La que nos espera (9)

Categoría: A mí con esas,Columnistas,Novela,Opinión |

Por Javier Lorenzo.

 

– Cada día soy más monárquico, Roger. No “juancarlista”, no; que eso es de chaqueteros y melindrosos, sino monárquico.

 

– Con un par, señor.

 

– Ignoro de dónde te sale esa vena carpetovetónica, Roger, pero me gusta. El caso es que le doy vueltas y más vueltas al asunto y -sin que en ello tengan que ver ni mi aristocrático linaje ni mi noble apostura- llego a la conclusión de que este país, esta sociedad, España en definitiva, sólo puede funcionar razonablemente con un monarca ciñendo corona. ¿Quiéres saber por qué, apreciado fámulo?

 

– Preferiría que no, señor, pero imagino que por algo no puedo moverme, ya que ha puesto pegamento industrial en mi silla.

 

– Tú y tus minucias, Roger. Un súbdito de su Graciosa Majestad como tú no debería ser tan tiquismiquis, así que calla y aprende.

 

– Lo que mande el señor pero, con la que está cayendo, no sé yo si es el mejor momento para hacer una apología.

 

– Precisamente, cobardica, que nunca nos arredraron las empresas difíciles y, sobre todo, nos crecemos en el puro afán de llevar la contraria. Que, por si no lo sabes, yo soy muy de Unamuno, quien llegaba a las reuniones a la voz de “díganme de qué se trata, para oponerme”. Así que no me interrumpas más y atiende a los sólidos argumentos que voy a esgrimir, el primero de los cuales es el de la experiencia histórica. Porque no sé si te has dado cuenta, querido mucamo, de que cada vez que en España ha habido una república, el país se ha ido al garete, ya fuera con los cantonalismos o con una guerra civil, que no son cualquier fruslería.

 

– Buenos precedentes no son, pero con los reyes tampoco eran todo flores.

– En efecto, Roger, que, salvo excepciones, más mala suerte no ha podido tener una nación con sus monarcas. Aun así, y siendo como soy republicano de corazón y de entendimiento, mantengo lo dicho. Pero aún digo más…

– ¡Sus y a ellos, valiente!

– Pasaré por alto tu sorna confianzuda, Roger, para asegurarte que los ocho millones que nos cuesta al año la Familia Real son el chocolate del loro entre las instituciones, que eso se lo gastaba Leire Pajín en una mañana de ardor presupuestario. La Presidencia de una República –véase la de Sarkozy- es mucho más cara que nuestra Monarquía, la cual, dicho sea de paso, nos ahorra un dineral en otras elecciones cada cuatro, cinco o siete años, según. Y no es por nada, pero un Rey es mucho más vistoso que un Presidente, con todas esas bandas, uniformes y entorchados. Dónde va a parar.

– Ahí le ha dado, señor, que a veces, como en el caso de mi soberana y sus sombreros, hasta llegan a marcar tendencia.

– No me frivolices tanto, Roger, que el asunto es serio. Más ahora con lo que está ocurriendo con el duque de Palma.

– ¿Se refiere a ese señor que cuando le mencionan yo me levanto porque creo que están llamando al timbre?

– El mismo, maldito sordo. Ahora ha sido apartado, expulsado de la protección que le brindaba su familia política y lo más probable es que acabe sentándose en el banco de los acusados. Es lo que tiene mencionar el nombre del rey; no en vano, sino para poner la mano.

– No ha dicho presunto, señor.

– Pues no sé por qué quieres que diga jamón en portugués, pero lo digo: presunto. El caso es que ese vínculo se ha roto en parte, que la Casa Real ha actuado con relativa presteza –ay, esa foto de la reina sonriente junto a su yerno en Estados Unidos- y que, salvo novedades de más entidad, la Corona sigue manteniendo su prestigio y honorabilidad a buen recaudo.

– Pues es la primera vez que suspende en uno de esos supersondeos.

– Algo pasajero, Roger, que aquí no podemos vivir sin una figura paternal que nos dé palmaditas en la espalda cada fin de año mientras nos recuerda lo mal que lo estamos pasando. No sé qué sería de este país sin ese entrañable mensaje navideño.

– Pues usted no lo ve nunca, señor.

– También evito ir al médico, Roger, pero sé que está ahí. Y es que nuestro monarca y la Monarquía que representa son, cómo decirlo, instituciones “terapéuticas”, incluso “homeopáticas”. Observa, Roger, por un lado, el nivel de ensañamiento que hay en la política española. Luego, por otro, percibe el grado de conocimiento e interés que muestran los ciudadanos por la cosa pública y la capacidad de manipulación que pueden soportar. Y, por último, busca a alguien que, como Presidente, pueda escapar a ambos factores. ¿Porque a quién elegirías tú como presidente de una república en España? ¿Quién podría tener el prestigio y la cintura suficiente para esquivar las balas? ¿Aznar, González, Pío Escudero…?

– No exagere, señor.

– Es que ésas u otras parecidas son las alternativas, Roger. Vale, acabemos con este régimen hereditario, anacrónico y clasista que es la Monarquía. Pero pensemos también en lo que va a sustituirlo y en las ventajas e inconvenientes prácticos, no ideológicos, que ello nos acarrería. A mí, al menos, me entran sudores fríos ante la perspectiva porque, sencillamente, este país –que no es sólo sus elites ni sus masas urbanas- sigue sin estar preparado para una República.

– Entonces, señor, God save the King.

– En efecto, Roger, God save the King. Y por muchos años.

 

 

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