El rey león, la épica de un clásico

Por Jota Linares.

 

 

Es curioso el hecho de que en Disney se considerara a El rey león (1994), durante su preproducción, como una película menor, un experimento que simplemente rellenaba la cita anual Disney, en este caso 1994, antes de que se estrenara la que debía ser la gran obra maestra del estudio, Pocahontas (1995). Quizás esta falta de presión sirvió para que el resultado de El rey león (1994) cogiera a todo el mundo por sorpresa. Porque lo que consiguió aquel experimento menor es de sobra conocido hoy por todo el mundo: un taquillazo mundial que a día de hoy roza los 1.000 millones de recaudación; infinidad de premios incluido el Globo de Oro a la mejor película (en el apartado comedia/musical); un calado en el imaginario colectivo aún hoy no igualado; el canto del cisne del imperio Disney en lo que se refiere a animación tradicional y, para el que esto suscribe, una de las mejores historias que el cine ha dado en los últimos veinte años.

 

Siempre he tenido la sensación de que el cine de animación, al igual que el de terror, tiene que demostrar mucho más que una película normal para ser considerada ‘buena’. Y aún así se les acota mucho, como si el hecho de que los protagonistas sean dibujos hiciera que la calidad final del producto esté siempre por debajo de, por poner un ejemplo, un drama con actores de carne y hueso. Y digo esto porque, después de volver a ver El rey león (1994) en cines con motivo de su reestreno en 3D, hay una cosa que me queda clara: la historia de Simba no sólo es una excelente película de animación, es una extraordinaria película a secas, sin más coletillas. Un filme épico, de estos ‘bigger than life’, que es capaz de construir en apenas 90 minutos (aprende de esto, James Cameron) un relato emocionante y humano sobre el paso de la infancia a la madurez de un príncipe destronado. Y todo ello condimentado con asesinatos, corrupción, traiciones, sangre, amor y pinceladas de humor (que no infantilismos) que convierten a El rey león (1994) en una lección de cine. De cine a secas. Del mejor cine del  mejor Hollywood.

 

En una época en que los espectadores se están acostumbrando peligrosamente a ver películas en pantallas de 15 pulgadas, El rey león (1994) demuestra que hay historias cuyo hábitat natural sigue siendo la sala oscura de un cine. Ninguna nueva tecnología se puede comparar con la indescriptible emoción que desprende el momento en que Mufasa le enseña a su hijo que los grandes reyes del pasado les observan desde el cielo, una de las escenas que mejor ha captado el doloroso proceso de transición hacia el mundo adulto. Ningún nuevo formato podrá captar como en un cine el impecable momento de la estampida, una escena brillante en lo cinematográfico (con el mejor montaje que se vio en 1994, sólo igualado por el de Pulp Fiction (1994)) y soberbio en su contenido emocional (el final de la escena, con Simba llorando debajo de la pata de su padre muerto, sigue resultado escalofriante). Y ninguna ventana de YouTube será capaz nunca de transmitir ni un ápice de la épica que se desprende de la música de Hans Zimmer acompañando a Simba mientras éste asciende a su trono, todo ello proyectado sobre una pantalla blanca. Porque la grandeza de este reestreno de El rey león (1994), diecisiete años después de que barriera las taquillas de todo el mundo, es que le devuelve a los cines su razón de ser: proyectar grandes historias que encuentran su grandeza en la experiencia colectiva de una sala oscura. ¿No es eso la magia del cine? Porque si no lo es, que baje San Kubrick y lo vea.

 

¿Y el 3D? Pues bien, gracias. Consigue lucir un poco en el espectacular inicio, en la estampida y un poco en el clímax final. Por lo demás ni se nota. Pero si las cansinas tres dimensiones sirven para volver a disfrutar de peliculones como El rey león (1994) en cines, pues bienvenidas sean.

 

En definitiva, la historia de Simba nos ofrece toneladas de buen cine, escenas memorables (desde ‘El ciclo de la vida’ inicial hasta el divertidísimo momento de ‘Voy a ser el rey león’, pasando por el romántico encuentro entre los dos leones protagonistas o la conmovedora aparición del fantasma de Mufasa), personajes antológicos y la huella indeleble y profunda que sólo dejan las grandes películas. Y esta lo es, por méritos propios.

 
 
 

* Jota Linares es licenciado en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad de Málaga, cuenta ya con 6 cortometrajes a su espalda como director y guionista que ha paseado por multitud de festivales consiguiendo infinidad de premios y menciones. Ahora está preparando el lanzamiento de su séptimo cortometraje que cuenta con los actores Macarena Gómez, David Tortosa y Juan Caballero, y se llama Ratas.

 

 

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