Habla Christophe Barratier de “Los chicos del coro” (2004) a “La guerra de los botones” (2011)

 

Por Luis Muñoz Díez.

Fotos de Joaquín Fernández.

 

 

El director Christophe Barratier durante el rodaje

Christophe Barratier, con La guerra de los botones (2011) se enfrentaba a dos obras sacralizadas en Francia, custodiadas con el celo que ponen los galos en lo que consideran su patrimonio. La primera, el libro La guerra de los botones, escrito en 1912 por Luis Pegaud, y, la segunda, una adaptación al cine hecha por Yves Robert, que sería La guerra de los botones (1960). A mi gusto, el director de Los chicos del coro (2004)ParísParís (2008) estaba a la defensiva ante cualquier comparación y para establecer la clara diferencia y lo injustas que eran las críticas recibidas no paró de hablar de La guerra de los botones (1960) dirigida por YvesRobert.

 

La historia que narra La guerra de los botones es, en su origen, muy sencilla: dos pueblos, Longeverne y Velrans, son vecinos y rivales, y los niños se pelean con cualquier pretexto. Así de simple y costumbrista era en el libro publicado en 1912 y en la primera versión llevada al cine por Yves Robert. Pero Christophe Barratier ha querido marcar la diferencia y ha puesto como telón de fondo de esa batalla infantil la ocupación nazi en Francia.

 

 

¿Por qué ese cambio?

Decidí ambientar la historia durante la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi en Francia. Lo hice por dos motivos, porque pensé que se podía jugar con algo simbólico y muy importante. Es decir, detrás de esa guerra de los botones, de esa batalla que libran los niños, está el transfondo de un conflicto enorme y trágico, que obliga a los niños ha hacer una transición rápida de la infancia a la edad adulta. Poco a poco van entendiendo ciertos valores, como la solidaridad, la ayuda mutua…de hecho, construyen su propia república.

 

¿Porque una nueva versión de La guerra de los botones?

La guerra de los botones (2011) no es un remake de la película que hizo Yves Robert en 1960, es una nueva adaptación del libro de Louis Pergaud. Los derechos del libro cayeron al  dominio público en 2009. La guerra de los botonesEl conde de Montecristo o Los miserables son un patrimonio cultural en Francia, son obras tan conocidas y tan amadas que los cineastas tenemos derecho a hacer una nueva adaptación cada diez años. Aquí sucederá  lo mismo con El Quijote, ¿no?

 

 Es tentador abordar un clásico, pero ¿no se siente miedo al hacerlo?

Por supuesto que sentí miedo, la  película de Yves Robert está sacralizada en Francia. La rodó con muy pocos medios y la vieron millones de espectadores, pero también es cierto que los espectadores por debajo de una edad ya no la conocían en Francia.

 

Hay quien califica su obra de blanca.

Mi cine no es blanco, es idealista, y soy perfectamente consciente del lado oscuro de la naturaleza humana. Sería ingenuo no saberlo, y mis películas podrían ser más duras, pero siempre he querido abrazar mi idealismo, aunque ese idealismo sea una realidad dulce y amarga al mismo tiempo.  

 

¿A qué público va dirigida la película?

Lo digo sin pudor: va dirigida a un público familiar, pero calificar una película de “familiar” en Francia es lo mismo que decir que es una película fácil y comercial, y no es así. Yo no intento complacer a todo el mundo, trato las historias de una manera personal y por eso, precisamente, creo que conectan con todo tipo de público. He hecho tres películas y las tres las he presentado en España, en Estados Unidos y en Japón. En la película no solo está Francia durante la Segunda Guerra Mundial, es una experiencia muy universal, muy iniciática, en la que podemos ver a esos niños que conviviendo con historias realmente atroces son capaces de seguir jugando al balón, a sus cosas de niños. Sí, es un cine exportable, pero no lo es porque sea fácil, sino porque toco temas de interés universal…. No, no pretendo complacer a todo el mundo, pero seducirlo sí.

 

Tengo muchos testimonios del rodaje de la “otra película”. No había ningún tipo de control con los niños. Se les podía tener doce horas rodando y no les pagaban prácticamente nada… -parece dudar un momento, se decide y habla- Figúrate, me han reprochado el haber edulcorado el libro original de Lois Pergaud porque no he rodado a los niños desnudos, como salen en la película de Yves Robert, pero hoy “él”, en 2011, no hubiera podido rodar esa secuencia tampoco, porque hay una prohibición legal de rodar a un niño desnudo, y me preguntan porqué no lo he hecho, cuando  todos sabemos la respuesta…-parece dolido-. Es injusto que se me acuse “no ha sido tan audaz como lo fue Yves Robert”.

 

En esta guerra de botones hay un líder, que es Lebrac, que manda, capitanea y es elegido en la narración como defensor de los ideales, incluso se le premia con el amor de Violette, la niña culta, guapa y de ciudad, escondida en el pueblo por su condición de judía. Y en un momento que Lebrac castiga a un traidor como lo hacen los nazis la niña se lo reprocha.

Bueno, igual resulta un poco chocante, pero es así, y pasa entre los soldados que defienden una causa justa y luchan por unos ideales, se comportan en su lucha igual que a los que quieren derrotar por crueles. Lo hemos visto en la Revolución francesa, se cometieron actos más terroríficos que los que se pudieron dar bajo el reinado de Luis XVI.

 

Es la parte oscura que llevamos todos dentro.

Claro, un personaje como Lebrac, que es valiente, que se sacrifica, que defiende una causa noble… cuando le traicionan, y esa traición tiene consecuencias, se comporta como un torturador, por eso Violette, que es chica, es la única que se atreve a decirle “te estás comportando como los torturadores”.

