razas que intentaban ignorar el auge de Europa y sus nuevas tecnologías. Más aún, Deshima invierte los términos habituales del Orientalismo: en esta pequeña isla construida por la mano del hombre, eran los blancos los que vivían acorralados y se veían convertidos en seres exóticos.»

 

Este es el lugar al que llega, en el año 1799, el escribano Jacob de Zoet, con la misión de auditar y poner en orden las cuentas de la isla, esquilmadas tras una larga sucesión de administradores corruptos y de contables debidamente sobornados. Sus planes consisten en permanecer un año en Deshima, ganarse el traslado a Batavia (donde estaba el centro de operaciones de la Compañía) y regresar a Holanda al cabo de cinco años con una modesta cantidad de dinero en el bolsillo que le permita casarse con la mujer a la que ama.  Pero todo cambiará cuando conozca a Orito, una comadrona japonesa con medio rostro quemado que despertará en él una pasión doblemente problemática. Al final de la primera parte de la novela, Jacob de Zoet se ve traicionado por el nuevo administrador de Deshima, Orito desaparece secuestrada por un abad de poderes aparentemente ilimitados y Mil otoños ingresa, durante toda su segunda sección, en esos territorios oscuros, siniestros y salvajemente imaginativos por los que David Mitchell sabe moverse como muy pocos escritores actuales: cultos ancestrales, canibalismo ritual, inmortalidad del cuerpo y de las almas… La tercera parte del libro nos devuelve al mundo de comerciantes e intérpretes de Deshima, y abre una puerta a la Historia con la llegada a la isla de los ingleses, que anuncian la quiebra de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y pretenden ocupar por la fuerza su posición de privilegio en el incipiente comercio con el Japón. Y una cuarta y una quinta partes, ambas muy breves y cargadas de nostalgia contenida, cierran de forma magistral una historia que David Mitchell controla en todo momento con el firme pulso de los grandes novelistas.

 

Mil otoños parece llamada a ocupar un lugar muy especial dentro del conjunto de la obra de  su autor. Huyendo de los malabarismos técnicos y las pirotecnias estructurales de sus libros anteriores, ciñéndose sin apenas excepción a las reglas y a los usos de la novela histórica más tradicional, David Mitchell ha escrito un libro que nos habla del miedo y de la atracción que ejerce sobre nosotros todo aquello que nos es desconocido, de la incomunicación y de los esfuerzos por superarla, de los milagros y las trampas del lenguaje, del amor y de la aceptación de nuestro destino. Un libro, como todos los suyos, lleno de vertiginosos hallazgos verbales y de imágenes de fulgurante belleza. Un libro que nos confirma lo que sus lectores ya sabíamos: que nos hallamos ante un autor de envergadura extraordinaria.


 

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