“¡Qué vida más perra!”, de Cristiá Serrano Díaz

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“¡Qué vida más perra!”, un relato de Cristiá Serrano Díaz.

 

Me ha pasado de todo en esta vida, si no me falla la memoria. Algunos me han llamado guapo, otros feo; algunos me han mostrado su afecto de buenas a primeras, otros se han mostrado más recelosos y distanciados; algunos se han alegrado al verme, mientras otros han preferido insultarme (y casi agredirme); algunos incluso me han llegado a llamarme perezoso, a decirme que tengo vida de perro. Yo básicamente oídos sordos. ¿Para qué molestarme en contestar?

 

 

Tengo dos que especialmente me han llamado todo esto y más, pero me entretienen mucho y yo me mantengo fieles a ellos y acudo cada vez que me llaman. Se han enfadado mucho conmigo, pero también se han alegrado conmigo. ¡Hemos compartido tantas risas! Sin embargo, no intento ser un pesado con ellos. Tengo mi dignidad, ¿sabéis? Cuando te llaman de todo, aunque sean tus mejores amigos jamás puedes dejar que no te respeten. Yo a veces expreso lo que opino, y cuando opino me sale no sé por qué una voz muy rugidora, un grito que prácticamente les obliga a taparse los oídos. ¡Grito tanto! Grito cuando me pongo contento, grito cuando me enfado, grito cuando me ignoran,… y siempre me acompaña un hormigueo que me causa mucho placer. Vale, a veces quizá me paso y me muestro demasiado autoritario, pero cada uno es como es, ¿no?

 

 

Me encanta salir. No me preguntéis por qué, pero me gusta salir muchísimo. Me excita y todo. Me entra algo en el cuerpo y no puedo desembarazarme de ello. Sin embargo, se me da por repetir mucho las rutas, y lo que es peor: cuando quedo con ellos dos, también me salen muy repetitivos y se limitan a repetir rutas y a pasear por el bosque. ¡Pero qué pesados con el bosque! Hemos pasado como cuarenta mil veces cerca de una montaña con arbustos que no hacen más que pinchar y con un suelo repleto de piedras. ¡Para que no le duelan a uno las patas!

 

 

No obstante, agradezco mucho la compañía de ellos dos. El tiempo discurre tan lentamente… Mi trabajo por momentos es muy tedioso, aunque a mí me gusta y espero aún estar muchos años. Soy vigilante. Vigilo que nadie pise nuestra morada y nos robe. A mí no me apasiona vigilar, pero llevo algo dentro que me mueve hacia esa profesión. Me atrevería que nací para vigilar. Empero, existen momentos en los que no ocurre nada. Simplemente nada. El silencio reina en el lugar y no parece que vaya a ocurrir algo anormal. Yo doy gracias de que no nos roben pero a veces sí que querría un poco de acción, de vidilla. ¿A vosotros también os pasa?

 

 

Pues bien, como decía antes agradezco la compañía de ellos dos. Me atienden y me entretienen como buenos amigos que son. Mas actúan muy raramente: son muy diferentes a mí. Si bien se quieren mucho, se gritan el uno al otro un montón, jamás sin pegarse pero siempre tocándose. Hubo un tiempo en que me metía de por medio y me ponía a gritar sin evitarlo, pero después de no lograr nada decidí echarme a un lado y esperar a que se calmasen los ánimos. Más que nada sé que tarde o temprano se perdonarán y se arrepentirán, tocándose y juntando los morros.

 

 

Muchas veces, cuando se perdonan, se enroscan como caracoles. A mí me produce un poco de repugnancia, pero me gusta observarlos. Siempre les observo y no me dicen nada; quizá me echan una mirada furtiva y ya está. Mi presencia parece no enturbiarles, y eso que descubro toda su intimidad. No les importa desnudarse incluso delante de mí. Cuando están con los morros pegados, comienzan a pegarse mordisquitos y a quitarse eso que les envuelve y les protege el cuerpo humano (que a mí me ponen cuando hace frío y que me molesta muchísimo). Entonces veo una cobertura muy blanca y un cuerpo muy diferente entre los dos. Uno tiene un palo como el que a mí me gusta buscar y el otro tiene dos bolas que me tiran para que persiga pero que a mí no me gusta. Pero eso no es todo: dicen que yo soy muy peludo, ¡pero anda que ellos! La que siempre busca las caricias tiene más pelo… pero al otro parece no importarle.

 

 

Normalmente se alejan de mi casita y se van a la suya. Como soy muy cotilla, siempre me acerco muy sigilosamente, aunque, por más que me esmere, siempre se oye un ruidito cuando yo piso el suelo. Tac, tac, tac,… Es como la cosa esa que se pone uno de ellos y que cuando anda resuena por toda la casa. A mí me pone de los nervios, pero bueno, ese no es el tema. Cuando se van a su casita, se tumban en ese sitio que tan cómodo se está pero que a mí siempre me echan a “cojinazos”. ¿Sabéis qué? Yo me cuelo muchas veces en ese sitio cuando no están, pero ese no es el tema. El tema es que yo me acerco sigilosamente y les observo en la oscuridad. ¡Hacen unas cosas tan raras! Se ponen uno encima del otro y actúan como bestias. ¡Después dicen que nosotros no tenemos miramientos por las personas! Mas si vierais cómo se comportan… ¡Que se pegan y se muerden! Y luego gimen y les cuesta respirar mucho. ¿Qué sentido tiene todo eso? Ellos dicen que les gusta mucho, pero uno de ellos, al terminar, se queja de dolor en el lavabo. Se empieza a echarse agua y dice que le escuece. Son tan brutos… Deberíais escuchar la cama cómo chirría mientras están ahí. ¡Que da contra la pared y todo! Algún día de éstos los vecinos vendrán y se los llevarán de aquí. ¿Cómo sería mi vida sin ellos, entonces?

 

 

Pero no puedo quejarme. La comida a la que me invitan está súper rica y además me vuelve loco. Tengo un plato en el suelo y me lo llenan como si fuera una montaña. Y yo que jalo y jalo… ¡Qué rico! No, no puedo quejarme. Me quieren mucho y me cuidan mucho. Si supierais el cariño que me profesan cuando estoy enfermito; es entonces cuando me dejan tumbarme en el sitio prohibido y el calorcito me invade. Sólo hay una cosa que me revienta: que me pinchen. ¡O que me mojen! Ah, que eso ya son dos cosas… Bueno, ya me entendéis. ¿No os molesta esa sensación de pegamento en el cuerpo? A mí sí.

 

 

Pero no puedo quejarme. Vivo como un rey y, como dice la expresión, ¡tengo una vida de perro!

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