 

 Ese es el problema del poder, una vez que se tiene, aunque esté amparado en una causa justa, se legaliza la injusticia para conservarlo.

 Sí, es algo realmente común. Yo, que soy un apasionado de la Historia y leo mucho sobre ese tema, el otro día me encontré con un documento en el que Fidel Castro decía en el año 1959 o 1960 “Mira, mi intención es quedarme como mucho dos años, hasta que se restablezca la democracia y después me voy”.  

 

La música es un sello en el cine “Barratier

Tenía ganas de hacer una música muy épica. Cuando pensaba en las secuencias de batalla pensaba en Excalibur (1981), en Gladiator (2000), pero en miniatura. Philippe Rombi había decidido hacer una música más cómica, y yo pensé que no.  Son pequeños, pero son soldados, y voy a hacer una cosa entre divertida y épica. Además, como teníamos como escenario un paisaje precioso, pensé “voy a poner una música que llene la pantalla” y, sobre todo, no quería que la música recordara a la típica música de película de niños. 

 

 ¿Es difícil rodar con niños?

Bueno, es complicado, pero para mí no es difícil porque a mí me gusta trabajar con niños. He seguido siendo muy niño, la verdad. Es un trabajo muy especial, y claro, antes que nada, te tiene que gustar, si no te gusta trabajar con niños entonces apaga y vámonos. 

 

A los niños no podemos pedirles que se adapten a nuestra gramática cinematográfica, nosotros nos tenemos que adaptar a su gramática; por ejemplo, en una toma que queremos hacer con un actor adulto le decimos “da dos pasos para alante y cuando llegues a la cámara te paras y que te brote una lágrima”. Claro, esto con un niño olvídate.

 

Su capacidad de concentración es mucho más limitada y si el plano es con varios niños no tienen nunca el mismo nivel de concentración. Hay que hacer lo mismo que si ruedas a un animal, había que tener otras cámaras dispuestas para recoger el más mínimo momento interesante, y dependes mucho de la intuición de los cámaras, que mantienen el enfoque sobre este niño, aunque no hable, porque algo les dice que puede salir algo interesante.

 

Clement Godefroy es el pequeño Gibus

 

Barratier con el pequeño actor Clément Godefrov

Ahora, más que a una entrevista asisto a un diálogo que, con un tacto exquisito, mantuvo el director con el pequeño Clement Godefroy, diminuto y tímido.

Barratier afirma: “Había dos personajes muy impotentes, Lebrac y el pequeño Gibus, porque es él que lleva la ligereza, el buen ambiente, el que dice la palabra que sobra. En cuanto lo vi en vídeo supe que era él, y cuando me aseguré de que podía interpretar, dejé de buscar porque tenía lo que quería.” 

 

Clement Godefroy está sentado en una silla en la que los pies no tocan el suelo, vestido con un chaleco turquesa y custodiado de cerca por su padre.

 

¿Te ha gustado trabajar en una película, era difícil? Lo piensa antes de contestar.

Sí, me ha gustado… hacía calor… me ha divertido mucho el repetir muchas veces las escenas, era como un juego.

Le interrumpe Baterrier: “Lo voy a denunciar un poco. Lo que más difícil ha sido para él era no mirar a la cámara. “¡Has mirado a la cámara!”, le decía yo, y él me contestaba “Sí, sí pero no lo he hecho a posta””.

 

Una de las escenas más divertidas de la película es cuando un anciano, interpretado Gerard Jugnot, da de beber aguardiente al pequeño Gibus. Ante el reproche de su mujer el borrachín argumenta que para empezar a beber nunca es pronto, y así recuerda el pequeño Clement la escena con el veterano actor:

Bebí mucha agua… -y vuelve a guardar silencio y Barratier lo rompe No lo parece, pero es Obelix, es capaz de comerse doce jamones.

 

Toma la rienda Christophe Barratier y comienza su conversación con Clement, que es un niño normal que le cuesta hablar con desconocidos:

Barratier: ¿Cómo ha sido trabajar con un actor tan famoso cómo Gerad Jugnot?

Clement: Era muy extraño, porque él es muy conocido y yo no era nada conocido y claro hacer una película con un actor conocido es algo raro… curioso, me daba un poco de corte, pero se portó muy bien conmigo y era muy simpático.

B.: ¿Qué te han dicho tus compañeros de colegio?

C.: Mis compañeros y mis amigos me dicen “has estado muy bien en la película” y “que bien lo has hecho”, y luego me piden que repita escenas de la película, me piden también que repita las canciones, y me piden que haga el gesto que hago en el cartel. Querían saber los nombres de los actores, y en el colegio todos vienen con sus bolígrafos y un papel para que les firme.

 B.: ¿Nadie te ha tenido celos?

C.: No, nadie…

B.: …Y tu profesor

Me preguntó los primeros días y luego nada.

B.: ¿Te ha gustado la experiencia?, ¿Quieres ser actor de mayor?

C.: Sí, ahora para divertirme, y algún día se convertirá en mi profesión. 

 

Toda la frescura que demuestra en la película se vuelve timidez ante los desconocidos, y para zanjar la conversación, como si fuera el portavoz de un gobierno, dice con un hilo de voz:

Y esto es todo.

 

Acaban las preguntas y a Clement Jugnot se lo lleva su padre, que permanece como si fuera su sombra, de una manera discreta.

 

 

Christophe Barratier con Luis Muñoz Díez

 

La guerra de los botones (2011) se estrenó en España el pasado 11 de noviembre de 2011.

 

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