Diario de una ama de casa desquiciada

Por Estelle Talavera Baudet.

 

Diario de una ama de casa desquiciada. Sue Kaufman. Traducción: Milena Busquets. Editorial Libros del Asteroide.

 

Tina Balser tiene todas las papeletas para ser una neoyorkina descaradamente feliz. Casada con un abogado nuevo rico, dos hijas preciosas, un apartamento de altísimos techos y decoración a base de subastas, buen gusto y eclecticismo de revista de moda. Son los años 60, y los aires de bohemia comprometida políticamente y alocada vividora ya quedaron atrás porque así era entendido por la sociedad. Pero quedaron atrás por una buena razón: ser una mujer de provecho, un ama de casa organizada, resplandeciente, complaciente y servicial… pues no puede desear nada más, ¿qué podría envidiarle al mundo?

 

Sin embargo las tareas domésticas son más fáciles de llevar a cabo que las que Tina se ve obligada a sobrellevar en el más absoluto silencio: ese inconformismo soterrado, no mencionado ni a solas. Sus paranoias despeinan esa vida tan de anuncio de detergente, esos peinados ondulados tras la cámara. Agorafobia, pirofobia, claustrofobia, depresión, incomodidad, desapego… una retahíla de infortunios ensombrecen la perfecta armonía del hogar. Con un lenguaje ácido pero real, creíble, ágil y fresco, Tina describe sin tapujos su día a día, con un humor no intencionado y una frialdad febril, enfermiza. La sensación de escapismo es constante, y el lector se ve impregnado de los olores de esa casa contra su voluntad, de sus silencios y sus miradas tras el periódico, perfecta mañana soleada de primavera o navidad luminosa de nieves y llamadas inoportunas, cuando la armonía pende de un hilo invisible y las diminutas catástrofes se arremolinan en el felpudo de la entrada que dice: «Bienvenido, límpiate los pies de mierda».

 

Vanguardista

 

Para la época en que fue escrito (finalmente vio la luz en 1967), Sue es una vanguardista, aquella mujer que ha levantado todas las cartas en la mesa, delante de todos y ha encendido su puro temblando ligeramente asustada. Sin embargo, una vez más nada es lo que parece, y las presiones ocultas del ser humano, esas sutilezas indescriptibles (salvo para Sue Kaufman, que es magnífica en este sentido a la hora de desmigar sensaciones complejas), innombrables por ser finas telas de araña sin argumento que se pueda imprimir claro y alto, llevan a una persona a retomar caminos que desprecia. Nada es criticable después de todo. Cada personaje de esta historia tiene sus porqués y sus múltiples caras e incongruencias, pero en el fondo todos respiran una humanidad sin costuras, una fragilidad de cristal y deseos de grandeza de los que prefieren no tener espejos en los que mirarse de lleno y con las cejas levantadas. Aceptar las debilidades y las limitaciones nunca ha sido fácil. Por eso esta novela es absolutamente fascinante.

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