El éxtasis rock de Wilco

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Por Javier Franco.

Reconozcámoslo. A la prensa musical le encantan las historias de ídolos y héroes caídos en combate. Le ocurrió a Ryan Adams (renacido ahora con su nuevo disco, Ashes & Fire) y le pasó hace no mucho a Jeff Tweedy, líder de Wilco. Enterrado el tormento de discos como Yankee Hotel Foxtrot o A Ghost Is Born, son muchos de los que se apresuran ahora a anunciar sino la muerte, al menos, el acomodamiento creativo de Tweedy y compañía. Con dos discos, Wilco (The Album) y el último, The Whole Love, con claras referencias a sus anteriores trabajos, la banda parece caer en esa peligrosa pendiente en el que cada álbum acrecienta la nostalgia por el anterior.

Nada más lejos de la realidad. La pasada noche en el Teatro Circo Price, el grupo más respetado de la última década en el universo yankee se encargó de espantar cualquier atisbo de agotamiento. Sólo ellos son capaces de comenzar un concierto con la hipnótica “One Sunday Morning”, un mantra acústico en el que Tweedy echa mano de su vertiente más literaria. Un órdago de más de diez minutos que calló de un plumazo al respetable, consciente de que todo el palabrerío que siguió a la publicación de su último trabajo era ahora papel mojado. Y por si alguien le quedaban todavía dudas allí estaba “Art of Almost”, esa tormenta de electricidad y rabia que abre The Whole Love, y que provocó la primera ovación de la noche. Y sólo habían pasado 20 minutos.

A partir de aquí todo parecía terreno abonado para el lucimiento de la banda. Los hits vitaminados de su último trabajo (“Dawned On Me”, “I Might”, “Standing O”) sirvieron como contraste al cancionero más arriesgado de la formación. Cortes como “Bull Black Nova” o “At Least That’s What You Said” marcaron la senda por la que iba a transitar el concierto: rock afilado en el que resuenan los ecos de Television, la Velvet y el sonido de raíz americana, dentro de un desfile de energía sin precedentes. Tan sólo la tarareada “Jesus, Etc.” o “Via Chicago”, con Tweedy aguantando el chaparrón de ruido de sus compañeros, tomaron el camino de la introspección. Al igual que “Rising Red Lung”, de su último trabajo, en la que el cantante tuvo que pedir un poco de calma antes de que la fiesta desatada en el foso acabara por engullirle.

Claro que el líder de Wilco parecía haber dado carta blanca a sus compañeros de banda para que colmaran los deseos del público. Empezando por un Nels Cline en estado gracia (¿alguna vez dejó de estarlo?) que aprovechó cualquier resquicio en la melodía para lucir sus cualidades a las seis cuerdas. Lo hizo en “Hummingbird”. También en “Handshake Drugs”. Pero sin duda “Impossible Germany” se llevó la palma con un solo de guitarra convertido ya en clásico de la última década. Al otro lado del escenario, Pat Sansone se divertía en su papel de hombre-orquesta, mientras John Stirratt, fiel escudero de Tweedy en las casi décadas de vida de Wilco, hacía lo propio con el bajo y los coros.

Tendría que ser “A Shot In The Arm”, de su disco de 1999 Sumerteeth, la encargada de dar la puntilla final de un concierto que ya rozaba las dos horas de duración. Dice Tweedy que España es un lugar fetiche para ellos. Quizás por ello, tras el amago de salida, no podían faltar los obligados bises. Fue aquí, con el público totalmente entregado a la causa, donde Wilco echó mano de su repertorio más clásico para terminar de llevarse al bolsillo al abarrotado Teatro Circo Price. “Heavy Metal Drummer”, “The Late Greats”, “I’m The Man Who Loves You” -con Glenn Kotche encaramándose a la batería- y “Red-Eyed and Blue/I Got You (At The End of The Century)” cerraron un recorrido de más de veinte canciones, que vino a demostrar por qué Wilco siguen siendo los reyes cuando el escenario dicta sentencia.

 

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