Habemus Papam (2011) de Nanni Moretti

Por Aurora Pimentel Igea.

 

 

Estrenada en la Seminci hace ya un par de semanas, Habemus Papam (2011) de Nanni Moretti, quizás no está a la altura de las anteriores Caro Diario (1993)  o La habitación del hijo (2001). En comparación con esas dos compactas películas, también de las expectativas que el director puede generar, ésta podría considerarse un tanto deslavazada. Sin embargo, aunque solo sea por el tono amable –una virtud agradable para el que no necesita ajustar cuentas ni dar carnaza, solo contar algo o, más bien, plantearlo-,  así como por su inteligencia  y la sonrisa que provoca, es interesante.

 

El cardenal Melville, guiño evidente al autor de aquel “preferiría no hacerlo” de Bartelby, el escribiente, es elegido nuevo Papa. Antes de salir al balcón a saludar, de hacerse público el nombre del nuevo Papa, le da un pasmo. Le sobrepasa el cargo,  la responsabilidad, no se sabe muy bien qué le pasa, ni él lo sabe. Ante la gran expectación en la plaza de San Pedro con los medios y la cristiandad esperando,  los funcionarios vaticanos, de acuerdo con los cardenales, mandan traer a un psicoanalista interpretado por el propio Moretti. Luego se les escapa el Papa y acaba en una compañía de teatro, todo muy chejoviano. Y esta es la película de modo resumido que empieza y finaliza, para bien y para mal, en el aire y con el aire literalmente hablando: el viento sopla tras las cortinas rojas del balcón ese grande del vaticano donde no hay nadie que salga. Argumentalmente no hay desenlace, solo vacío, nada.

 

Dudar ante el poder, así como de las propias capacidades, es algo a veces extraño, tanto por la autoestima que a veces equivocadamente alimentamos, como por el hecho de que la ambición a menudo no se para en barras, atrapa al más pintado. Y, sin embargo, la consciencia, a poco que se tenga, o la conciencia, a veces ambos términos están muy relacionados como aquí pasa, pueden darse en todos los ámbitos, incluso en los más altos.

La iglesia,  el papado o el vaticano parecen servir a Moretti en esta película como percha, paradigma o hasta coartada para una reflexión burlona y perpleja sobre si alguien sabe qué hacer cuando se manda, o simplemente tener una visión clara sobre lo que pasa en general y le pasa a uno. Tan confuso está el Papa, interpretado por Michel Piccoli, como el propio psiquiatra, un ateo según declara el personaje y el propio Moretti, que más bien es un agnóstico perplejo que se pierde en disquisiciones verdaderamente tronchantes. De lo mejor, a mi juicio, de la película es precisamente ese diálogo o consulta donde  terapeuta y paciente son ciertamente intercambiables: nadie tiene nada claro.

 

La perplejidad es una actitud con menos partidarios hoy que las posiciones que se podrían definir como militantes, pro o anti lo que sea. Por eso esta película parece  aconsejable dados los tiempos en los que andamos. Realmente solo un italiano podía hacer Habemus Papam (2011), tanto por su tono como por su contenido, curiosa por el planteamiento inicial, posiblemente débil en el resto, pero con varias escenas geniales, tiernas y emocionantes, así como otras, más puntuales, que casi se deslizan hacia el esperpento. De lo mejor así la elección del Papa con todos los cardenales rezando para no ser ellos los elegidos, la memorable liguilla de vóley por continentes en el vaticano, y, en definitiva, el retrato de esos personajes tan humanos como son los propios cardenales.

 

Si alguien quisiera meter el dedo en el ojo con intención de hacer daño, lo hubiera tenido a huevo, es fácil y hoy muy rentable. Pero Moretti es elegante e insinúa, no afirma ni niega nada, aunque quizás para algunos divague.

 

 

Habemus Papam (2011) se estrenó en España el pasado 4 de noviembre de 2011.

 

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