El corazón de Dios

Categoría: Críticas,Poesía |

El corazón de Dios

Carlos Pujol

 

64 páginas

Cálamo, Palencia, 2011

ISBN: 978-84-96932-67-8

 

Por Alberto García-Teresa

 

A sus setenta y cinco años, Carlos Pujol (Barcelona, 1936) presenta un poemario atravesado y herido por la temporalidad, por la cercanía de la muerte y el desazón ante el dolor (al que no elude) y el no haber cumplido unos sueños que han ido empujando su vida.

 

Con un lenguaje sencillo, pero muy cincelado, con una notable presencia de las paradojas, el autor se dirige de una manera cercana a Dios, que está personificado (evita, por ejemplo, el poeta la mayúscula cuando se refiere a él o cuando le apela) y que se inserta en la cotidianeidad. Esto, no obstante, deja entreabierta la posibilidad de una interpretación no religiosa, apuntando a la ambigüedad del sujeto y del destinatario tan característica en su obra. Pujol dialoga con él hasta el punto de que todo el poemario se puede comprender como una conversación sumamente particular («tú te callas y yo te empiezo a oír»; «hay que estar más bien solos para oír / en medio del estruendo del orgullo / la voz que habla callando desde dentro») que adquiere el tono de confidencia, o de desahogo existencial en numerosas ocasiones.

 

La memoria, en ese sentido, cobra un papel fundamental, tanto para llevar a cabo un ejercicio de resumen como en la propia reflexión acerca de su naturaleza, de lo que perdurará tras la muerte.

 

Con todo, el poeta en sus textos presenta una filosofía esencialista («vivimos en una casa demasiado llena»), y critica una vida en la que se prima lo superfluo y la mercancía frente a lo elemental y lo que constituye la base del ser humano. Al desgaste físico («lo que te puedo dar / ahora es el cansancio. / ¿De qué te sirvo?») se une el agotamiento anímico y mental y cierto descorazonamiento levantado desde la incomprensión y la fatiga de la frustración.

 

Por su parte, Pujol igualmente manifiesta en El corazón de Dios el conflicto de las dudas acerca de la fe y de la imposibilidad de tener certezas al respecto («aclarar la confusión con signos / de racionalidad indiscutible; / el fondo del asunto hecho lenguaje»), aunque también lo aplica de una modo general todo conocimiento de la realidad: «Hay pruebas de que no hay pruebas de nada».

 

En suma, el poemario, que se compone de piezas no muy extensas, que suelen rondar la docena de versos, aporta una reflexión sobre la vida desde la intimidad y la inminencia del final: «Andar todos sabemos, / pero bailar con músicas que se oyen / en nuestro corazón / es un asunto más bien delicado».

 


 

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